Por Gabriel Reymann
Estreno mundial, se puede decir: en 2023, mientras Fantagraphics lanzaba al mercado estadounidense Monica, la última novela gráfica del genial Daniel Clowes (Ghost World, Wilson, Ice Haven), Hotel de las Ideas hacía lo propio en Argentina. Más allá de lo destacable de las cuestiones comerciales (doble apuesta: es el primer lanzamiento de una obra de Clowes en Argentina), el producto artístico final es más que bienvenido.

Podemos tomar a la Monica protagonista del libro como una suerte de avatar del siglo XX, o más precisamente, de una buena parte del siglo XX (‘50s en adelante, para poner una fecha) a la que habitualmente se la suele tomar por la parte total. Monica es probablemente, un adiós a una manera de estar en la cultura -o sea el mundo-, bien propia de viejos meados: el amplio paraguas de la contracultura, y dentro suyo los beatniks, el existencialismo, el rock (con y sin roll), las drogas y, por supuesto, los comics. Por ellos últimos desfilan citas estilísticas a historietas de género (terror, romance, bélico), más como columna de apoyo formal que como exploración de esos géneros en sí -también casi todos ellos perimidos o camino a-.

No tiene fecha de nacimiento nuestra Monica, pero es niña en los EE UU de los 60’s y llega a la tercera edad en algo que se percibe como actualidad cercana. Lo que la gacetilla obliga a saber, es que ella desconoce la identidad de su padre, y su madre (disidente del modo de vida hegemónico de la época) la dejó al cuidado de sus abuelos, y desapareció de su vida. El libro sigue el hilo del ovillo hasta la adultez de Monica, y su deseo de rearmar -lo más que se pueda- el rompecabezas familiar parental, así eso incluya infiltrarse en el, de mínima intrigante, mundo de las sectas seudohippies/new age.

Ante algunas novelas de Faulkner (pienso en Sanctuary, por ejemplo) el lector podía sentir que no había personajes buenos, ni inteligentes, léase algún cacho de madera al cual agarrarse y flotar. Salvando las claras distancias, el registro clowesiano, pletórico de patetismo, neurosis varias, intelectuales superados y demases, no se guarda mucha consideración para con ninguno de sus actores y actrices. Sin eximir de la posibilidad de (pequeñas) redenciones, la madre abandónica se lleva sus palos, como así también la protagonista -desde la autoconciencia, dado que narra en primera persona-, y todos los otros personajes en sus interrelaciones, en la cual el desencuentro puede ser un resultado razonable dado el partido jugado.

Porque el mundo de Monica es uno en el cual se tiene que estar insoportablemente vivo, para reconocerse en los demás, sí, pero también en uno mismo. No se trata tanto si el nombre es american way of life o flower power, el infierno son los otros y uno mismo. Pero ante tanto látigo propio y ajeno, atisba un poco de piedad (cito textual: “(…) pero, como todo el mundo, se dejó llevar por el espíritu de época”), situando a esas bombas pequeñitas en algo que las excede, la corriente sobrehumana de la Historia, en la cual el auto sabotaje y la insatisfacción personal encuentran su cauce temporal en una época particularmente generosa en materia de choques generacionales.

A la hora de hablar del terreno estético y narrativo, Clowes manda a todos los jugadores a la cancha. Dibujada en un estilo en iguales partes caricaturista y realista -eso significa que cada personaje va a tener su propia cara-, con colores bien estridentes -en especial los amarillos-, el estadounidense maneja grillas de viñetas bastante convencionales, para darle vueltas de tuerca en la relación entre uno y otro cuadrito (su ajustadísimo uso del montaje, las elipsis), y al interior de ellos: tensiones irónicas entre la “voz en off” del texto y la imagen, y el truco de globos de diálogo que “pisan” a otros y quedan fuera del campo de visión del lector -una materialización visual de una sustancia sonora-, como un diálogo de la vida real. Como la vida real, sí, el autor de Ghost World dio a luz una novela total posmoderna (él mismo acredita influencias del Ulises de Joyce), un edificio caótico y coherente, habitable e intolerable en igual medida.












































