Por Gabriel Reymann
Nota: todas las imágenes que ilustran se leen
en el sentido oriental, de derecha a izquierda
No se necesita estar versado/a en la obra de Jacques Lacan, para cazar al vuelo esta idea de la falta, una ausencia constitutiva en el rompecabezas de la existencia humana, que hace que esta se mueva insatisfecha e indefinidamente, casi, persiguiendo al atardecer. Ahora bien, se suele pasar por alto, erróneamente y no pocas veces, la universalidad de este mecanismo; se suele pensar que bajo condiciones materiales -económicas- “benignas”, confortables, esto debería desaparecer. La insatisfacción, dentro y más allá de las condiciones materiales, es el motor que también mueve las historias cortas reunidas en Pescadores de medianoche, libro a cargo del maestro del gekiga Yoshihiro Tatsumi (1935-2015)

Las diez historias, realizadas entre 1972 y 1973 -con la clara excepción de “El palacio de la mujer”, encuadrada dentro de la ciencia ficción- son relatos claramente enmarcados en una estética cotidiana, social, de la misma época de su realización; es el Japón democrático, ya asentado -otro “milagro económico” más-, lejos de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, probablemente en gran medida, gracias al tutelaje gubernamental de Douglas MacArthur[i]. Que la mayoría de los protagonistas de las historietas de la recopilación sean jóvenes en búsqueda de quebrar los límites de las rígidas codificaciones que, al menos desde Occidente, asociamos esencialmente con la sociedad japonesa, es otro indicador epocal.

El tomo es una cuerda tendida entre dos leitmotiv gráficos: los incólumes, casi despiadados, edificios y la gente perdida en la multitud. Entre estas dos sinécdoques visuales y semánticas, se reparte también la puesta gráfica que pone en juego Tatsumi, lo que habitualmente se llama el efecto máscara; representación ‘realista’, verista para la arquitectura en particular, fondos en general, y resoluciones más simples, icónicas para la caracterización humana -aunque, cuando es necesario, en pos de la función dramática, el creador de A drifting life carga el trazo o recurre a rendiciones más realistas-. Con poca caudal de texto -para los criterios occidentales, más todavía de esa época-, Tatsumi muestra y escenifica con especial atención a los silencios y, de vuelta a contramano de los parámetros occidentales historietísticos de su contexto temporal, con un dinamismo narrativo que hace que hasta la misma quietud vaya rápido, como un ágil montajista.

Con una calidad de realización promedio verdaderamente alta, los ejes que suelen cruzar a casi todos los relatos por igual suelen ser el descontento con el medio -la ciudad, bah-, el malestar económico y el afán por escalar posiciones en la sociedad y, ahora sí, quizá de manera transversal a todas las historias, cierta desesperación -que puede guardar relación con la tiranía del dios dinero, como no hacerlo-, ya sea por la soledad o la falta de encuentro y realización en la ciudad, como por lo meramente existencial. Las relaciones sexuales suelen decir presente a menudo también -sin primeros planos gráficos, desde ya- y otro hilo en común es cierto tono, si bien no del todo anticlimático, sí poco espectacular (o con cortes abruptos) en los finales de los relatos.
Dentro del piso alto de ejecución de las historias, vale destacar a “Pez linterna” -sobre el deseo del ascenso socioeconómico, en paralelismo con el comportamiento del pez del título, casi un antecedente del Rumble Fish de Coppola-, “Yanagase”, quizá la que mejor exhiba las cualidades como narrador de Tatsumi, con su uso de los silencios y el montaje, para mostrar con potencia y refinamiento la caída en desgracia de la mujer protagonista, y a “Mis tetas” (sic), con su stripper protagonista, otro caso de mujer vendiendo su cuerpo, pero yendo en paralelo a la historia de uno de sus clientes, y su deriva solitaria urbana y melancólica -casi la letra de un tema de Manal, la vida de ese hombre-.

Y hablando de la cultura de nuestro país, es notable el hermanamiento que tiene Pescadores de medianoche con cierta estética argentina de la desesperación (post-Década Infame, o sea, 1930), cuyo retratista más emblemático fue Roberto Arlt en Los siete locos, pero también Jorge Asís, en libros como Carne picada, o el recordado Adolfo Aristarain, en películas como La parte del león. Tanto en el manga, como en estos libros y película, protagonizan las historias desahuciados materiales y espirituales que desean salvarse con un golpe de suerte, con el todo por el todo[ii]. Suerte de amargo recordatorio de cuestiones que se parecen a arietes que pueden atravesar barreras idiomáticas, históricas y geográficas.

[i] El representante de los Aliados en Japón tras el fin de la 2GM, y en verdad, el gobernante real del país nipón, dado que Hirohito siguió en funciones como emperador, pero más como figura decorativa y simbólica, que otra cosa.
[ii] En terreno de paralelismos con arte argentino, vale mencionar también “Bienvenido a casa, papá” asociado al capítulo del apostador en Cicatrices de Juan José Saer, en este caso, hablando de desesperación ligada al vértigo de la ludopatía -aunque también para salvarse con un golpe de suerte, ¿no? –

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