• Comics: Mirame/Dusko – La marca en la pared

    Por Gabriel Reymann

    Dentro de la cárcel de huesos y vísceras, la mente humana media entre el interior de esa penitenciaria y todo lo que está fuera de ella, el clásico sujeto y objeto, respectivamente, de la filosofía. Si al partir de esa base, la mente humana puede ser un traductor no muy fiel, ni hablemos de cuando se encuentra con otras mentes pares asediadas por precarización laboral, cambio climático, la falta de compromiso emocionar y mandatarios émulos de Michael Scott, solo para remitirnos a la coyuntura actual. Los cortocircuitos de la mente, todo lo que no encaja, y el intercambio con los lapsus ajenos; un poco por ahí van Mirame, de Diego Agrimbau y Tomas Aira, y Dusko: Cinco Historias, de Pablo Vigo.

    Puesta en la calle en 2023, en un formato símil prestige, por la editorial argentina Primavera Revólver, tras una serialización virtual entre 2017 y 2020, Mirame tiene una premisa muy sencilla. La historia inicia con la doctora Capri ingresando a una casa con dos pacientes psiquiátricas -Lucila y Zina, a las que se les sumará un tercero, Juan- para iniciar un proceso de externación o tratamiento ambulatorio. Tras unas pocas páginas, vemos que en realidad son actores representando una pasada de una obra de teatro. Fin de la premisa, pasamos a “en realidad”.

    Porque “en realidad”, las actrices/actor también se llaman Capri, Lucila, Zina y Juan respectivamente. Lo importante es el viaje y blábláblá, pero los spoilers sí existen, y quien se dedique a criticar/reseñar obras de arte, tiene que saber quebrar la cintura con la suficiente elegancia para no ofrecerle la obra desmenuzadísima al lector. Mirame es una suerte de campera o frazada reversible historietística que no cierra su sentido al lector; sus cimientos son ese entrar y salir de caracteres de ficción, el turismo psíquico, y todas las fronteras identitarias -difusas- que puede llevar a cuestas el sacerdocio de la actuación, elevados a un paroxismo, que es parte Opening Night (1977) de John Cassavetes y parte Perfect Blue (1997) de Satoshi Kon, puestos a dar referencias cinematográficas que oficien de posible mapa sin hundirse en el spoiler. Ese basamento está apuntalado por una más que atendible caracterización del mundillo teatral del mundo real, con sus egos, inseguridades, castings sábanas, celos profesionales, euforias de estreno y demases.

    Y un buen mérito de esa carnadura de los personajes le cabe al dibujante Aira. Partiendo de proporciones anatómicas más estiradas/largas que lo habitual (¿alguien se acuerda de Aeon Flux?), el autor de Índigo dota de características particulares a cada actor/actriz: Juan y Zina más esbeltos -esta última más exuberante también, a tono con su personalidad-, Lucila más apocada, Capri con sus caderas anchas, sin trazo grueso berreta mediante. Literalmente hablando de trazo, el grafismo de Aira es una concurrencia de cualidades que no coexisten muy a menudo en un mismo dibujante; es un estilo sintético no exento de detalles en estratégico lugar, de porte cuasi-quebrado y muy elegante al mismo tiempo. Tanto por lo cromático (fuerte predominancia de marrones y violetas), como por lo narrativo (predominancia de grilla de cinco o seis viñetas, alguna aparición de grilla de nueve, uso sabio y preciso de las secuencias mudas y el ritmo en general), se aprecia una concepción considerablemente estructural a la hora de presentar la obra -historietística-.

    Saltamos atrás en el tiempo, 2021, otra edición no-libro (es una revista, y ya) de 32 páginas, lanzada a la calle por editorial Maten al Mensajero; es Dusko: 5 Historias, por Pablo Vigo, autor de Lo Salvaje. Puertas adentro del mundillo del comic, las coordenadas fáciles de asociación con el trabajo de Vigo son básicamente el sindicato de pelados estadounidenses independientes (Charles Burns, Chris Ware, Daniel Clowes, entre otra gente no calva, ok), que, vale la pena decirlo, son coordenadas que habilita el propio autor al reconocer a esos calvos como influencia. Pero hay varias mañas propias dentro del laburo de Vigo, como para poder presentarle su obra a gente que no tenga ni la más pálida idea quien es Charles Burns, so here we go.

    Visual y narrativamente, Pablo Vigo suele moverse en carriles muy ordenados, para decirlo de un modo que no es precisamente una disminución, sino por el contrario. Es un campeón en la expresividad de la anemia: rostros y gestos traslúcidos, que no se desencajan ni entran en espasmos violentos, por lo general. Es una procesión interior exteriorizada a través de elocuentes miradas de ojos entrecerrados, entrecejos fruncidos y todas las pequeñitas arrugas que derivan de ese optimismo ante la vida. Su narrativa también engaña sin estridencias ni grandes saltos al vacío, pero se mueve en un abanico de grillas de viñetas de diversa cantidad (de cinco a diez), manejando esa diversidad de cifras con un criterio del tiempo narrativo de veras muy quirúrgico -y dentro de ellas, unos considerables matices, tanto de encuadres como de elección de lo mostrado y lo que no-.

    Hay en esta selección de historias cierto fantasma recorriéndolas, y para mal citar a Lacan, es la metonimia de los objetos, o sea las historias, personas y recuerdos asociados a las cuales llevan -o desvían y traicionan, incluso- esos objetos de uso diario. Ese plano simbólico es acusado ya por los propios títulos de tres de las historias: “Aloe vera” -cuya planta del título funciona como escape de algo que va en paralelo a lo que se presenta como la trama principal-, “La taza” con su racconto ridículo/neurótico de la infancia y una melancolía subyacente, y la más contundente de todas, las dos páginas de “Dos pinturas”, una apropiación muy atinada de los bueyes perdidos del insomnio nocturno que desemboca en una confesión neurótica, muy sutil, paradójicamente, si hablamos de neurosis.

    Las tres historias están rodeadas por las más extensas, y que también se acercan de manera un poquito más “tradicional” a los géneros: la que abre, “Combustión”, en un registro de misterio/policial, la que cierra, “Aparición en el 7º A”, en un tono más sobrenatural, y porque no, de terror. Hechas esas observaciones, son Vigo puro: la primera funciona como una legión de nubes (conflictos) en roce continuo, dispuestas a entrar en precipitación -pero sin hacerlo dentro del campo de visión del relato, al menos-, la segunda cargando las tintas sobre lo traumático, lo reprimido y -claro- su inevitable retorno. At last, but not least, es destacable el cuadro social que pinta Vigo de cierta clase social argentina contemporánea, compuesta de relaciones (familiares, sexo afectivas) endebles -para catalogarlas de manera generosa-, cuyo status cultural es bueno -aunque quizá no altísimo- y el económico no es bajo, pero tampoco alto y cada vez parece acercarse más y más a la base de la pirámide.

  • Poesía: Néstor Perlongher – (lobos)

    lebos lobos ajax rodrigo guesavenda
    gruesa venda venérea madreselva del ánade
    cohonestas ebúrneos mercados
    tasa la marca del pito
    rito colomí cárpido lesma
    leve losa lontano lamé
    pero la cercanía del escarpe
    arroja lanas desamor ocaso
    o no alba fibrosa, no está en ajax
    rodrigo al mediodía espinoso
    y reblandecido, por lo
    tostado de las carnes
    o escarpe del bozo
    enjuta adarga en pliegos de furtivo
    jaguar desala y ronda
    ronco rebota ronronea
    rutila hosco

    Publicado originalmente en Alambres (1987)

  • Cine: Una cierta mirada – Robert Bresson

    Por Gabriel Reymann

    En la entrada anterior de esta sección, me había cubierto de antemano, respecto a la traición que significaba hacer una disección visual de cierta parte de la filmografía de Godard a través de fotogramas, o sea prescindiendo del sonido y, sobre todo, el montaje de esas imágenes. Quizá sea mayor la traición a la hora de abordar la obra de Robert Bresson (1901-1999) con ese procedimiento: cito textual su frase “la pintura me enseñó que las cosas no existen en sí mismas. Son sus relaciones las que las crean” * -bien saussereano el hombre-, y traigo a colación su particular uso del sonido y los ruidos -ver El juicio de Juana de Arco (1962) y su soundtrack de murmullos y habladurías rodeando a Juana en su celda-.

    Pickpocket (1959)

    El primer tópico al cual asocie al realizador francés cualquier persona que conozca su obra, es el referido a las manos. Metonimia de encuentro, desencuentro, ternura, violencia, labor, y casi cualquier actividad humana, incluyendo la espiritual.

    A Man Escaped (1956)

    Lancelot du Lac (1974)

    Four nights of a dreamer (1971)

    Hablando de encuentro: los abrazos.

    Lancelot du Lac (1974)

    Mouchette (1967) – esto es, para empezar, un encuentro no consentido-

    Four nights of a dreamer (1971)

    La mirada, como dirección de juicio a los otros, acecho, o como búsqueda, otra constante.

    Au Hasard Balthazar (1966)

    Mouchette (1967)

    Mouchette (1967)

    Pickpocket (1959)

    The Trial of Joan of Arc (1962)

    The Trial of Joan of Arc (1962) -en estas dos últimas sí hay montaje!-

    Las puertas, las zonas de pasaje; Fassbinder tomaría dos o tres notas de esto.

    Au Hasard Balthazar (1966)

    Lancelot du Lac (1974)

    L’Argent (1983)

    L’Argent (1983)

    Nuevamente la relación con la otredad: el lecho como sinécdoque del cuidado de los otros, e inclusive de la piedad.

    Lancelot du Lac (1974)

    Mouchette (1967)

    The Trial of Joan of Arc (1962) -en estas tres últimas el montaje sería entre películas-

    Piedad y su bagaje como pintor: el sentimiento religioso en no pocos planos, la atención a la composición del plano (siempre austera, jamás sobrecargada en función del impacto), su personalísimo uso del color (los verdes en Cuatro noches de un soñador, de 1971)

    Diary of a Country Priest (1951)

    Four nights of a dreamer (1971)

    The Devil, probably (1977)

    The Trial of Joan of Arc (1962)

    *para mayor información se recomienda la lectura de Bresson x Bresson (Editorial El cuenco de Plata), que recopila cantidad de entrevistas realizadas al director a lo largo de toda su trayectoria.

  • Poesía: César Vallejo – Oye a tu masa; oye a tu cometa, escúchalos; no gimas…

    Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas
    de memoria, gravísimo cetáceo:
    oye a la túnica en que estás dormido,
    oye a tu desnudez, dueña del sueño.

    Relátate agarrándote
    de la cola del fuego y a los cuernos
    en que acaba la crin en su atroz carrera;
    rómpete, pero en círculos;
    fórmate, pero en columnas combas;
    descríbete atmosférico, ser de humo,
    a paso redoblado de esqueleto.

    ¿La muerte? ¡Oponle todo tu vestido!
    ¿La vida? ¡Oponle parte de tu muerte!
    Bestia dichosa, piensa;
    dios desgraciado, quítate la frente.
    Luego, hablaremos.

    Publicado originalmente en Poemas Humanos (1937)

  • Comics: Volver/Sudor Sudaca – Ganamos algo y algo se fue

    Por Gabriel Reymann

    De alguna manera u otra, Argentina históricamente siempre se las arregló para expulsar, con mayor o menor delicadeza, a sus hijos fuera de sus fronteras. A Volver de Nacha Vollenweider (editada en Argentina, 2023, por Maten al Mensajero) y Sudor Sudaca de José Muñoz y Carlos Sampayo (editada en Argentina, 2015, por Hotel de las Ideas*) las separan casi 40 años de su realización, pero aparte de la estética en blanco y negro, las une la búsqueda por la identidad, de sus protagonistas en sí mismos y en relación al terruño, dentro o fuera de este último. ¿Por qué nos tenemos que ir tan lejos para estar acá?, en efecto.

    Volver es una novela gráfica autobiográfica, de 200 páginas, cuyo recorrido temporal abarca cuatro años de vida de la autora, entre 2016 y, ups, la entrada a la pandemia del Covid-19. Nacha personaje comienza la historia casada con una chica alemana, desplazándose ambas en tándem por motivos profesionales, desde el país germano a Brasil, Belem do Hamburgo. El desplazamiento interior, sin embargo, no es compartido por la pareja de Nacha, por lo cual, tras un divorcio, queda por delante el regreso a la casa familiar Vollenweider en Córdoba.

    La historia está presentada narrativamente de una manera más bien homogénea: grillas de dos viñetas horizontales, cuatro o seis verticales en su defecto. El estilo gráfico acusa una impronta sumamente espontánea, al estilo de pinceladas planas, la mayor parte de las veces, con irrupciones más libres -texturadas, en definitiva- en momentos muy específicos y con resultados bien logrados. El lenguaje corporal-expresivo está más que atinado, pero la mayor fortaleza del dibujo puede que esté en cómo retrata las locaciones (edificios, calles, cableríos) sin perder vigor expresivo alguno, tratándose de objetos inanimados.

    Y es en la interacción entre esos dos factores representados (“los cuerpitos” y “las ciudades”), donde se debe hallar uno de los mayores puntos de interés de Volver. La construcción (y observación) de los espacios sociales y de las comunidades (ay este concepto en Argentina 2025), sea en Belem, o en Córdoba: los carteles, los comercios, los amuletos de los santos, ¡el extractivismo!, las caras (y los decires) de los vendedores callejeros y las diversas maneras que tiene el ser humano de entrar en contacto con lo que le rodea (y, porque no también, de estar en desfasaje con esas personas y lugares). Volver es un poco parienta espiritual de El reino de este mundo de Rodrigo Terranova (ya escribí alguito sobre El reinoacá), lo cual me lleva a…

    El prólogo de El reino… está escrito por José Muñoz y, aparte de ensalzar la obra, establece una filiación entre el comic de Terranova y su Sudor Sudaca que realizara junto a Sampayo. Su realización se superpone al serial regreso (“Encuentros y Reencuentros”) de Alack Sinner, la obra principal en conjunto, y el itinerario de su publicación casi parece coincidir con el derrotero sociopolítico de la Argentina: el primer capítulo (“Storie”) aparece en la revista Superhumor, en 1981, para cuando la dictadura cívico-militar había atravesado ya su momento más brutal, y se termina de serializar a partir del número 1 de la revista Fierro (septiembre 1984), casi como si esta historia de raíces y destierros hubiese estado esperando para nacer en el lugar que le correspondía.

    Las seis historias que componen el volumen (la ya mentada “Storie”, “Dos o tres mil cosas que los demás saben de mí”, “Viril convocatoria”, “Solos para siempre”, la que da título al libro y la central/más extensa “Otoño/primavera”) no guardan relación directa entre sí, ni trasladan personajes o hechos de una a otra, pero guardan todas una suerte de ajuste de cuentas no-explícito, no-estereotipado con el ser argentino en el siglo XX post-2da Guerra Mundial -que en términos generacionales es el mismo de Sampayo y Muñoz-, sin que intervenga en ello la autobiografía más literal en general, y con el tema del exilio en particular.

    Si se tuviera que sintetizar en una sola imagen la filiación entre José Muñoz y el Frank Miller post-Sin City, debería ser esta.

    Se pueden desagregar distintos registros dentro de la estructura general. “Storie” y sus cuatro páginas condensan la movilidad social de los 40’s y 50’s a través de marcas semánticas muy reconocibles para esa generación del pueblo argentino -tener relaciones sexuales en el zaguán, el primer auto, los hijos como primera generación de universitarios-; tiene una ternura (y distancia) similar a la letra de “Picture Book”, de The Kinks. “Viril…” también tiene espíritu de fresco de época; versa sobre el servicio militar y en diez páginas se pasea por cuestiones variadas, como la masculinidad -muy, muy frágil, más allá de la distancia de sesenta años-, las tensiones de clase y raza del país y el “patriotismo” ramplón -con la inserción anacrónica de un discurso de Galtieri-, que hoy en día puede resultarle muy desfasado a cualquier argentino, por mucho empeño que le ponga Victoria Villarruel y su memoria incompletísima.

    Otra impronta, es la de, ahora sí, los argentinos exiliados en España durante el Proceso de Reorganización Militar. El tono en común a esos relatos es, lógicamente, la paranoia. Donde “Dos o tres mil…” vira hacia el ridículo y el malentendido tenso (¿es el protagonista Osvaldo Lamborghini?), “Solos…” se ubica dentro de un malentendido trágico. Muñoz, como ya venía haciendo en Alack Sinner, dota a todos y cada uno de los personajes de la historia de sus rasgos particulares; quizá aquí trate con mayor calidez expresiva a sus caracteres que en la saga del detective estadounidense, menos baconianamente, quizá por el tono mismo de la historieta. Hay también hallazgos narrativos para tirar al techo: los globos de diálogo “autoconscientes” (aclaraciones entre paréntesis en el texto de un globo de pensamiento, globos que son de diálogo y pensamiento) y la coexistencia de varios planos sonoros y visuales en “Dos o tres mil…”, los globos de diálogo corales (y en segundo plano) en “Viril…” que muestran los temores en la revisación militar, y quizá el mejor de todos, la huida de las imágenes en las viñetas de “Solos…” para dejar en su lugar a la foto del guion técnico en lo que directamente no puede ser mostrado.

    “Sudor…” y “Otoño…” ya sí entran en el territorio del exilio más vinculado a la nostalgia -y el regreso-. La homónima -la primera publicada en Fierro- usa (y homenajea, porque estaba recientemente fallecido para el momento de la publicación) a la figura de Julio Cortázar como metonimia de todos los argentinos desterrados a partir de mediados de los 70’s. “Otoño…” tiene de fondo la convulsión y efervescencia política típica de las elecciones de 1983, cuyo resultado erigiría como presidente constitucional a Raúl Alfonsín, yendo en paralelo la historia de los vínculos. Pareja joven de argentinos a punto de casarse en el exterior, el padre (viudo) de ella y la madre (abandonada, años ha) de él, encontrándose y juntándose antes de ponerse demasiado viejos -en paralelo al regreso del padre/marido abandónico-. No es una cosa u la otra, son las dos: la euforia social y la trama de vínculos, puesto que ese “oído atento a todo” de Carlos Sampayo pone en simultáneo la mayor cantidad de sensaciones, diálogos, encuentros, desencuentros y reencuentros de una comunidad. Junto a Muñoz lo organizan narrativamente, y el dibujante lo cristaliza visualmente en esas arrugas de esos padres esperanzados, o en las gotas de sudor bajo el intenso sol veraniego de un muy lejano Sitges.

    *una pronta reedición, gente de Hotel?

  • Música: Playlist – 40 a los 40 (1985)

    Por Gabriel Reymann

    40 años para 1985, y todo lo que haya pasado musicalmente en él, o casi. Algo de lo que encontramos: el traspaso del cetro en la música pesada de la NWOBHM al thrash (Celtic Frost), el power metal (Helloween) e inclusive el death metal (Possessed), el rock gótico dando lugar a su línea más dura (Sisters of Mercy), al mismo tiempo que hace la transición a lugares más coloridos y psicodélicos (de Death Cult a The Cult, de Bauhaus a Love and Rockets), los últimos años de las bandas hc/punk -que también fueron las primeras en despegarse musicalmente del rótulo-, como Black Flag, Dead Kennedys o Hüsker Dü, el ruido descontrolado en el rock alternativo (Jesus and Mary Chain), rock de estadio (Waterboys, Simple Minds), pop sofisticado (Prefab Sprout, el propio Bryan Ferry), hasta cuasi progre (Tears for Fears).

    The Pogues

    Y pirados tan diversos como Prince, Tom Waits y Kate Bush en plena consagración artística y comercial, nada menos.

    Anthrax

    Querés más lanzamientos de 1985 por fuera de la playlist? En este año también editaron discos Kreator, Sonic Youth, Jean-Luc Ponty, Exodus, Megadeth, Allan Holdsworth, Mekons, Yngwie Malmsteen, Meat Puppets, Golden Palominos, Destruction, Nick Cave, Minutemen, entre muchos otros, claro.

    The Waterboys

    En Argentina, es nada menos que el año de los discos debuts de Sumo y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. También andan por ahí, at last but not least, Virus, Riff, Los Violadores, Soda Stereo y Zas!, con el que, por unos cuantos años, sería el disco más vendido del rock argentino.

    Bryan Ferry

  • Poesía: Hugo Mujica – 23.

    Algo como un árbol desnudo asoma
    sobre el muro,
    o quizá tan sólo sea como yo:
                                                                   otro pedazo de muro

    Publicado originalmente en Escrito en un reflejo (1987)

  • Comics: Saichann – El Marcapiel

    Por Gabriel Reymann

    Nivel commodities: ahí al lado de la soja, el trigo y los jugadores de fulbo, están los dibujantes de historieta argentina. Y en medio de ese torrente de potencial creativo for export, hay enormes talentos que quedan ahí, un poquito por debajo del radar de la atención del gran público en base a sus merecimientos/capacidades*. Es el caso de Alberto Saichann, a quien Loco Rabia volvió a poner en carrera con el libro que lleva como título el apellido del autor, reimpresión en 2024 de un libro ya editado en 2012 y descatalogado.

    Saichann reúne tres bloques de historietas, todas ellas publicadas entre la segunda mitad de los ochentas y la primera mitad de los noventas, en revistas (Fierro/Skorpio/Nippur Magnum) y editoriales distintas, y con padres distintos: no se repite guionista de un bloque a otro. Ante esta disparidad de líneas editoriales e intérpretes solo podría esperarse un hilo conductor a través del dibujante, único denominador común; si bien no es necesariamente el tema principal de cada una, la (ultra)violencia -y su exhibición- es un fantasma que recorre a todas ellas.

    La salva inicial corresponde a la de publicación original más reciente, La Flor, historia de cuatro episodios con fecha de aparición original en 1994, en la revista Nippur Magnum de Editorial Columba, con guion de Ricardo Ferrari**. La flor es tan autoral y redonda, que podría, ay, ser una película casi. Ambientada durante la guerra de Vietnam, con dos protagonistas simétricos de cada bando -soldado yanqui, guerrillero del Vietcong-, el contexto histórico no tiene un peso menor dentro del argumento, pero no es el centro de la cuestión. Con algo de western por ahí (cuasi-carencia de ley, hombres encontrando su destino por medio del enfrentamiento), el nombre de la historia proviene de la prostituta vietnamita por cuya conquista y asimilación -no amor, ojo, ni objeto machista de disputa siquiera- se enfrentan ambos combatientes. La fémina protagonista es una víctima(ria) propiciatoria: una droga demasiado poderosa a la cual los soldados no pueden no volver, pese a su potencia desintegradora, un abismo que devuelve la mirada con creces. La Flor también es tango, fado, o blues: es una historia más agria que amarga y está también en ella el dolor de ya no ser. En lo referido al arte de Saichann se puede decir que si bien se juega a un blanco y negro de alto contraste e impacto (alla tradición post-Breccia, e inclusive Pratt y José Muñoz), no deja de ser barroco, realista y hasta caricaturesco al mismo tiempo***. La planificación de página es un auténtico trabajo de relojería, con una notable variedad de encuadres.

    Sigue en el libro la que en orden cronológico sería la historia del medio: Bacteria, aparecida en la revista Skorpio en 1990, con guion del recordado Eduardo Mazzitelli, nada menos. Bacteria es una clásica historia fantástica de distopía: un mundo de aburrimiento programado parte Un mundo feliz, parte 1984 (más del primero, la verdad), alguito de The Minority Report por ahí, un airecito a Invasión de Hugo Santiago, y una anticipación por pocos años a Matrix. El mundo descripto muestra un escenario en el cual todas las actividades de los seres humanos están programadas en función de la supresión del azar y, como si eso fuese consecuencia directa, las guerras, el delito y la violencia; justamente por la casualidad misma, el protagonista rompe con la programación de su vida y pasa a ser un descastado perseguido por las autoridades, adaptándose a una realidad totalmente nueva. Como en Invasión, hay una estructura mayor de resistencia que acoge a nuestro muchachito, así como también un giro inesperado -y muy atinado- en el final. Sin dejar de ser el mismo artista, aquí Saichann sorprende con otra impronta visual, más cercano al óxido ochentero (Moebius, Juan Giménez, Bilal), que en verdad podríamos sintetizar como “Lucho Olivera meets Roger Rabbit”, porque mezcla esas texturas herrumbrosas post-apocalípticas con un registro de dibujo animado; ese último estilo es reservado para los objetos (que, como en la película del conejo, están vivos), y todo el escenario de la historia (a través de los objetos nuevamente, pero también de grafitis en locaciones) funciona como una burla o parodia, que inserta comentarios sobre ese mundo o dialoga con él (versión más lúdica de la práctica que realizaba el mentado Muñoz en varias de sus historias, también).

    Cierra el libro la serie de historias cortas Bronx, la de primera aparición cronológica (1987, en la revista Fierro de Ediciones de la Urraca), ahora sí con guion del propio Saichann. En estos unitarios hay tramas mecánicas, cierto parentesco visual con Gustavo Trigo, pero una personalidad estética bastante asentada ya: no tanto claroscuro ni detalle como en las historias previas del tomo, sí una atención especial al detalle textural y la expresividad/gestualidad de los caracteres. Aquí no hay personajes ni tramas que pasen de una historia a otra, lo único que conecta es la locación del bravo barrio neoyorquino. Bueno, eso y la carencia de heroísmo o redención por parte de los protagonistas, la imposibilidad de finales felices -lo que empieza mal termina peor/finales irónicos, “ni el tiro del final te va a salir” – y esa nube que flota sobre la ciudad (y la mente de los protagonistas) de cúmulo de frustraciones, impotencia y deseos mal (o ni) realizados. Es un espíritu de época similar al Ranxerox de Tamburini-Liberatore (algunas coordenadas: la tensión político-nuclear, la música, las sustancias), que treinta años después se puede leer de como exagerado…hasta ahí nomás: la geo(micro)política mundial de los ‘20s habla por sí sola. Veremos hoy a qué artistas (y cómo) en Argentina les tocará (elegirán) dar testimonio del delirio negacionista terraplanista mundial, que no se limita a cuestiones sobre la forma del globo terráqueo, desde ya.

    *pero siempre hay tiempo para dar vuelta el resultado: vía la editorial GComics acaba de salir también un libro de entrevistas a Saichann realizadas por Diego Arandojo.

    **otra figura puesta en valor con toda justicia recientemente por el mercado editorial: en 2024 la editorial Puro Comic recopiló su Julio Cesar junto a Eduardo Risso, también realizada para Editorial Columba, pero a fines de los 80’s.

    ***herederos posibles de Saichann: la tropa de Cazador, y Ariel Olivetti en particular (Saichann publicó de hecho en Cazador Comix, el lanzamiento de espíritu underground de fines de los 90’s que pusieron en la calle Jorge Lucas y compañía)

  • Música: Disco del mes – Liliana Herrero – Liliana Herrero (1987)

    Por Gabriel Reymann

    Si nos sentamos a la orilla del río del avance musical (epa), la corriente puede traer novedades básicamente de dos maneras. Una es por el juego que el compositor y/o intérprete ponga en práctica con los elementos formales (timbre, altura, ritmo, armonía, melodía), otra es por los desarrollos técnicos que puedan habilitar la propia época. Entonces, querido/a músico/a, elegí tu propia arma -pueden ser las dos al mismo tiempo-.

    El sintetizador sampler Fairlight CMI, aparecido a fines de los 70’s, resultó ser un chiche caro y prohibitivo en el momento de su aparición, solo asequible a músicos de guita (por suerte guita y prestigio: Peter Gabriel y Kate Bush en III y The Dreaming, respectivamente). Paralelamente, en la torre de la cultura sampler está el esfuerzo conjunto de David Byrne y Brian Eno, My life in the bushes of ghosts -ampliamente citado como posterior influencia en la cultura hip hop- y la sampladelia comienza a florecer más fuertemente a partir de 1987, ya sea por dos discos debuts, uno justamente de la cultura rap (Public Enemy), y otro de la música europea industrial, el homónimo de Young Gods. Mismo año, culo del mundo para el eurocentrismo, sale el disco debut auto titulado de Liliana Herrero, haciendo uso extensivo del sampler.

    La propia Herrero nunca dejó de acreditarlo, pero no está de más recordarlo: toda esa decisión de producción le corresponde a Fito Páez, el que insistió para “sacarla de cantar en la cocina” y pasar al registro discográfico y las actuaciones en vivo -una carrera, bah-. Si bien toda esa elección de tecnología de punta (para aquel entonces, claro), le corresponde al rosarino, la entrerriana de mínima manejaba información musical actualizada: en el número 63 de la revista Fierro (octubre de 1989) acusaba disfrute de artistas como Gabriel, King Crimson, Laurie Anderson (otra “sampleadora”) o el material de sellos como ECM.

    ¿En qué punto se puede empezar a hablar de sampladelia? Probablemente sea en el momento en el que el instrumento en cuestión no sea un medio para introducir (o citar) sonidos más o menos raros, sino en el cual organice la composición, en especial en el aspecto rítmico a través de la repetición (loops) de los samples; que no sea tanto biblioteca sino armazón. Liliana Herrero no sigue al pie de la letra un tipo de composición, pero sí hay al menos un par de canciones que denotan otro tipo de composición (horizontal, por acumulación de capas, en contraposición a la vertical por desarrollo melódico). La pista que abre el disco, “Debajo del sauce solo” (M. Castilla-R. Valladares) muestra varios elementos que entran y salen de escena rara vez conviviendo simultáneamente; los samples que funcionan como pulso tímido, tentativo (¿monedas de sol en el río?), la voz de Herrero muy alla Mercedes Sosa, el saxo soprano que se libera en el solo, y la batería electrónica -la fuente es Prince, no lo duden-, otro pulso que también busca su lugar en la canción hasta liberarse en velocidad –“Ludmila” de Spinetta Jade, no lo duden-. Aun más de avanzada es “Para el Cachilo dormido” (Yupanqui): estructurada la versión alrededor de un loop muy breve de un sample que recorre toda la pista, dentro del cual flotan -aparte de la melodía vocal de Herrero-, un arreglo de saxo, otro loop, pero de guitarra rítmica, un bajo con slap y un teclado. Una economía de recursos e intensidades -y entendimiento de los espacios negativos- inusual tanto para el rock como para la música de raíz, al menos en aquella época. De manera contraria, “La media luna” (Unamuno) sí integra (casi todo al mismo tiempo) elementos diversos como samples (¿o son meros teclados?), bombo analógico, melodía psicodélica de guitarra y saxo soprano explayándose.

    El disco se permite también momentos de influencia más literal, sin que eso signifique mímica (ok: podemos exceptuar a la versión de “Solo canto esta copla”, que suena muy cercana a “Ocean” de Dead Can Dance, voluntariamente o no). Ahí aparecen dialogando la estética de Herrero con la del mencionado Gabriel -la melodía fiel al original con un arreglo de sample de falso gamelán/música de África/Steve Reich al estilo de III o Security– en “Doña Ubenza” (Echenique) o, el que mejor traiciona la traducción de los dos, “Canto al río Uruguay” (Ramón Ayala). También se pueden detectar semillas de lo que florecerá en los trabajos vocales y corales de discos como Litoral, por ejemplo: “Dueño no tengo” (anónimo, recopilado por Leda Valladares) con un efecto símil phaser en la voz, y los susurros que dialogan en el fondo con esa voz principal, y “Zamba para la viuda” (Leguizamón), con sus arriesgados arreglos corales del final.

    Quizá uno de los temas menos llamativos a nivel sonoridad u arreglos sea el que mejor sintetice el espíritu del disco. Me refiero a “Sólo luz”, el cover de la canción de Raúl Carnota, convertida aquí en una muy 4ADesca ensoñación psicodélica de tenue luz amaneciendo en interiores. El grano de la grabación dice cassette (y porque no, VHS), y puede haber bastante de artefacto hauntológico en Liliana Herrero, de un camino alternativo que no llegó a desarrollarse por completo en el mapa cultural, dentro o fuera de la discografía de Herrero. De cualquier manera, y por suerte para ella y para nosotros, este microverso tan particular era solo una estación desde la cual partir.

  • Poesía: Joaquin Giannuzzi – Vamos a conversar

    La ráfaga de la época aplastó tu cara. He aquí
    el retrato de un contemporáneo cuyos muertos
    están sin justificar. ¿Tomamos un café?
    ¿No sabes qué hacer con ellos? ¿Solo tienes
    papeles mojados para dar respuesta?
    No podía decírtelo por teléfono, pero, en fin,
    yo sé cuál había sido tu apuesta. Digamos
    una vida respirada a cielo abierto,
    nuevos estilos musicales, líneas de razón
    filtrando la estructura demencial del mundo.
    Pero nunca este funeral manchado, esta lenta
    descomposición de la inteligencia.
    Gracias por venir, de todos modos.
    Sentémonos. Veamos todavía cómo
    fanfarronea la historia, sus torpes ademanes
    su reumatismo estacional. Fantástica y enorme
    para todo naufragio personal,
    ¿nos amará en definitiva? ¿Coincidirán
    nuestras razones con las suyas?
    ¿Dará en el blanco, apuntando
    más allá de nuestro estupefacto pensamiento?

    Publicado originalmente en Cabeza final (1991)