• Comics: La casa/Virus Tropical – Traición, familia y propiedad

    Por Gabriel Reymann

    Dijo el poeta argentino Fabián Casas “parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia”, pero opongámosle, mediemos con, el verso non-family related de Pete Townshend “juntémonos antes que nos pongamos demasiado viejos”, porque un poco eso es la sociedad y aún más su denominador común más básico -el núcleo familiar-, por mucha «reinvención» incel de la rueda de los contratos sociales que pueda haber a nivel mundial: no elegimos esto, pero tratemos de ponernos de acuerdo. A priori La casa de Paco Roca (Hotel de las Ideas, a reeditarse en este año en Argentina) y Virus Tropical de Powerpaola (Musaraña, reeditada en 2023 en Argentina) no parecen parientes historietísticos muy cercanos, pero, en una de esas, se sientan a la misma mesa.

    Ay, las palabritas mágicas, novela gráfica autobiográfica, pero no: Roca basó su comic de 2015 en su experiencia personal, pero no respetó al pie de la letra las vivencias personales, e hilvanó un argumento -con muchos de los sinsabores y faltas de resoluciones típicas de la vida real-, pero argumento al fin. La casa justamente identifica un momento un momento inevitable -por biológico, simplemente- para aquellos que transiten la amplia franja etaria entre los treintaypico y los sesenta: la partida del plano físico del último padre (o madre) con vida y el “bueno, ¿qué hacemos con la casa familiar?”. Cada hermano en la historia ocupa su espacio/rol definido: el mayor con la cruz -autoinfligida- de “hacerse cargo de todo”, el del medio algo en cualquiera, la menor no desentendida, pero sí con algo de “la última en llegar”. Y todos ellos con sus parejas/familias a cuestas -quizá los mejores personajes, los que se dan mayor espacio a la reflexión y/o la distensión, seguramente por la carencia de obligación directa-.

    Llevados con un dibujo muy engañosamente simple -más un trabajo de decantación de un estilo realista que algo simplista-, un oído atento para dejar lugar a los diálogos certeros, como así a los silencios o la deriva visual del ojo narrador por los recovecos de la escena, el autor de Arrugas pone en escena una historia sobre la vida de los espacios arquitectónicos, su falta de “inocencia” -o sea los lastres que pesan sobre ellos, pero también las victorias, pequeñas o no-; un acercamiento a como imprimimos nuestra conciencia en los lugares que habitamos y los efectos residuales que permanecen luego.

    Decantación también hay en la minuciosa cadena de observaciones de los vínculos sanguíneos que practica el artista valenciano en La casa, poniendo la lupa en un comportamiento que no es privativo de las relaciones familiares, pero sí muy característico de ellas: el autocompletar de los roles -propios y ajenos-, azuzado en especial por la falta de diálogo. Cuando no se hablan ni mencionan -bien, mal, elegantemente o no tanto- las divergencias frente a los hechos y/o puntos de vistas, el prejuicio se hace lugar y osifica las percepciones de uno mismo y los demás, sea para poder erigir un simple marco explicativo, o bien para resguardarse del juicio ajeno.

    Donde, sin renunciar al humor, La casa acomete un tono más bien elegíaco, melancólico, Virus…, la ópera prima de la ecuatoriana-colombiana se mueve en las aguas del melodrama(queenesco): en términos cinematográficos, algo así como Fresas salvajes de Bergman vs. Qué he hecho para merecer esto de Almodóvar, si se me permite el paralelismo. Es entendible la diferencia de tonos, teniendo en cuenta que La casa inicia desde una pérdida consumada y Virus…da el salvo inicial desde un florecimiento, la concepción misma de la autora (ella misma el “virus tropical”, término que usa un médico para rechazarle de cuajo a la madre de Paola la posibilidad de estar embarazada). De ahí, hasta la adolescencia más avanzada, y dividido en capítulos temáticos, se atraviesan distintos tópicos -desde la correspondiente perspectiva de la edad- como la educación, los (primeros) amores, el dinero, la identidad o el descubrimiento del sexo.

    Los conjuntos “La casa” y “Virus tropical” hacen intersección en la jerarquía de los roles intrafamiliares dentro de sus tramas. Arrancando por la figura paterna del exsacerdote (ausente, hoy decimos abandónico) y el reacomodamiento de las piezas tras su deserción: la madre intentando mantener las naranjas en el aire como puede, la hija mayor rebelde que hace la suya, la hermana del medio, celosa de Paola, que avanza a un rol más maternal tras la separación paternal, Paola la hermana menor pegote que busca ejemplos y cobijo. Se trata casi de una cuestión de posiciones, casilleros en un tablero imaginario, que no pueden quedar vacíos. La madeja familiar en Virus… es una organización de algo que no se sabe bien qué es: planetas que no están necesariamente en la misma órbita y sin obligación alguna de aunarse en un proyecto común -más allá del afecto y sus limitaciones-, hablados por mandatos de vida y expectativas ajenas, esos castillos de arena que se disuelven en el mar de los que hablaba Hendrix.

    En esa escena inicial de la fecundación (!) con un zoom out que termina llevando a las calles de Quito, o en las viñetas que contradicen la información visual o verbal del cuadrito que las precedió, ya se puede apreciar un más que interesante entendimiento de la narrativa, por lo general estructurada en una grilla de cinco o (más seguido) seis viñetas. Difícil que no llame la atención el apartado estético, por la transgresión de casi todas sus normas académicas básicas: perspectiva, bidimensionalidad, proporciones del cuerpo humano. Al mismo tiempo, hilando más fino, esta historia no podría estar dibujada de otra manera (sea por Powerpaola misma o por otro dibujante): ese trazo liendre no puede estar disociado del contenido del relato, su unidad como obra. Esa intersección de torpeza y candidez en el dibujo es la misma que habita en el núcleo de la historieta.

  • Música: Playlist – 40 a los 40 (1984)

    Por Gabriel Reymann

    Puede ser por pura arbitrariedad, por cumplir 40 años el principal -único, bah- redactor de este sitio, porque siempre es divertido armar playlist(a)s o infinidad de motivos más. También porque, a la perspectiva, resulta más complicado armar esta lista de 40 discos (temas) que cumplen 40 años, por ver quien queda en el banco de suplentes que por rascar la olla para completar.

    Felt

    El muestreo -dentro del rock y aledaños, claro- es amplio de veras: synth pop, heavy clásico, thrash, proto-metal extremo, rock gótico, art rock(pop), post-industrial, glam metal, neopsicodelia, post-punk, rock alternativo y clásicos bien mainstream. Para quienes quieran aun más, estos son algunos de los artistas que quedaron fuera, sea por falta de disponibilidad en Spotify o pura prerrogativa: Queensrÿche, Saxon, Dio, W.A.S.P., Voivod, Mercyful Fate, Coil, Foetus, The Smiths, Nick Cave and the Bad Seeds, Lou Reed, Sade, The Stranglers, Butthole Surfers, Hanoi Rocks, Bathory, King Crimson, Yngwie Malmsteen, Madonna, y en el plano local, Charly Garcia y Virus, nada menos.

    Judas Priest, faltaba más

  • Comics: Borgia – Tu carne es arcilla

    Por Gabriel Reymann

    Psicomagia a un costado, el peso específico del chileno-francés Alejandro Jodorowsky durante la segunda mitad del siglo XX -y lo que va del XXI- está puesto en valor tanto por su labor cinematográfica (Fando y Lis, La Montaña Sagrada, Santa Sangre) como historietística (La casta de los Metabarones, Alef Thau, El Incal). La temática transversal al grueso de su obra en ambos campos -ya en la asíntota de la reiteración del tópico, dicho sea- es la idea del sacrificio*, en particular la automutilación por parte de sus protagonistas como metáfora de abnegación para alcanzar un estado superior de iluminación. Una persona difícilmente pueda cambiar su esencia, pero quizá sí su punto de vista; Borgia, sobre la casa nobiliaria romana, realizada junto al italiano Milo Manara, propone un giro copernicano dentro de la estética jodorowskiana. Aquí el protagonista es quien dispone la mutilación de cuerpos ajenos para encontrar su propia, em, realización: poder, en menos caracteres.

    Borgia no se trata tanto de un racconto histórico lineal preciso -por más que hagan cameos Da Vinci, Botticelli y siga una clara línea cronológica-, como de un amplio telón que sirva de marco referencial para la exhibición del despliegue de una organización criminal-familiar: ahí es donde se pueden insertar sin problemas las comparaciones con Corleones, Sopranos o Puccios. Y es donde se halla una de las claves de la historieta: el delirio/carácter visionario/megalomanía del cardenal -luego Papa Alejandro VI- Rodrigo Borgia, el pater familias, vislumbra la erección -sí- de un imperio a través de la consolidación del vínculo familiar con sus hijos. De la manera que haga falta: haciendo coger a los hermanos entre sí (¿esto, de dónde me suena?), disgregándolos cuando sea necesario, obligándolos a contraer matrimonios de cartón para anexar territorios, medios para un fin**.

    Esa edificación de una red de dominio territorial de poder está desplegada en un dispositivo por parte de Borgia que haría sonrojar a aquellos politólogos de stream que admiran la homeopatía de la crueldad por parte de líderes (sic) políticos. El Papa vislumbra las estrategias a adoptar -siempre en función de un carácter simbólico aleccionador- para ejecutar luego puestas en escena o simulacros, huecos de significado racional alguno, pero no de materialidad, lo que nos lleva de vuelta al comienzo.

    Qué es el poder sino -en una de sus tantas variables- la disposición de existencias ajenas, he ahí otra clave de Borgia. Y en el siglo XV no existían ni la desmaterialización ni Baudrillard ni la realidad virtual ni los drones: los cuerpos son aquello de lo cual se dispone y expone (aún más y de manera más obscena que hoy). La tortura, la ejecución sumaria, el pillaje y la rapiña son la parte verdadera, no-falsaria de esas puestas en escena***. Y por más que las formas barbáricas den paso -a través de los siglos y sus revoluciones- a formas más «civilizadas» o los cadáveres estén entre las cuatro paredes de biombos, el condicionamiento y “organización” del ser social aquí y entonces es prácticamente el mismo: riqueza, poder eclesiástico, capital financiero, corporaciones transnacionales, pueden cambiar apenas las denominaciones, pero es el mismo templo donde se pronuncia la última Palabra.

    ¿Qué sentido hubiera tenido poner al frente de la faz gráfica a un dibujante grotesco o expresionista para retratar el tráfico de sangre, heces, semen, bilis y moscas por el caudal del río de la trama? Ninguno. Un dibujante apolíneo e italiano -y uno de los mejores en lo suyo- como Manara es prácticamente la única elección posible. En una versión mucho menos sintética de sí mismo, el maestro se une a otras aguas del acervo cultural de su país, emergiendo el énfasis en los volúmenes y la atención anatómica como un enlace con los míticos frescos de Miguel Ángel Buonarotti. La edición argentina por parte de Merci, en 2021, es de una factura técnica impecable para la apreciación del arte en particular, y la obra en general.

    *ver la figura del mazo del tarot, “El ahorcado”. Jodorowsky es también tarotista.

    **Nicolas Maquiavelo es otra figura histórica que asoma su cabeza por la historia para decir “hola!”

    ***porque en todas las épocas históricas, no importan los troll centers o la inteligencia artificial: cuando hay hambre, hay hambre, cuando uno se muere, se muere. El trending topic importa por un rato, después los balazos siguen haciendo sangrar, los platos siguen vacíos: aun teniendo doxeo y esas prácticas, a la corporalidad no hay con qué darle, mi viejo.

  • Cine: Una cierta mirada: Jean-Luc Godard

    Por Gabriel Reymann

    Una cierta mirada -con la licencia poética correspondiente- es un humilde intento de establecer una ilación conceptual a través de, justamente, las subjetivas de un director de cine. Es la búsqueda de la mirada de un realizador, a través de fotogramas, más/menos arbitrarios.

    Le Mépris (1963)

    En el caso de Jean-Luc Godard (Francia, 1930-2022), es difícil encontrar en stills sus rasgos más obviamente disruptivos (los saltos de montaje, el sonido alienado, solo por mencionar un par), pero a lo largo de ¡seis décadas! de trabajo asoman indicios repletos tanto de constancias como mutaciones. Del blanco y negro sobrio a las explosiones de colores primarios, del fílmico al digital, ha sido un largo camino:

    Bande à part (1964) – Los muy primeros planos frontales suelen ser una constante, sobre todo en su trabajo en esa década

    Pierrot le Fou (1965)

    Une femme mariée (1964)

    Le Mépris

    Vivre sa vie (1962) – Las sinécdoques -en especial de miembros y extremidades-, otro rasgo distintivo.

    Une femme mariée

    Vivre sa vie

    Pierrot le Fou – Sin abandonar por completo el blanco y negro, se zambulle en el mundo del color con resultados deslumbrantes. Pierrot… ES color, su historia lo es.

    Le Mépris

    La chinoise (1967)

    Bande à part – El toilet (y sus espejos), una locación predilecta: ahí está también en Breathless, Masculin Féminin o Goodbye to Language.

    Film Socialisme (2010) – muy entrado en años, Godard siguió extremando las búsquedas a través de sus procedimientos, y sus últimos trabajos bucean como pocos en el grano del píxel.

    Film Socialisme

    Film Socialisme

  • Poesía: Francisco Madariaga – Criollo del universo

    El blanco océano gira en mi corazón
    mientras canta el otro océano de plata amarilla,
    que se desprende de las aguas del sol.

    Ya es muy tarde para ser sólo de una provincia,
                    y muy temprano para pertenecer,
                    todo,
                    al planeta del venidero y sangrante
                    resplandor.

    Oh, acude a mí, a mi jerarquía de peón del planeta,
                    gaucho con trenzas de sangre,
                    mi padre,
    y ensíllame el mejor caballo ruano del universo:
    para atravesar el agua de oro de la muerte,
                    y escucharme,
                    todo,
                    siempre en ti.

    El blanco océano solloza por la inmortalidad.

    Publicado originalmente en «Resplandor de mis bárbaras» (1985)

  • Comics: Buscavidas – Entre lujurias y represión

    Por Gabriel Reymann

    Dentro del campo de acción artístico de Carlos Trillo no había mucho lugar para los héroes impolutos, o las visiones maniqueas de la vida, por caso. Su sesgo más escéptico/cínico se inclinaba más por contar desventuras de personajes cuyo desempeño deportivo-vital se puede resumir en “se hace lo que se puede, mi viejo”. Para tales propósitos, Alberto Breccia siempre fue un coequiper ideal, y tras colaboraciones a fines de los 70’s como Un tal Daneri (la historia de un culata moralmente resbaladizo) y Viajero de Gris (los sueños de un tipo en prisión: hablemos de exilio interior en la Dictadura), llegó en las páginas de Superhumor, hoy re(co)editada por Sector Editorial y Doedytores, Buscavidas.

    Dicen Víctor Mora y Luis García, autores del comic español de los 70’s Las crónicas del sin nombre, que se inspiraron en la estructura episódica libre de Mort Cinder (todas las épocas, todas las latitudes), para dar rienda suelta a la historia de un ente que visita (ocupa) hombres y mujeres de distintos tiempos y lugares para obtener entendimiento sobre la raza humana. Buscavidas y Las crónicas… mantienen un diálogo, involuntario, de seguro: la creación de Trillo y Breccia se mueve en episodios autónomos, sin relación entre sí, como una suerte de turista emocional o vampiro psíquico. El buscavidas es solo testigo (e inductor “diplomático”) de anécdotas ajenas, de todo aquel que preste el habla. Y qué mejor lugar para ser recolector y anzuelo de neurosis que un lugar con el habla tan ocluida como la Argentina del Proceso de Reorganización Nacional.

    “Gente que roba historias ajenas: los psicoanalistas, los confesores, los torturadores, los periodistas y nuestro buscavidas” reza uno de los textos de presentación de la historieta en su publicación original, planteando una nivelación elocuente -y no exenta de ironía- por parte de Trillo. Cada capítulo se lee perfectamente por sí mismo, aislado, y el único momento de cambio de status quo es el episodio final, con justamente Mort Cinder de invitado. Lo que importa es el emocionario que emerge a la superficie, muestrario que no, no se compone de emociones (o acciones) positivas: sometimientos, paranoia, explotación, humillaciones y defecciones de toda índole, en un clima de mishiadura e infamia tan tanguero como arltiano. De lo privado (las sociedades laborales) a lo íntimo (las relaciones de pareja), la traición asoma como acto fundante de la trama social.

    Humillaciones y defecciones de toda índole, pero no color: este es un Alberto Breccia totalmente en blanco y negro -ligeros toques de pincel seco para un gris por algún lado-, en su registro menos realista. Esto último significa expresionismo, brutalidad, pero también grotesco, farsa; una mueca tenebrosa y patética de piezas dentales torcidas. Hay en esta obra en particular del Viejo una grafía y una puesta dentro del plano de la viñeta de derrame y derrumbe: las figuras (y sus perspectivas!) se inclinan, estiran y se acechan entre sí como manchas expansivas de petróleo.

    Aun cuando Trillo con sus textos y Breccia con su imaginario pusieran en página conflictos fuertemente articulados, el corazón de Buscavidas vuelve en el retorno de lo reprimido. En los semi-márgenes del texto están la comparsa de ciegos literales que desfilan por sus páginas (en los exteriores, pero también dentro de una sala de cine) o los carteles tipográficos donde abundan los NO. Son unidades de significado oficiando de lazarillos ciegos para guiar a otros ciegos.

  • Música: Disco del mes – Einstürzende Neubauten – Zeichnungen des Patienten O.T. (1983)

    Por Gabriel Reymann

    De la misma manera que la tecnología militar (i.e. internet) “baja” a la vida doméstica, durante buena parte del siglo XX, los adelantos o avances de la música académica bajaron a la música popular*. No siendo precisamente excepción a esa regla el rock, las “tablas” de los compositores más radicales como Xenakis, Varese, Stockhausen o Cage bajaron al vulgo a través de artistas como Frank Zappa, Velvet Underground o Faust**, todos ellos pioneros involuntarios del llamado rock industrial. Dentro de ese impreciso colectivo, los alemanes Einstürzende Neubauten fueron uno de los grupos que en mayor medida pudieron trascender ese gueto y conjugar su propio imaginario despegándose lo más posible de la academia -así como de sus mencionados predecesores dentro del rock-.

    Es un movimiento casi-intrínseco al rock and roll (¿y la vida moderna?) en cuanto se emancipa del blues: más rápido, más fuerte. A veces es extremando las raíces del blues (heavy metal y punk, su ruta hasta llegar al grindcore), a veces escapándole al blues por medio de la abstracción (Lou Reed y su Metal machine music, su ruta hasta la no wave, el noise y el industrial). Para su disco debut Kollaps, el trío inicial de Neubauten formado por Blixa Bargeld, N.U. Unruh y F.M. Einheit presenta un registro fundacional de gritos, acoples, percusiones metálicas y sonidos encontrados, que terminará resultando limitado para lo que estaba por venir; su sucesor Zeichnungen des Patienten O.T. (“los dibujos del paciente Oswald Tschirtner”, disco conceptual sobre las obras de un paciente psiquiátrico) le dará la bienvenida a Mark Chung en bajo y Alexander Hacke en cintas y ampliará las fronteras estilísticas de la banda.

    El grupo seguirá escapando al uso convencional de los instrumentos tradicionales de rock (la guitarra tendrá un uso textural, no tonal, armónico, siquiera rítmico o melódico; el bajo oficiará de anclaje rítmico, pero no a la manera disco/funk/dub del post punk inglés) o directamente a su uso (la batería). No hay espacio para teclados (ni secuenciadores) tampoco, siendo lo más cercano el uso de cintas y samplers. No es un movimiento inaudito el que despliegan los germanos en su segundo disco: su principal hallazgo está en entender la dinámica compositiva, regulando el asalto (de gritos, feedback y/o chapas percutidas) dándole lugar al silencio y al espacio negativo.

    Sonará ampuloso, pero Zeichnungen… es una suerte de espacio semiótico/teatral: son gestos, puestas en escena (no canciones, no suites, no impresionismo musical) a través del sonido -su ejemplo más cabal es el más breve del disco: “Finger und Zähne” y sus 10 segundos literales de, justamente, dientes y dedos-. Bargeld no renuncia a los gritos pelados, pero susurra y ¡canta!, autoproclamándose lo más gitano del rock al este de John Lydon por la época. El propio Blixa, junto a Chung y Hacke conforman un trío de prestidigitadores que viste las fuentes de sonido hasta volverlas irreconocibles: ¿es un bajo el pulso acuático de “Neun Arme”? esas bombas pequeñitas de “Falschgeld”, son guitarras o bajos? Y las corrientes eléctricas circulares de “Die genaue zeit”? Hay bastante también de ballet-etnográfico-imaginario*** en el teatro sonoro: “Herde” (mirlo, en alemán) imita el canto de un pájaro -uno algo particular, ok- o la tensión de “Armenia” guardan dentro suyos elementos de registros documentales.

    Pero, así como esta escenificación sonora era un gran salto respecto de lo previo, respecto a lo que estaba por venir Zeichnungen… puede hoy ser visto apenas como un adelanto de los días por venir: Halber Mensch y Funf auf der nach… refinarían y ampliarían aún más el coto de caza musical del grupo sin perder nervio alguno. Entre el First construction (in metal) de 1939 de John Cage, un antecesor involuntario, y el Construction time again de Depeche Mode de 1983, un sucesor involuntario, se aloja este documento de la época en la que inclusive los terroristas sonoros más radicalizados sabían, podían y querían levantar el pie del acelerador.

    *sin perder de vista el movimiento inverso, con Bartok y Stravinski, por ejemplo.

    **ni hablar de los Beatles, que no suelen ser acreditados como pioneros de la música industrial.

    *** ver otro antecedente alemán: Can y sus “ethnological forgery series”

  • Poesía: Mario Arteca – XIX. No hay nada que pensar (la lírica del “Hotel Babel”)

    a Ramiro Quintana

    La muerte dice siempre el nombre de un secreto,
    puesto que firma la singularidad irremplazable
    .
    Jacques Derrida

    I

    La octava parte de tu mirada
    no es perversa: es de vidrio.
    Lo mismo si quisiéramos
    el encendido de un calefón
    en el momento en que deciden
    jugarnos una broma pesada
    (por ejemplo: abrir la ducha
    en la canilla caliente
    y entonces todo enloquece
    después del chispazo
    de metilpropano
    que no causa gracia
    y nos vuela la cara.)

    II

    La sangre y la muerte
    no parecen hermanas solidarias;
    y sin embargo surgen un día
    tomadas de su única mano
    y retiran de hecho sus delegaciones.
    Nos envían a un sitio
    para que no digamos nada.

    III Te repito aquello
    de que la muerte
    dice siempre el nombre
    de un secreto
    , aunque
    ese dato no es tal y tiene
    una palabra asignada
    para cada uno de nosotros.
    No vale la pena dormirse
    porque ninguna cosa que
    estás imaginando colma
    tus expectativas. Pensá
    en algo que se consigue
    sólo con el insomnio
    y la curiosidad.

    Publicado originalmente en «Hotel Babel» (2011)

  • Comics: Acero Líquido – Víctima de los cambios

    Por Gabriel Reymann

    Es un yeite clásico de cualquier formato narrativo, el de disfrazar la verdura en el plato. Ahí está de ejemplo El exorcista de Friedkin, un drama de crisis de fe camuflado de una de terror, y acá está Acero Líquido de Quique Alcatena y -el reciente y tristemente fallecido- Eduardo Mazzitelli: una travesía por los vericuetos existenciales de una auténtica víctima de los cambios, vestida de fábula y fantasía-heavy metal-chabón. El libro que pone en la calle Loco Rabia -va por su quinta edición desde 2010-, recopila la historia serializada en la legendaria revista argentina Skorpio hace ya más de 30 años.

    Las algo menos de 300 páginas del volumen transitan la historia de Hark, un rebelde devenido, por medio de un experimento, en super-guerrero protector del reino que habita. Cuando el casco que le otorga poderes lo consume por su misma potencia, Hark se transforma en una criatura inestable de, justamente acero líquido. Los personajes secundarios entran y salen de escena (su amor imposible Sibilina, el monarca Gran Señor, el mago Gran Abuelo, el hechicero Ru Ais Lamp Silog, y el humanoide felino Híbrido, entre tantos otros) y el transcurrir argumental es tan mercurial y volátil -pero no antojadizo- como la estructura atómica de Hark, quien se probará incontables trajes a lo largo del volumen: marioneta (de monarcas y magos), tirano, héroe, llevando la insatisfacción ante cada uno a una nueva piel.

    Parafraseando a Henri Michaux, bastante del conflicto de Acero… ocurre por la distancia -no siempre conciliable- entre “lo que ocurre dentro del cráneo” y “lo que ocurre fuera de él”. Desfasajes de toda índole pueblan este universo ficcional, como la antinomia entre los sueños y su concreción en la realidad o el conflicto entre conocimiento y la felicidad (siendo la ignorancia reaseguro de la última), planteando una deriva agnóstica en la cual nunca se puede arribar a un significado ulterior, cuando no directamente una pesadilla donde el absurdo es rey, y lo único que desea el Deseo es aquello que no se puede tener. Mazzitelli, como narrador omnisciente, utiliza en los bloques de texto o diálogos de los personajes, muchas frases con una estructura A de carácter positivo/afirmativo, seguida de una estructura B que niega o vuelve del revés a A (“¿quién quiere que sus maravillosos sueños se transformen en espantosa realidad?”).

    En su metier, el costado gráfico/narrativo, Enrique Alcatena actúa como un bibliotecario: elige volúmenes de cada estante para erigir su edificación. Y su torre es variopinta, mas no incongruente: las arquitecturas a lo Philip Craig Russell, el diseño de Hark a lo Kevin O’Neill, el blanco/negro molecular de Lucho Olivera, destellos de Mike Kaluta o Barry Windsor Smith. Y eso ciñéndose al ámbito del comic, porque también abreva en las clásicas estampas japones, la Secesión Vienesa de Klimt, o el decadentismo inglés (bastante hay de Aubrey Beardsley en el personaje de Sibilina, por ejemplo). La puesta en página oscila muy utilitariamente entre la locomoción desbocada de las páginas de acción, y el carácter más bidimensional, cercano a la ilustración, de las influencias no historietísticas.

    Es otro paso más en la batalla por parte de la historieta como medio, lenguaje y arte; en una publicación dedicada a un público masculino joven adulto hetero, Mazzitelli-Alcatena deslizaron unos cantos de inocencia y experiencia repletos de búsqueda, desesperación, locura, belleza y, en medio de todos los escombros, algo de entendimiento. A la dupla creativa aun le quedaban décadas de colaboraciones por delante, por lo cual volverán a decir presente en este sitio.

  • Música: Disco del mes – Spacemen 3 – Playing with fire (1989)

    Por Gabriel Reymann

    Le habrán puesto especial empeño los Beatles (junto a George Martin en el estudio), luego King Crimson en la cuestión performativa, amén de la compositiva, pero el rock -aun más que el rock ‘n’ roll- es una cuestión de incapacidad, por no decir muchas veces estupidez lisa y llana. Incapacidad voluntaria (la bruteza conceptual de Devo o la “energía idiota” de Brian Eno), el servicio limitado de fábrica, la austeridad de recursos, los sentidos alterados o el arma de elección que se tome, todas pueden alumbrar lenguajes de profundidad musical.

    Aun cuando la diferencia entre genialidad y diletantismo esté muy difusa. El propio Jason Pierce (uno de los dos compositores del grupo, junto a Peter Kember a.k.a. Sonic Boom) habla aquí de como la falta de destreza musical actúo como catalizadora del sonido de la banda inglesa: no hay cambios de acordes porque sabemos pocos, hagamos lo que podamos con ellos (para mayor interiorización del proceso creativo con lo que hay en la heladera, esta entrevista con el bajista Will Carruthers).

    Ya para los 80’s el rock estaba fuertemente atomizado en estilos, nichos específicos -quizá por la autoconciencia de los pioneros por parte de los músicos en actividad en esa década-, y es un motivo por el cual Spacemen 3 destaca -por oposición- con su música: eran capaces de abrazar el garage más primitivo, el feeling del soul (y el gospel), los estados mentales más líquidos de la psicodelia, todo eso dentro de un andamiaje sonoro germano mínimo pero funcional.

    El abordaje de lenguajes heterogéneos gana peso por nunca abandonar la banda el valor diferencial del rock, su materialidad: el timbre, o sea la electricidad. En el uterino “How does it feel”, es el tremolo de la guitarra Vox Starstream de Kember (y los infinitos efectos de modulaciones que atraviesan el tema y el disco) el pulso rítmico que organiza el tema -no la batería, que entra a los cinco de los siete minutos que dura el tema y funciona más como tambor de procesión-. La batería brilla por su cuasi-ausencia en el disco: sustituida por el susodicho tremolo, el bajo (“Let me down gently”) o las maracas (“Suicide”), toma preponderancia en “Revolution”, el homenaje a MC5 que termina sonando cerca de Hawkwind.

    El susodicho “Suicide” es la cumbre de las posibilidades de Playing with fire. Electricidad ya casi electrocución, y dos acordes para once minutos de máxima concentración, que justamente por su dedicación e insistencia rítmica bordeando en lo obsesivo, no cae nunca en la abstracción ni en el free form. Por más que sus letras aborden exhortaciones o plegarias, Playing… es un disco sobre el tiempo (y la reelaboración de su concepto, alucinógenos o no): el trémolo -una señal que se repite y va decayendo, en contraposición a una percusión, humana o no- es presente puro, cuando no un chicle reorganizado cuasi-indefinidamente, o una pelota de basket que alguien decidió que rebote dentro del cráneo del oyente.

    Es la audacia por la cual elegimos (y probablemente se siga eligiendo) al rock: el grano puro de su electricidad, el reconocimiento de tradiciones previas, su voluntad de expandir los límites, aunque las voces no estén afinadas.