• Comics: Saichann – El Marcapiel

    Por Gabriel Reymann

    Nivel commodities: ahí al lado de la soja, el trigo y los jugadores de fulbo, están los dibujantes de historieta argentina. Y en medio de ese torrente de potencial creativo for export, hay enormes talentos que quedan ahí, un poquito por debajo del radar de la atención del gran público en base a sus merecimientos/capacidades*. Es el caso de Alberto Saichann, a quien Loco Rabia volvió a poner en carrera con el libro que lleva como título el apellido del autor, reimpresión en 2024 de un libro ya editado en 2012 y descatalogado.

    Saichann reúne tres bloques de historietas, todas ellas publicadas entre la segunda mitad de los ochentas y la primera mitad de los noventas, en revistas (Fierro/Skorpio/Nippur Magnum) y editoriales distintas, y con padres distintos: no se repite guionista de un bloque a otro. Ante esta disparidad de líneas editoriales e intérpretes solo podría esperarse un hilo conductor a través del dibujante, único denominador común; si bien no es necesariamente el tema principal de cada una, la (ultra)violencia -y su exhibición- es un fantasma que recorre a todas ellas.

    La salva inicial corresponde a la de publicación original más reciente, La Flor, historia de cuatro episodios con fecha de aparición original en 1994, en la revista Nippur Magnum de Editorial Columba, con guion de Ricardo Ferrari**. La flor es tan autoral y redonda, que podría, ay, ser una película casi. Ambientada durante la guerra de Vietnam, con dos protagonistas simétricos de cada bando -soldado yanqui, guerrillero del Vietcong-, el contexto histórico no tiene un peso menor dentro del argumento, pero no es el centro de la cuestión. Con algo de western por ahí (cuasi-carencia de ley, hombres encontrando su destino por medio del enfrentamiento), el nombre de la historia proviene de la prostituta vietnamita por cuya conquista y asimilación -no amor, ojo, ni objeto machista de disputa siquiera- se enfrentan ambos combatientes. La fémina protagonista es una víctima(ria) propiciatoria: una droga demasiado poderosa a la cual los soldados no pueden no volver, pese a su potencia desintegradora, un abismo que devuelve la mirada con creces. La Flor también es tango, fado, o blues: es una historia más agria que amarga y está también en ella el dolor de ya no ser. En lo referido al arte de Saichann se puede decir que si bien se juega a un blanco y negro de alto contraste e impacto (alla tradición post-Breccia, e inclusive Pratt y José Muñoz), no deja de ser barroco, realista y hasta caricaturesco al mismo tiempo***. La planificación de página es un auténtico trabajo de relojería, con una notable variedad de encuadres.

    Sigue en el libro la que en orden cronológico sería la historia del medio: Bacteria, aparecida en la revista Skorpio en 1990, con guion del recordado Eduardo Mazzitelli, nada menos. Bacteria es una clásica historia fantástica de distopía: un mundo de aburrimiento programado parte Un mundo feliz, parte 1984 (más del primero, la verdad), alguito de The Minority Report por ahí, un airecito a Invasión de Hugo Santiago, y una anticipación por pocos años a Matrix. El mundo descripto muestra un escenario en el cual todas las actividades de los seres humanos están programadas en función de la supresión del azar y, como si eso fuese consecuencia directa, las guerras, el delito y la violencia; justamente por la casualidad misma, el protagonista rompe con la programación de su vida y pasa a ser un descastado perseguido por las autoridades, adaptándose a una realidad totalmente nueva. Como en Invasión, hay una estructura mayor de resistencia que acoge a nuestro muchachito, así como también un giro inesperado -y muy atinado- en el final. Sin dejar de ser el mismo artista, aquí Saichann sorprende con otra impronta visual, más cercano al óxido ochentero (Moebius, Juan Giménez, Bilal), que en verdad podríamos sintetizar como “Lucho Olivera meets Roger Rabbit”, porque mezcla esas texturas herrumbrosas post-apocalípticas con un registro de dibujo animado; ese último estilo es reservado para los objetos (que, como en la película del conejo, están vivos), y todo el escenario de la historia (a través de los objetos nuevamente, pero también de grafitis en locaciones) funciona como una burla o parodia, que inserta comentarios sobre ese mundo o dialoga con él (versión más lúdica de la práctica que realizaba el mentado Muñoz en varias de sus historias, también).

    Cierra el libro la serie de historias cortas Bronx, la de primera aparición cronológica (1987, en la revista Fierro de Ediciones de la Urraca), ahora sí con guion del propio Saichann. En estos unitarios hay tramas mecánicas, cierto parentesco visual con Gustavo Trigo, pero una personalidad estética bastante asentada ya: no tanto claroscuro ni detalle como en las historias previas del tomo, sí una atención especial al detalle textural y la expresividad/gestualidad de los caracteres. Aquí no hay personajes ni tramas que pasen de una historia a otra, lo único que conecta es la locación del bravo barrio neoyorquino. Bueno, eso y la carencia de heroísmo o redención por parte de los protagonistas, la imposibilidad de finales felices -lo que empieza mal termina peor/finales irónicos, “ni el tiro del final te va a salir” – y esa nube que flota sobre la ciudad (y la mente de los protagonistas) de cúmulo de frustraciones, impotencia y deseos mal (o ni) realizados. Es un espíritu de época similar al Ranxerox de Tamburini-Liberatore (algunas coordenadas: la tensión político-nuclear, la música, las sustancias), que treinta años después se puede leer de como exagerado…hasta ahí nomás: la geo(micro)política mundial de los ‘20s habla por sí sola. Veremos hoy a qué artistas (y cómo) en Argentina les tocará (elegirán) dar testimonio del delirio negacionista terraplanista mundial, que no se limita a cuestiones sobre la forma del globo terráqueo, desde ya.

    *pero siempre hay tiempo para dar vuelta el resultado: vía la editorial GComics acaba de salir también un libro de entrevistas a Saichann realizadas por Diego Arandojo.

    **otra figura puesta en valor con toda justicia recientemente por el mercado editorial: en 2024 la editorial Puro Comic recopiló su Julio Cesar junto a Eduardo Risso, también realizada para Editorial Columba, pero a fines de los 80’s.

    ***herederos posibles de Saichann: la tropa de Cazador, y Ariel Olivetti en particular (Saichann publicó de hecho en Cazador Comix, el lanzamiento de espíritu underground de fines de los 90’s que pusieron en la calle Jorge Lucas y compañía)

  • Música: Disco del mes – Liliana Herrero – Liliana Herrero (1987)

    Por Gabriel Reymann

    Si nos sentamos a la orilla del río del avance musical (epa), la corriente puede traer novedades básicamente de dos maneras. Una es por el juego que el compositor y/o intérprete ponga en práctica con los elementos formales (timbre, altura, ritmo, armonía, melodía), otra es por los desarrollos técnicos que puedan habilitar la propia época. Entonces, querido/a músico/a, elegí tu propia arma -pueden ser las dos al mismo tiempo-.

    El sintetizador sampler Fairlight CMI, aparecido a fines de los 70’s, resultó ser un chiche caro y prohibitivo en el momento de su aparición, solo asequible a músicos de guita (por suerte guita y prestigio: Peter Gabriel y Kate Bush en III y The Dreaming, respectivamente). Paralelamente, en la torre de la cultura sampler está el esfuerzo conjunto de David Byrne y Brian Eno, My life in the bushes of ghosts -ampliamente citado como posterior influencia en la cultura hip hop- y la sampladelia comienza a florecer más fuertemente a partir de 1987, ya sea por dos discos debuts, uno justamente de la cultura rap (Public Enemy), y otro de la música europea industrial, el homónimo de Young Gods. Mismo año, culo del mundo para el eurocentrismo, sale el disco debut auto titulado de Liliana Herrero, haciendo uso extensivo del sampler.

    La propia Herrero nunca dejó de acreditarlo, pero no está de más recordarlo: toda esa decisión de producción le corresponde a Fito Páez, el que insistió para “sacarla de cantar en la cocina” y pasar al registro discográfico y las actuaciones en vivo -una carrera, bah-. Si bien toda esa elección de tecnología de punta (para aquel entonces, claro), le corresponde al rosarino, la entrerriana de mínima manejaba información musical actualizada: en el número 63 de la revista Fierro (octubre de 1989) acusaba disfrute de artistas como Gabriel, King Crimson, Laurie Anderson (otra “sampleadora”) o el material de sellos como ECM.

    ¿En qué punto se puede empezar a hablar de sampladelia? Probablemente sea en el momento en el que el instrumento en cuestión no sea un medio para introducir (o citar) sonidos más o menos raros, sino en el cual organice la composición, en especial en el aspecto rítmico a través de la repetición (loops) de los samples; que no sea tanto biblioteca sino armazón. Liliana Herrero no sigue al pie de la letra un tipo de composición, pero sí hay al menos un par de canciones que denotan otro tipo de composición (horizontal, por acumulación de capas, en contraposición a la vertical por desarrollo melódico). La pista que abre el disco, “Debajo del sauce solo” (M. Castilla-R. Valladares) muestra varios elementos que entran y salen de escena rara vez conviviendo simultáneamente; los samples que funcionan como pulso tímido, tentativo (¿monedas de sol en el río?), la voz de Herrero muy alla Mercedes Sosa, el saxo soprano que se libera en el solo, y la batería electrónica -la fuente es Prince, no lo duden-, otro pulso que también busca su lugar en la canción hasta liberarse en velocidad –“Ludmila” de Spinetta Jade, no lo duden-. Aun más de avanzada es “Para el Cachilo dormido” (Yupanqui): estructurada la versión alrededor de un loop muy breve de un sample que recorre toda la pista, dentro del cual flotan -aparte de la melodía vocal de Herrero-, un arreglo de saxo, otro loop, pero de guitarra rítmica, un bajo con slap y un teclado. Una economía de recursos e intensidades -y entendimiento de los espacios negativos- inusual tanto para el rock como para la música de raíz, al menos en aquella época. De manera contraria, “La media luna” (Unamuno) sí integra (casi todo al mismo tiempo) elementos diversos como samples (¿o son meros teclados?), bombo analógico, melodía psicodélica de guitarra y saxo soprano explayándose.

    El disco se permite también momentos de influencia más literal, sin que eso signifique mímica (ok: podemos exceptuar a la versión de “Solo canto esta copla”, que suena muy cercana a “Ocean” de Dead Can Dance, voluntariamente o no). Ahí aparecen dialogando la estética de Herrero con la del mencionado Gabriel -la melodía fiel al original con un arreglo de sample de falso gamelán/música de África/Steve Reich al estilo de III o Security– en “Doña Ubenza” (Echenique) o, el que mejor traiciona la traducción de los dos, “Canto al río Uruguay” (Ramón Ayala). También se pueden detectar semillas de lo que florecerá en los trabajos vocales y corales de discos como Litoral, por ejemplo: “Dueño no tengo” (anónimo, recopilado por Leda Valladares) con un efecto símil phaser en la voz, y los susurros que dialogan en el fondo con esa voz principal, y “Zamba para la viuda” (Leguizamón), con sus arriesgados arreglos corales del final.

    Quizá uno de los temas menos llamativos a nivel sonoridad u arreglos sea el que mejor sintetice el espíritu del disco. Me refiero a “Sólo luz”, el cover de la canción de Raúl Carnota, convertida aquí en una muy 4ADesca ensoñación psicodélica de tenue luz amaneciendo en interiores. El grano de la grabación dice cassette (y porque no, VHS), y puede haber bastante de artefacto hauntológico en Liliana Herrero, de un camino alternativo que no llegó a desarrollarse por completo en el mapa cultural, dentro o fuera de la discografía de Herrero. De cualquier manera, y por suerte para ella y para nosotros, este microverso tan particular era solo una estación desde la cual partir.

  • Poesía: Joaquin Giannuzzi – Vamos a conversar

    La ráfaga de la época aplastó tu cara. He aquí
    el retrato de un contemporáneo cuyos muertos
    están sin justificar. ¿Tomamos un café?
    ¿No sabes qué hacer con ellos? ¿Solo tienes
    papeles mojados para dar respuesta?
    No podía decírtelo por teléfono, pero, en fin,
    yo sé cuál había sido tu apuesta. Digamos
    una vida respirada a cielo abierto,
    nuevos estilos musicales, líneas de razón
    filtrando la estructura demencial del mundo.
    Pero nunca este funeral manchado, esta lenta
    descomposición de la inteligencia.
    Gracias por venir, de todos modos.
    Sentémonos. Veamos todavía cómo
    fanfarronea la historia, sus torpes ademanes
    su reumatismo estacional. Fantástica y enorme
    para todo naufragio personal,
    ¿nos amará en definitiva? ¿Coincidirán
    nuestras razones con las suyas?
    ¿Dará en el blanco, apuntando
    más allá de nuestro estupefacto pensamiento?

    Publicado originalmente en Cabeza final (1991)

  • Comics: Monica – Flor de la montaña

    Por Gabriel Reymann

    Estreno mundial, se puede decir: en 2023, mientras Fantagraphics lanzaba al mercado estadounidense Monica, la última novela gráfica del genial Daniel Clowes (Ghost World, Wilson, Ice Haven), Hotel de las Ideas hacía lo propio en Argentina. Más allá de lo destacable de las cuestiones comerciales (doble apuesta: es el primer lanzamiento de una obra de Clowes en Argentina), el producto artístico final es más que bienvenido.

    Podemos tomar a la Monica protagonista del libro como una suerte de avatar del siglo XX, o más precisamente, de una buena parte del siglo XX (‘50s en adelante, para poner una fecha) a la que habitualmente se la suele tomar por la parte total. Monica es probablemente, un adiós a una manera de estar en la cultura -o sea el mundo-, bien propia de viejos meados: el amplio paraguas de la contracultura, y dentro suyo los beatniks, el existencialismo, el rock (con y sin roll), las drogas y, por supuesto, los comics. Por ellos últimos desfilan citas estilísticas a historietas de género (terror, romance, bélico), más como columna de apoyo formal que como exploración de esos géneros en sí -también casi todos ellos perimidos o camino a-.

    No tiene fecha de nacimiento nuestra Monica, pero es niña en los EE UU de los 60’s y llega a la tercera edad en algo que se percibe como actualidad cercana. Lo que la gacetilla obliga a saber, es que ella desconoce la identidad de su padre, y su madre (disidente del modo de vida hegemónico de la época) la dejó al cuidado de sus abuelos, y desapareció de su vida. El libro sigue el hilo del ovillo hasta la adultez de Monica, y su deseo de rearmar -lo más que se pueda- el rompecabezas familiar parental, así eso incluya infiltrarse en el, de mínima intrigante, mundo de las sectas seudohippies/new age.

    Ante algunas novelas de Faulkner (pienso en Sanctuary, por ejemplo) el lector podía sentir que no había personajes buenos, ni inteligentes, léase algún cacho de madera al cual agarrarse y flotar. Salvando las claras distancias, el registro clowesiano, pletórico de patetismo, neurosis varias, intelectuales superados y demases, no se guarda mucha consideración para con ninguno de sus actores y actrices. Sin eximir de la posibilidad de (pequeñas) redenciones, la madre abandónica se lleva sus palos, como así también la protagonista -desde la autoconciencia, dado que narra en primera persona-, y todos los otros personajes en sus interrelaciones, en la cual el desencuentro puede ser un resultado razonable dado el partido jugado.

    Porque el mundo de Monica es uno en el cual se tiene que estar insoportablemente vivo, para reconocerse en los demás, sí, pero también en uno mismo. No se trata tanto si el nombre es american way of life o flower power, el infierno son los otros y uno mismo. Pero ante tanto látigo propio y ajeno, atisba un poco de piedad (cito textual: “(…) pero, como todo el mundo, se dejó llevar por el espíritu de época”), situando a esas bombas pequeñitas en algo que las excede, la corriente sobrehumana de la Historia, en la cual el auto sabotaje y la insatisfacción personal encuentran su cauce temporal en una época particularmente generosa en materia de choques generacionales.

    A la hora de hablar del terreno estético y narrativo, Clowes manda a todos los jugadores a la cancha. Dibujada en un estilo en iguales partes caricaturista y realista -eso significa que cada personaje va a tener su propia cara-, con colores bien estridentes -en especial los amarillos-, el estadounidense maneja grillas de viñetas bastante convencionales, para darle vueltas de tuerca en la relación entre uno y otro cuadrito (su ajustadísimo uso del montaje, las elipsis), y al interior de ellos: tensiones irónicas entre la “voz en off” del texto y la imagen, y el truco de globos de diálogo que “pisan” a otros y quedan fuera del campo de visión del lector -una materialización visual de una sustancia sonora-, como un diálogo de la vida real. Como la vida real, sí, el autor de Ghost World dio a luz una novela total posmoderna (él mismo acredita influencias del Ulises de Joyce), un edificio caótico y coherente, habitable e intolerable en igual medida.

  • Música: Discos del 2024 y esas pavadas que tanto nos gustan

    Por Gabriel Reymann

    LOS DISCOS NO CORREN CARRERAS DE CABALLOS, más vale que no. Como cualquier intento de organización de la experiencia de la vida (la mierda), esto es un mero recorte, lógicamente de discos editados en 2024. No es “lo mejor”, porque en muchos casos el criterio (aparte del gusto personal, claro) puede incluir “esto me llamó la atención” y ya. No más preámbulos:

    LO QUE ELLAS QUIEREN (eh?)

    Beth Gibbons – Lives outgrown

    La cantante de Portishead forzando a mucha gente a googlear a Sandy Denny. Algo de John Martyn por ahí, espíritu celta, brumas como en su banda, solo que el procedimiento es más de maderas que de 0 y 1s, sin sonar “retro” ni vintage. Convocante, pero no demandante. A Robert Plant le debería encantar este disco, creo.

    Arooj Aftab – Night reign

    Madera acá también, por más que haya sintes e instrumentos eléctricos. Colores locales de su Pakistán, dentro de una tesitura opaca (por algo es de la izquierda de la noche), en la cual las notas del arpa funcionan como luciérnagas. No es jazz, no es música pakistaní exactamente de raíz, no es fusión tampoco. A Liliana Herrero bien podría gustarle este disco, creo.

    Sealionwoman – Nothing will grow in the soil Dúo inglés: ella cantante, él contrabajista (y no, nada más). Brumas de vuelta, aportadas por la madera del contrabajo y también por ella. La comparación habitual para referirse a la labor vocal es con el Scott Walker post- “The Electrician” (está ok, tiene ese tipo de inflexiones estranguladas), pero yo aventuraría más Jarboe que Walker, y ya que estamos, algo de fado portugués en el espíritu general.

    Mabe Fratti – Sentir que no sabes

    Hay algo inclasificable, pero de veras y no como lugar común, en la música de la cellista guatemalteca. Es chill, puede ser indie-friendly, también puede tener un espíritu afín a St Vincent (sexy y enroscada) y al mismo tiempo, sus composiciones poseen un sentido y dirección de libertad que no se debía escuchar en la música popular desde… ¿los discos de fines de los 60’s y comienzos de los 70’s de Pharoah Sanders? Este disco sí corre carreras de caballos y está sin dudas entre los tres mejores lanzamientos del año, sino más.

    AFRICA, PERO NO POR TOTO ☹

    Mdou Moctar – Funeral for Justice

    Vuelve el príncipe del rock de Níger junto a su cuarteto. No les voy a mentir, el disco es realmente bueno, pero la verdadera verdad de Mdou Moctar en 2024 en realidad está aquí.

    Sahra Halgan – Hiddo Dhawr

    No, no es Somalía, es Somalilandia, otro territorio, de donde proviene Sahra, en efecto todos los días se aprende algo nuevo. Y de la música de la cantante también es probable que aprendas algo nuevo, o al menos distinto para tu oído: acá vas a encontrar el concepto rítmico africano del que tanto gustan rapiñar los blancos, y al mismo tiempo una estampida glam a la cual los Black Keys no llegarían en quince vidas, como en “Sharaf”, el tema de arranque. Otro destacado de este año, sin tantas vueltas.

    (NO) ES VANGUARDIA, PERO ME GUSTA

    Able Noise – High Tide

    “To appease”, el tema que abre el disco es una interpretación de una interpretación: es una canción reproducida en una casetera, acelerada en fast forward y de vuelta a la normalidad, on and on, venime a hablar de arreglos. El disco prosigue, más amigablemente, pero sin resignar apertura; al dúo (uno de Holanda, el otro de EE UU) de guitarra barítono y batería se le suman clarinete, violín y saxo, dentro de un marco que remite a compositores norteamericanos académicos (bastante de minimalismo aquí) y de los que no tienen título (90’s: Gastr del Sol, Tortoise). Importante decir que el marco es preciso, pero las composiciones tienen un carácter muy orgánico y están muy lejos de ser ejercicios de estilo.

    Ex-Easter Island Head – Norther

    Desde Inglaterra, afiliados a la Internacional de la Repetición, en la percusión o no tanto (guitarras percutidas como címbalos, engranajes vocales). De vuelta, apóstoles de académicos (Terry Riley, Glenn Branca, Steve Reich, sobre todo) y no tan académicos (el Manuel Gottsching de Inventions for Electric Guitar, por supuesto que Sonic Youth no va a andar muy lejos si justo pasaba por ahí Glenn Branca).

    Mica Levi – slob air

    Los elementos atinadísimamente organizados en 12 minutos: el pattern cíclico de batería, la melodía de cuerdas también cíclica (pero con un cambio de acorde en el lugar y momento justo), y las explosiones subterráneas de voces y graves (también oportunos dentro de su inoportunismo). Casi un loop de rock progresivo, ay bro qué mala palabra.

    EVITANDO EL ABLANDE (bueno, casi)

    Blood Incantation – Absolute elsewhere

    Está de moda (en círculos reducidos, más vale) hablar maravillas excesivas de este disco (para quien no sepa: de death metal, con guiños al rock progresivo 70’s y a la escuela de Berlín -Tangerine Dream, Klaus Schulze- de esa misma década). El disco en sí está muy bien (ojo, que tienen margen para seguir mejorando en futuros discos), tiene sentido de la dirección (estructura) y, curiosamente, están mejor las partes no-death metal que las que sí lo son.

    Oranssi Pazuzu – Muuntautuja

    Vuelve lo mejor de Finlandia (ok, después de Hanoi Rocks y Kaurismaki). Convengamos que una banda que desde su primer disco cruzaba al black metal con el dub y la electrónica, no es lo que llamaríamos purista. Ya si el anterior de 2020, Mestarin kynsi, era un pulso siniestro y multiforme, este redobla la apuesta y actúa como destilación del disco previo. De lo más personal que pueda haber ya no en el metal, sino en la música popular contemporánea, qué tanto joder. Otro que corre carreras de caballos y está entre lo mejor del año.

    VIEJITOS SON LOS TRAPEROS

    Kim Gordon – The collective/Alan Sparhawk – White roses, my god

    Veteranos alternativos/indie acoplándose a las ¿nuevas? tecnologías y decires. La ex-Sonic Youth ya tenía un disco previo en ese registro (No home record), y este probablemente lo mejore. El ex-Low ya venía de experimentar con vocoder y otras destrucciones de la expresión vocal en los últimos discos de la banda: acá, ante la lamentable pérdida de su pareja -musical y de vida- Mimi Parker, se manda solo -ya no puede armonizar- con su voz (y los efectos), sintes y beats programados. Quizá sea más llamativo que consistente (tiene momentos algo, em, exigentes, con las distorsiones vocales), pero bien puede valer una oída para los espíritus curiosos -dura 30 minutos, eso ayuda-.

    VIEJITOS, CANTEN HARE-HARE, BAILEN EL HOOCHIE-KOO

    The Cure – Songs of a lost World/Godspeed You! Black Emperor “NO TITLE AS OF 13 FEBRUARY 2024 28,340 DEAD”

    Dos de nada nuevo bajo el sol (propio), pero bien hecho. La banda transversal a todos los guetos del rock (metaleros, góticos, indies, alternativos, punks, todos los aman!) afinó mucho la puntería en la composición en su regreso a los discos de estudio tras 16 años (Reeves Gabrels aporta un toque más muscular en las guitarras, casi-casi metalero). El ensamble canadiense sigue su camino en el registro adoptado en su regreso post-2012: mayor preponderancia de las guitarras eléctricas, más estridencia, menos “cuelgue” y nada de samples o sonidos encontrados.

    OUTTAKES:

    Debe estar buenísimo, pero no llegué a escucharlo: =1, Deep Purple

    Puede estar bueno, pero no llegué a escucharlo: Nobody loves you more, Kim Deal

    Me hubiera encantado, de veras, pero no: Rack – Jesus Lizard, The last Will and testament – Opeth

    Basta por favor del quórum automático alrededor de: Nick Cave.

    Sahra Halgan y su grupo.

  • Poesía: Francisco ‘Paco’ Urondo – Mester es sin pecado

    suelta
    por el aire
    viene o se va

    no es la noche
    que sabe quedarse
    viene o se va

    se destruye
    con los pájaros y los sueños
    se descoloca y muere
    y vuelve
    viene o se va

    se queda poco entre nosotros
    le rogamos
    perdemos aquella compostura

    ganamos el silencio
    y la vergüenza
    viene o se va

    Publicado originalmente en «Nombres» (1956-1959)

  • Comics: Náufrago Morris/Fuegos – Partiré hacia la locura

    Por Gabriel Reymann

    ¿Dónde van a encontrarse los desencontrados? ¿Cuál es el espacio hoy para la aventura, para el no-adonde-ir? (spoiler alert: en la actualidad, difícilmente sea lavando papines en Nueva Zelanda, contradiciendo a los titulares de Infobae). Un espacio físico -y simbólico- propicio para el extravío, hasta bien entrado el siglo XX, era el mar, y de eso trata la doble entrada de hoy: Fuegos, del italiano Lorenzo Mattotti, y Náufrago Morris, de Pablo Franco y Lautaro Fiszman.

    Náufrago…, coeditada por Historieteca y Loco Rabia en Argentina, 2023, es un relato ficcional armado a base de escritos, diarios y testimonios -del propio Isaac Morris y otros marinos- de la época en la cual está situada la historia, esto es, el siglo XVIII. Entonces, donde las derivas y los itinerarios obedecen a hechos fidedignos -o seamos buenos: posibles o verosímiles, si hablamos de relatos para la posteridad-, es función de la historieta ir un pasito más allá, si no se busca el dar documento literal y pedagógico. De esta manera, asoman su cabeza la geopolítica, con el choque entre imperialismos (Inglaterra y España), o el elemento social de los expedicionarios (buscas en el mejor de los casos, rapaces en el más probable de los casos).

    De alguna manera, la novela gráfica funciona bien a la manera de una película. Su potencia está más en el encadenamiento de los hechos, ergo, la trama (el desahucio de estos pobres despojos humanos, que solo pueden trasladar su condición de monedas vivientes al yugo de nuevos amos y/o escenarios), que, en lo verdaderamente enunciado, o sea el guion. No hay énfasis en diálogos (o bloques de texto) de reflexión (o abstracción) sobre los hechos, es la misma madeja de acontecimientos la que forma el cuadro mayor en la mente del lector.

    Sea voluntaria o no esta retracción de las palabras articuladas, tiene sentido: Náufrago… cuenta en el aspecto visual y narrativo con un auténtico distinto del noveno arte argentino. Fiszman es un artista plástico de valía propia que logra poner en un mismo nivel de equilibrio el impacto (y la coherencia interna visual de la viñeta como unidad autónoma) y la cuestión de fondo, que no, no es dibujar lindo, sino contar una historia. Pero pasando la destreza narrativa, está lo que seguro interesa más al público de Fiszman, al que se podría describir como una suerte de cuerda tendida entre el romanticismo de Delacroix -o el momento en el que las expresiones y los escorzos se empiezan a desencajar y dejar traslucir algo más- y el expresionismo de Oskar Kokoschka -el momento en el que la realidad ya se reacomodó a la nueva música-, pero siempre con un carácter propio. Los puntos fuertes están en las antípodas: las páginas completas sin humanos, pero con mares embravecidos, y las viñetas de primeros planos, con líneas de expresión faciales estrangulándose entre sí.

    Todo este despliegue de visual de óleos marrones, azules, verdes y rojos con fuerte carga matérica se vio no del todo bien traducido a la edición impresa (uso de papel obra en lugar de papel ilustración, quizá); sería bueno que las editoriales pudieran poner a la venta una versión en e-book -aunque la física tenga cierto encanto de performance o remix del original digital, ojo-.

    1986, fecha de publicación de Fuegos (Fuocchi en el original), halla a Lorenzo Mattotti con un buen kilometraje artístico dentro del Gruppo Valvoline (que también supieron integrar, entre otros, su coequiper guionista Jerry Kramsky, Igort, Charles Burns o Massimo Mattioli), una agrupación de historietistas con vocación marcadamente experimental, y ya con una obra propia como autor integral, Incidenti. Es famoso el texto de contratapa que figura en la edición española de Fuegos de La Cúpula, de 1988: “No había sido capaz de atrapar la naturaleza en mis trabajos anteriores… He querido comunicar mi fascinación por la naturaleza. Cuando ves una película de Tarkovski o Herzog – el verde, el follaje, las nubes -, es increíble. ¿Cómo se pueden expresar esas cosas en un cómic? ¿Es posible? Este fue el desafío” es la elocuente declaración de Mattotti, respecto del espíritu de su segundo opus.

    Fuegos es, en verdad, hija de su época, el posmodernismo: se reconoce en tradiciones -y las cita-, busca deconstruirlas, aunque su honestidad y el corazón en mano la sitúan a años luz de cualquier asociación a la idea de pastiche o calificación de la obra como kitsch. Es una aventura de la aventura: podemos arrojar Hugo Pratt y su Corto Maltés (que ya en su momento de aparición podía ser una aventura de la aventura, ¡pero siga, siga!) y Joseph Conrad, pero en entrevista con Antonio Faeti*, Mattotti plantea como referencias clásicas a Dino Battaglia dentro de la historieta y a Robert Stevenson dentro de la literatura.  De esta tensión entre (torsión de) esquema clásico narrativo, y quiebre autoconsciente de límites formales, surge una obra coherente y cerrada, de la cual Mattotti emerge victorioso.

    El relato comienza con el arribo del acorazado Anselmo II en la isla Santa Ágata, territorio recientemente anexionado al estado de Sillentoe; el protagonista, el Teniente Absenta, es quien liderará la tropa de exploradores del territorio virgen, y este marco de expedición conradiana a lo desconocido -y posible locura- son las tres primeras páginas de los seis episodios de Fuegos. Lo que sigue es la progresiva transfiguración de la psiquis de Absenta, no exenta de episodios de confrontación física u acción más “clásica”, pero con un eje bien claro: el descenso (¿ascenso?) a (y recuerdo de) una realidad sensorial distinta y la lucha -por los medios que hagan falta- para resguardar un tesoro innominado, inefable.

    El espíritu posmoderno se encuentra mayormente a nivel gráfico en Fuegos. Lo que la técnica le permitiese a Mattotti hacer en ese momento, de eso echa mano: constructivismo ruso en el acorazado y sus marineros, noche de negros goyescos, expresionismo abstracto en la resolución del conflicto, tan solo algunos de los colores que muestra el abanico visual de la historia. Todo ello encuadrado en una estética general -a nivel cromático y morfológico- hija del Tigre de Franz Marc, aunque una de las mayores virtudes visuales de Mattotti sea conjugar esa fuerza direccional en el trazo con una clara expresividad cinética. Pero a no confundir: esto no es un juego de significantes vacíos. Los subalternos de Absenta están dibujados con un trazo y contorno bien definidos, y cuando éste se pierde en el vientre de Santa Ágata, el contorno de su ser y el verde se difuminan. El probado lirismo visual de Mattotti (al cual se lo asocia) termina apoyando el lirismo de sus palabras en el guion (al cual no se lo asocia tanto). Absenta es un desertor que camufla su cara para mostrar los verdaderos colores de su rostro -y el de su entorno-, y qué más se puede hacer que seguirlo.

    *publicada originalmente en 1991 en Nova Express, se puede encontrar en el muy recomendable Historias para sobrevivientes de Carlos Scolari, Editorial Colihue, 1999

  • Música: Playlist – 30 a los 30 (1994)

    Por Gabriel Reymann

    Bueno, las segundas partes…blá blá blá (aquí la primera). Treinta discos (y/o temas) que cumplen 30 años, san simple como eso.

    Tori Amos

    El fenómeno, ya no tan latente en 1984, para 1994 está bien corporizado: la cultura rock (y sus satélites o aledaños) está altamente compartimentada (posmodernizada?) en nichos (estilos) cada vez más definidos. Consideraciones subsubsubsociológicas, un vistazo al abanico (solo el elegido en la playlist), muestra una creatividad (y salud) nada desdeñable (andá a saber si podríamos decir lo mismo con 2004 o 2014).

    Portishead

    Outtakes de la playlist? Muchos: Living Colour, Mayhem, Jamiroquai, Autechre, Nick Cave, Tortoise, Dream Theater, Stereolab, Prong, Melvins, Darkthrone, Green Day (bueno, puede fallar). Sin más pavadas, el material:

  • Poesía: Raymond Carver – Madera de balsa

    Mi padre está en el fogón delante de una sartén con sesos
    y huevos. ¿Pero quién tiene ganas de comer nada
    esta mañana? Me siento tan poco pesado
    como la madera de balsa. Acaban de decir algo.
    Lo dijo mi madre. ¿Qué era? Algo,
    apuesto lo que sea, que se refiere al dinero. Contribuiré
    si no como. Padre da la espalda al fogón.
    “Estoy metido en un agujero. No puedo hundirme más”.
    La luz se filtra por la ventana. Alguien llora.
    Lo último que recuerdo es el olor
    a quemado de sesos y huevos. Toda la mañana
    estuvieron en el cubo de basura mezclados
    con las demás cosas. Algo después
    él y yo fuimos en coche al vertedero,
    a unos quince kilómetros.
    No hablamos. Tiramos las bolsas y cajas
    al oscuro montón. Chillidos de ratas.
    Silban cuando salen de bolsas podridas
    arrastrando la tripa. Volvemos al coche
    para mirar el humo y el fuego. El motor en marcha.
    Huelo la cola de avión de mis dedos.
    Me mira cuando me llevo los dedos a la nariz.
    Luego vuelve a apartar la vista, hacia la ciudad.
    Quiere decir algo pero no puede.
    Está a millones de kilómetros. Los dos estamos muy lejos
    de allí, y todavía llora alguien. Incluso entonces
    empezaba a entender cómo es posible
    estar en un sitio. Y en otro, también.

    Publicado originalmente en «In a marine light» (1988)

    Traducción de Mariano Antolín Rato

  • Comics: Lovecraft/Q – Yo hablo la noche, yo hablo mi cuerpo

    Por Gabriel Reymann

    De seguro al mito romántico (y el siempre popular efecto del artista torturado) se le fue un poco la mano con el tópico, pero en definitiva ser artista, de cualquier disciplina, se trata en primera instancia de tener algo para decir, y luego saber cómo decirlo* (ok: quizá al mito indie, a su vez, se le haya ido la mano con la deconstrucción del mito romántico aplicado a los artistas). ¿Y qué onda cuando el hablante ya está, digamos, o sea, demasiado hablado por su visión? El dilema entre poder pagar o no ese vuelto, por ahí se dan tanto un paseo Lovecraft (por Keith Giffen y Enrique Breccia, 2023 en Argentina por Hotel de las Ideas), y Q (por Santiago Musetti, 2024 en Argentina por Historieteca).

    Otra cuestión transversal a ambas historias es la proveniencia de esa visión personal creativa, o su relación con el mundo exterior. Lovecraft -escrita por Giffen, pero basada en un guion cinematográfico de Hans Rodionoff- versa sobre el detrás de escena del escritor de terror definitivo del siglo XX -el sucedáneo de lo mismo que había sido su admirado Poe en el siglo XIX-, datos biográficos comprobables entremezclados con un espacio ficcional claro. Ficción nítida, claro, porque Howard Phillips nunca jamás estuvo perseguido por las criaturas atávicas que describía en sus relatos -el gancho para el lector que permite llevar a la historia a otro plano menos literal, amén de abrirle la puerta a Breccia para que dibuje mostros-, entremezclada con los antecedentes de locura paterna, la sobreprotección maternal, la imaginación inflamadísima por los relatos orales del abuelo y el matrimonio con Sonia Greene -sí, Lovecraft estuvo casado y todo-, todos hechos certificados por la biblia de Wikipedia.

    Es un poco sicologista o conductista, directamente la cuestión: de ese cóctel donde únicamente Sonia está exenta de brindar un afecto o vínculo, de mínima, enrevesado, lo menos que puede salir es un fóbico social, llegando al punto de insinuar el guion que la neurosis familiar es herencia y destino. O más propiamente psicosis, porque el escritor de Providence, aun incrédulo y reticente, integra al mundo real con el alucinatorio, cuando por supuesto, el resto de los mortales no puede atestiguar la invasión secreta con sus ojos.

    Y en algún momento de la historia el estilo visual de Enrique Breccia integra los dos registros gráficos preponderantes: las acuarelas correspondientes a las escenas de alucinaciones, el trabajo con pluma y color directo para el plano más terrenal, en el cual el volumen lo da mayormente el trabajo de líneas, al estilo de un grabador. Ese momento de la historia es la preparación para el enfrentamiento, o mejor dicho confrontación, en el cual pasa a una impronta basada en pasteles -para finalmente volver a la pluma, tras el restablecimiento del status quo-. El imaginario lovecraftiano ha tenido cotas altas en la historia del comic -Corben, Wrightson, su propio padre Alberto-, y sin dudas por prepotencia de laburo -e imaginación, observen esa paleta cromática refulgente cuando la alucinación entra en la realidad-, Churrique se abrió paso para meterse directo en ese panteón con su labor en Lovecraft.

    Donde la posición de Lovecraft frente al mundo exterior es de un abroquelamiento, la erección de un dique para proteger su preciado mundo interior (salvando las distancias: Borges, Pessoa), la de Horacio Quiroga, protagonista de Q es su opuesto: la de escritor como hombre de acción y aventura (de vuelta las distancias: London, Hemingway).

    Y como en Lovecraft, el dato verídico (tras el homicidio accidental de su amigo Federico Ferrando, Quiroga es arrastrado por su amigo Leopoldo Lugones a las ruinas de San Ignacio para que oficie de fotógrafo en una expedición) se cruza con el ficcional (el peregrinaje viene acompañado de unas cuantas delirios y acechanzas por parte del fantasma de Federico). Otra curiosa simetría es la ya mencionada relación entre Quiroga-Lovecraft (temeroso, lógicamente culposo por el luctuoso suceso) y Lugones-Sonia (confiado en sí mismo y confiando en Quiroga, como ser humano, como fotógrafo).

    La presencia de lo irracional, lo monstruoso, es otro factor en común a ambas historietas. Pero es probable que hasta ahí lleguemos, porque más allá de la diferencia sustancial de mentalidades en los escritores (puertas adentro vs. salir a explorar) en Q la presencia de lo irracional no se limita a las amenazas fantásticas, dado que el ambiente natural hostil (ok: de vuelta el romanticismo) es algo más que una locación para el viaje al fin de la propia noche (con lo que volvemos a los matches: tanto en Q como en Lovecraft, los protagonistas se confrontan consigo mismos, tete a tete).

    Pero volvamos al juego de las diferencias, ahora en la impronta visual: Musetti encara Q totalmente en blanco y negro, en un estilo fuerte, sucinto y expresivo (pese al aire a Alberto Breccia, no expresionista: no busca impresionar ni se desgarra, y está lejos de solemnidad alguna), con una destreza narrativa envidiable para un autor, encima novel: lugar para que el silencio pueda encauzar el relato, saltos de viñeta a viñeta con sabias dosis de elipsis, variedad de encuadres. Tanto como Q como Lovecraft, para alzar la copa de la síntesis, hablan y ponen en puesta una exuberancia incontrolable, puertas adentro o puertas afuera de la cavidad craneal.

    *puede ser al revés en el plano temporal, parafraseando a Godard. El orden de los factores no altera el producto.