• Música: Sellos discográficos – SST Records

    Por Gabriel Reymann

    Nuestro sello puede ser tu vida. Por prepotencia de trabajo, SST Records, fundado en 1978 por Greg Ginn, guitarrista de Black Flag -para poder justamente editar la música de su grupo-, se convirtió en uno de los sellos independientes de los 80’s -probablemente el sello independiente de esa década-. Es casi un lugar común, pero no por eso menos veraz: SST refleja como pocas compañías disqueras la transición del hardcore/punk estadounidense de comienzos de los 80’s, a otros sonidos mucho más eclécticos, que, sin abandonar esas raíces punks, prefiguran la explosión alternativa de los 90’s (o la explotación corporativa de ciertas escenas por parte de los sellos grandes, quizá).

    Minutemen

    Semillero también: en mayor o menor medida, grupos que formaron parte del catálogo terminaron teniendo algún tipo de éxito (comercial, artístico, los dos al mismo tiempo) a fines de los 80’s o en la década siguiente: Sonic Youth, Bad Brains, Soundgarden, Dinosaur Jr, Screaming Trees, entre algunos casos. Parte del traspaso de esas bandas a sellos más grandes se explica por los pésimos manejos administrativos del sello (léase: no pago de regalías).

    Saccharine Trust

    No hay una línea “editorial” /estética clara y definida alrededor del sello, pero se pueden esbozar un par de conceptos al respecto. En primer lugar, las bandas que conformaban el catálogo ya habían crecido escuchando rock, por lo cual se establece cierto diálogo con las generaciones previas, en especial con exponentes vistos de reojo por la crítica de rock (Black Sabbath, King Crimson, ZZ Top, Grateful Dead), otros que no tanto (Captain Beefheart, Neil Young), o, saludablemente, por fuera del rock mismo (Ornette Coleman, Funkadelic). En segundo lugar, toda esa estética justamente no tiene nada que ver con el concepto de utilizar el estudio de grabación como “instrumento” (Bowie-Eno-Kraftwerk-Moroder, su ruta, amén de todos ellos sí ser favoritos de la crítica de rock), sino por la composición y ejecución instrumental en tiempo real.

    Promo de lanzamiento de All de Descendents

    Una vuelta por el universo de SST, que sí, excluye a Black Flag, Hüsker Dü, y un par de los casos más representativos, para poder poner la lupa en otros artistas y sonidos menos conocidos.

    Meat Puppets retratados por Lisa Haun

    Minutemen – 3-Way Tie Last (1985)

    Probablemente la banda más representativa del sello a nivel musical – quizá aún más que Black Flag-, por su total desdén de los preconceptos musicales que suelen rodear aun día al punk. Su disco doble Double nickels on the dime es prácticamente la plataforma de despegue para cualquier banda de raíces hardcore/punk y espíritu ambicioso/progresivo (pregúntenles a los Mars Volta o Tortoise). El último disco previo al trágico fallecimiento de su cantante y guitarrista D Boon los encuentra, respecto al anterior Double…, mucho más enfocados y engañosamente menos versátiles. Engañosamente, porque aquí hay rockabilly, spoken word, rap, los infaltables toques de jazz y funk, fuerte presencia de las raíces latinas (eran provenientes de San Pedro, California), hard rock, covers no tan obvios (Creedence, Meat Puppets, Blue Öyster Cult, cuya “The Red and the Black” proto-punk, se vuelve cuasi-ranchera en manos del trío), todo ello con una producción nítida y directa. Una notable despedida.

    Ver también: Tar Babies – Fried Milk (1987): cuarteto de Wisconsin de estilo similar que, oh casualidad, contaba con Dan Bitney, futuro Tortoise, en sus filas.

    Saccharine Trust – Surviving you, always (1984)

    Un paso más allá en la batalla estética que libraba Black Flag, un probable puntapié inicial para comenzar a hablar de Saccharine Trust. Jazz punk progresivo, como los forajidos liderados por Ginn, pero con otros matices: una base rítmica más inventiva y ajustada, algún saxo invitado, un groove más cercano al funk, y el acercamiento al jazz, ya no solo a través del free, sino también mediante el bebop. Los sólidos cimientos del bajo y la batería preparaban el terreno tanto para las recitaciones (más que cantos) de Jack Brewer, derivas de flujo beatnik que no olvidaban el grano punk en el decir, como para las filigranas de la guitarra de Joe Baiza, hechas de ligados, disonancias y un más que interesante lenguaje armónico.

    Ver también: el debut auto titulado de Universal Congress of, el grupo posterior (instrumental) de Baiza, ya en un registro de fusión jazz/psych/kraut muy lograda.

    Meat Puppets – II (1984)

    Un pullover muy colorido y deshilachado, podría ser una muy poética definición de la estética del trío liderado por los hermanos Kirkwood. Deshilachado por la frenética ejecución -los tempos no tan ajustados, también las afinaciones vocales al límite-, colorido por, una vez más, el desprejuicio a la hora de difuminar las fronteras del hardcore/punk: la psicodelia, el country, el pop, el rock sureño, para empezar. De seguro los conoces por su hit de MTV del ’94 (“Backwater”), o la participación de los hermanos en el Unplugged de Nirvana tocando “Oh me”, “Lake of Fire” y “Plateau”, todas, justamente, parte de II. Especial atención a como se abre esa última canción con su riff de guitarra eléctrica al final, o a las síntesis dialécticas de hc/sentidos alterados de “New Gods”, o los frippismos de “Teenagers”.

    Dinosaur Jr – You’re living all over me (1987)

    De Deep Wound, la banda hc de Boston determinante en la génesis del grindcore y el death metal, J Mascis pasó -junto a Lou Barlow y Murph- a formar una de las bandas claves, junto a Sonic Youth, en volver a poner las guitarras a mediados de los 80’s en el centro del rock, así como también abrir el camino para la incipiente est/ética shoegaze. You’ re living… es su segundo disco, primero para SST, y ya pone en la mesa los elementos de su -como lo llamara el mismo Mascis- ear-bleeding country: los saunas de lava eléctricos de Stooges y los Crazy Horse, tomando también de estos últimos el fraseo vocal nasal de Neil Young, y, oh, anatema para las tropas indies, el virtuosismo instrumental, sobre todo en la parla guitarrística de Mascis, un hablante locuaz de las seis cuerdas. “Sludgefeast” tiene que ser el mejor tema de Black Sabbath no escrito por ellos mismos.

    Bad Brains – I against I (1986)

    Salvando las claras distancias, a los Bad Brains en los 80’s les tocó en suerte cumplir el mismo rol que a la Mahavishnu Orchestra en los 70’s: embajadores de un sonido espiritual, furioso -pero no nihilista, muy por el contrario- y de gran despliegue instrumental. El debut y despedida de los cuatro rastafaris en el sello SST exhibe claras diferencias respecto al debut auto titulado y Rock for Light, tanto de producción (instrumentos mucho más separados, sonido más diáfano), como de composición (el reggae se encuentra integrado al sonido pesado, ya más decididamente metálico/crossover, más el viejo hc y algo de funk). I against I es, de alguna manera, el antecedente más directo de Fishbone, RHCP o Faith No More, Living Colour (especialmente), y casi cualquier otro exponente posterior de música pesada (en particular estadounidense) interesado en potenciar el groove de su propuesta.

    Elliott Sharp & Carbon – Larynx (1988)

    Sharp es un compositor (alumno de Morton Feldman, por ejemplo), multiinstrumentista y figurón de larga data en ese ambiente neoyorkino de vanguardia conocido como downtown. Esta pieza de seis partes (trackeada en dos movimientos en Spotify) tuvo su origen en una comisión para un festival, pero previamente tuvo su registro en este lanzamiento de SST. Ocurre de todo en esta composición con guitarras eléctricas, vientos, baterías y samplers: comienza en una tesitura más cercana a la clásica contemporánea, hiperactiva, cuasi de actividad celular, muta a un acercamiento más lúdico, con un lenguaje más próximo al jazz (pero no improvisado: todo esto está en partitura), jerarquiza tratamiento y modificación de timbres de instrumentos acústicos (piensen en Frank Zappa), y para el final de la primera parte de Spotify, integra todos esos elementos. Las referencias habituales a la hora de hablar de Sharp suelen ser Iannis Xenakis, Coltrane o el ya mentado Zappa, y son líneas de guía más que atinadas. Si bien tanto procedimientos como resultados son muy distintos, Larynx puede ser del interés de los seguidores de la música de Glenn Branca.

    Ver también: SST se la jugó y editó discos de vanguardistas de la guitarra como Fred Frith (“The Technology of Tears”), o Henry Kaiser (“Those who know history are doomed to repeat it”)

    Negativland – Escape from noise (1987)

    El cuarteto de San Francisco -que sí, se llaman así por la canción de Neu!- famoso en los 90’s por el quilombo legal con U2, vendría a ser uno de los pocos exponentes de SST orientados a la electrónica. Aunque en rigor a la verdad, el espíritu de Negativland está más cerca de otro cuarteto con base en San Francisco: los Residents, que de hecho figuran como invitados en el disco, junto a otros nombres fuertes como Jerry García y Jello Biafra (!). Su propuesta es un collage de veras amplio y musical para oídos no tan iniciados en expresiones de vanguardia: canciones tocadas con instrumentos “reales” (“Nesbitt’s Lime Soda Song”), grabaciones de campo/sonidos encontrados, y fragmentos más orientados al humor o sampleos de radios/tv/ discursos. Si bien lo de Negativland no es exactamente plunderphonics (música hecha exclusivamente en base a otros registros musicales previamente existentes, como Avalanches o DJ Shadow), conceptualmente el resultado final no anda muy lejos de eso.

    Slovenly – We shoot for the moon (1989)

    Este sexteto de San Francisco sí que pasó (injustamente) por debajo del radar. Hay cierto parentesco con la propuesta de Saccharine Trust (y un baterista con paso previo por esa banda): Slovenly no era exactamente jazz punk, pero sí una suerte de jazz rock con dejo punk. No jazz fusión, no tanto lenguaje armónico expandido, sí jazz como punto de partida para un andamiaje libre de guitarras líricas, con arrojo melódico y poca distorsión, una base rítmica austera, pero con mucho swing, coloraturas de instrumentos de viento, y, at last but not least, la muy particular voz de Steve Anderson, no enteramente cantora, pero tampoco recitadora; una suerte de declamación con un mínimo toque de distancia irónica. Cierra el disco “Things fall apart”, pieza de 20 minutos que no es una suite progresiva, pero tampoco un mantra repetitivo: se podría decir que es un viaje aural que aúna surf, punk, y dub, suerte de primo espiritual del “Curtain Call” de The Damned.

    Ver también: Blind Idiot God – Blind Idiot God (1987): trío instrumental de Missouri. Su disco debut abre con “Stravinsky/Blasting Off” y cierra con “Raining Dub”; esa literalidad en los títulos debería funcionar como orientación.

    Divine Horsemen – Snake Handler (1987)

    La banda de Chris D post-The Flesh Eaters (una banda de la escena punk de LA aumentada con saxos y marimba) lo encontraba en un espíritu similar al de X: blues, country, punk y rock and roll -con la depuración y crudeza del punk, pero sin resignar la destreza interpretativa que requieren los géneros roots – y la voz gran guiñolesca, semi-gutural del líder, apuntalada por la briosa voz de Julie Christensen, su pareja de aquel entonces. Vibras de Bonnie & Clyde y muy buenas canciones.

    Screaming Trees – Buzz Factory (1989)

    Antes de los discos Sweet Oblivion y Dust, y un par de videos con alta rotación en MTV, Screaming Trees era una banda de culto con cierta posición e influencia (tanta como para, en Argentina, mentarlos Gustavo Cerati como influencia para Canción Animal, u oficiar de guía para Massacre en sus primeros pasos por fuera del skate rock). Esta encarnación pre-90’s (sin Barrett Martin, el puesto de baterista lo ocupaba Mark Pickerel) aún no había robustecido del todo su sonido (ni Mark Lanegan lijado tanto su garganta), y apuntaba mayormente a cierta neo-psicodelia y el garage rock. El epicentro de las canciones tiene lugar en la insistente -y pletórica de wah wah- guitarra de Gary Lee Conner, evidente discípulo de Hendrix y Ron Asheton.

    Descendents – All (1987)

    Debut en SST del cuarteto de punk californiano pionero del hardcore melódico, y también debut del guitarrista Stephen Egerton y Karl Álvarez dentro del grupo. El grupo, completado por Milo Aukerman en la voz y -el ya por entonces ex Black Flag- Bill Stevenson en batería hace un pequeño viraje en All. Si bien hay canciones representativas del estilo más pop (“Coolidge”, “Clean Sheets”), se encuentra una impronta compositiva difícil de encasillar en el disco: fraseos de guitarra más disonantes, cortes y cambios de ritmo abundantes y un mood mucho más denso que el promedio de la discografía (como ejemplos, “Iceman”, “Cameage”, “Impressions” incluidas guitarras acústicas en esta última). ¿Black Flag? Puede ser, pero no tanto. ¿Crossover/thrash metal? Seguro que no. Un desvío particular dentro de una trayectoria bastante homogénea en su propuesta artística.

  • Comics: Demencia 21 – Caosfera

    Todas las imágenes ilustrativas
    se leen en el sentido japonés:
    derecha a izquierda.

    Por Gabriel Reymann

    La historieta japonesa podrá ser muy (y cada vez más) popular a nivel mundial, pero dentro de ese suceso hay fórmulas sumamente probadas, a las cuales hay que ver qué tanto puede esquivar el mundillo editorial. Intentar romper esas barreras comerciales para los editores debe ser complicado, doblemente complicado si hablamos de ero-guro (el subgénero focalizado en mutilaciones y parafilias varias, para ser breve) y triplemente complicado, si el autor a presentar es Shintaro Kago, que a esas obsesiones suele enmarcarlas dentro de elucubraciones conceptuales-narrativas sumamente experimentales*. Ya en Argentina Ivrea había puesto en la calle anteriormente La implacable invasión mongola, recientemente Hotel de las Ideas se la jugó y puso en las bateas la primera parte de Demencia 21.

    Demencia 21 tiene algunos estallidos específicos de violencia y no tiene siquiera una viñeta con desnudos; la presentación formal-narrativa, sin ser mezquina, no da saltos al vacío. Así y todo, en cuanto a su contenido, debe estar entre lo menos complaciente de Kago. El manga tiene una estructura episódica carente de avances: Yukie, su protagonista, siempre vuelve al casillero cero de su status quo tras situaciones límite -es más un avatar que un personaje desarrollado en su psicología como tal-, ni tampoco hay una gran estructura por lo cual la trama vaya precisamente hacia algún lado. Los capítulos son, tras una primera historia normal, una sucesión de peripecias cada vez más inauditas que atraviesa la protagonista, en su trabajo como acompañante y cuidadora de ancianos.

    Ese comienzo de Demencia 21 parte de una base que mezcla sátira de meritocracia/competencia laboral desmedida/rat race (desde la óptica de Yukie), y la parte que podríamos llamar de denuncia social, de la tercera edad como descarte y excedente social **. Es probable que, con eso último, históricamente los japoneses den vueltas alrededor de esto hace rato: pienso en casos como Tokyo Story de Yazujiro Ozu, o Roujin Z de Katsuhiro Otomo, por mentar dos ejemplos cinematográficos bien disímiles. Ese episodio presentación es lo menos interesante de todo el libro, puesto que el fuerte del manga está en las ideas y los conceptos. Y cuanto más desquiciados y nonsense, mejor aún.

    Hay de veras, tantas ideas y conceptos -y de tanta calidad, que algunas podrían trascender el formato de dieciséis páginas-, en esos dieciséis capítulos restantes, que la mera enumeración de sus premisas podría ocupar prácticamente todo este texto.  Algunas al azar, entonces, como muestreo: la psíquica cuyo Alzheimer hace desaparecer físicamente todo lo asociado a sus recuerdos (una suerte de vuelta de tuerca de “Funes el Memorioso” de Borges, que seguro le gustaría a Grant Morrison), el grupo de apoyo para víctimas de maltrato para suegras (el juicio a los otros, pero también la sobre eficiencia japonesa, algo que aparece también en el capítulo de Yukie-máquina-de-cuidar-viejitos, que se pasa tanto de rosca y termina hecha arma masiva de guerra), la mujer cuyas arrugas epidérmicas se vuelven agujeros negros de la realidad, o la dentadura con IA que se vuelve simbionte (otra que parece vuelta de tuerca, esta vez del Joker de “Laughing Fish”).

    Ya en un panorama más global del asunto, se pueden arriesgar, por lo menos dos enfoques globales alternativos a las historias del volumen. Una, la ya mencionada cuestión de la tercera edad como ciudadanos y humanos de segunda (Malthus, pero el Thanos de Infinity War sirve también como referencia popular): ahí están el capítulo de test de competencias de ancianidad para conseguir cobertura social (un test de supervivencia invertido en el cual los viejitos tienen que demostrar su grado de dependencia de los demás), o el del depósito de ancianos que se multiplican infinitamente y sin sentido -tema recurrente en la obra de Kago: la multiplicación y superposición exponencial, cuasi metastásica de elementos, vivos o no-. Y hablando de sinsentido, en el prólogo de la edición, el especialista argentino en manga Diego Labra desliza el adjetivo “kafkiano”, al cual se le podría sumar el adjetivo “levreriano”, dado el carácter absurdo y ridículo, más que fatalista, de varias historias. La nueva organización social que surge en el capítulo de las torres de cuidados individuales, el episodio de la jungla de cables de interruptores de suicidio asistido (!!!), o la historia de la autopista de carriles exclusivos son narraciones fantásticas, oníricas, e inclusive lúdicas, en un espíritu afín al del mítico autor uruguayo.

    Todos esos tópicos que van de lo controversial a lo directamente polémico, pasando por lo absurdo, en todo el cuerpo de su obra Kago los presenta con una estética muy “realista” y hasta quizá barroca, para los (pre)conceptos que suele tener el lector occidental acerca de la identidad visual del manga (como de alguna manera también lo hace Suehiro Maruo, autor cuyos pasos ha seguido de alguna manera Shintaro Kago). En su narrativa, Demencia 21 maneja un registro muy dinámico, con las clásicas líneas cinéticas japonesas y encuadres de ángulos contrapicados. Teniendo en cuenta todo lo que ocurre en las casi trescientas páginas de este primer volumen, ese dispositivo narrativo “amigable” podría tomarse casi por una concesión autoral.

    *como buen experimentador, no siempre cae bien parado, lo cual por supuesto es parte del juego. Para quien quiera adentrarse en explosiones de violencia explícita enlazadas con reflexiones meta-narrativas sobre la historieta como medio y arte, ahí está Fraction.

    **Argentina 2025, viejos cagados a palos y gases “religiosamente” todas las semanas. Otro chiste nada gracioso de la memecracia gobernante (o que al menos pone la cara – ¡y qué cara fea! – en el “gobierno”).

  • Poesía: Leónidas Lamborghini – No salgas, dilata (a una rosa) [Reescritura del soneto “A una rosa” de Luis de Góngora]

    para qué naciste. para qué
    tan poco. tan nada. para
    qué: tu breve ser, para qué lucida,
    loxana. ¿quién
    tu hermosura? ¿quién?
    tu ayer naciste
    y morirás mañana. quién
    la escondida mano en tu hermosura
    que acabará tu. no
    salgas. no: dilata.

    Publicado originalmente en El jugador, el juego (2007)

  • Música: Playlist – Hay una armonía en mi cabeza

    Por Gabriel Reymann

    Octava, quinta, cuarta y, claro, tercera. Las distancias entre notas y cuando se unen a través de la voz humana: las armonías vocales.

    The Band: tres de cinco cantaban acá, eh?

    En la cultura formateada por el rock -década de los 60’s en adelante-, el aporte insoslayable referido a las armonías vocales lo hacen varios nombres ausentes adrede en esta playlist: las tres B, Beach Boys, Byrds, y sobre todo Beatles -podríamos agregar Crosby, Stills, Nash and Young también-. Para quien quiera rastrear a su vez predecesores, contemporáneos y/o influencias de estos precursores, están los Everly Brothers, o los grupos vocales femeninos de los 60’s (The Ronettes, The Supremes, The Crystals).

    Flamin’ Groovies

    Más adelante en el tiempo, Jeff Ament de Pearl Jam hizo un ¿chiste? alguna vez acerca de que el grunge había sido inventado por King’s X. El comentario, más allá de cercanías estilísticas en la composición, parecía ser un guiño a la clara influencia que ejerció el trío de Missouri, a través de sus armonías vocales, en otra de las bandas ausentes adrede -por «obvia»- en esta playlist: Alice in Chains.

    Jellyfish

    Pero entre los Beatles y Alice in Chains pasó mucha agua bajo el puente de las armonías vocales: de hecho, muchas bandas de glam metal/hard rock de los 80’s dominaban a la perfección la técnica. Y por supuesto que paralela o posteriormente a AIC también: por el primer lado, esa suerte de subgénero de bandas pesadas losers de los 90’s influenciadas por los Beatles (Wildhearts/Galactic Cowboys/Jellyfish), por el segundo lado, exponentes indie como Low o Fleet Foxes. Sin más prolegómenos, la lista, la lista!:

    Néstor Echenique y Patricio Jiménez: el Dúo Salteño, auténticos marcianos de la armonía vocal

  • Comics: Mirame/Dusko – La marca en la pared

    Por Gabriel Reymann

    Dentro de la cárcel de huesos y vísceras, la mente humana media entre el interior de esa penitenciaria y todo lo que está fuera de ella, el clásico sujeto y objeto, respectivamente, de la filosofía. Si al partir de esa base, la mente humana puede ser un traductor no muy fiel, ni hablemos de cuando se encuentra con otras mentes pares asediadas por precarización laboral, cambio climático, la falta de compromiso emocionar y mandatarios émulos de Michael Scott, solo para remitirnos a la coyuntura actual. Los cortocircuitos de la mente, todo lo que no encaja, y el intercambio con los lapsus ajenos; un poco por ahí van Mirame, de Diego Agrimbau y Tomas Aira, y Dusko: Cinco Historias, de Pablo Vigo.

    Puesta en la calle en 2023, en un formato símil prestige, por la editorial argentina Primavera Revólver, tras una serialización virtual entre 2017 y 2020, Mirame tiene una premisa muy sencilla. La historia inicia con la doctora Capri ingresando a una casa con dos pacientes psiquiátricas -Lucila y Zina, a las que se les sumará un tercero, Juan- para iniciar un proceso de externación o tratamiento ambulatorio. Tras unas pocas páginas, vemos que en realidad son actores representando una pasada de una obra de teatro. Fin de la premisa, pasamos a “en realidad”.

    Porque “en realidad”, las actrices/actor también se llaman Capri, Lucila, Zina y Juan respectivamente. Lo importante es el viaje y blábláblá, pero los spoilers sí existen, y quien se dedique a criticar/reseñar obras de arte, tiene que saber quebrar la cintura con la suficiente elegancia para no ofrecerle la obra desmenuzadísima al lector. Mirame es una suerte de campera o frazada reversible historietística que no cierra su sentido al lector; sus cimientos son ese entrar y salir de caracteres de ficción, el turismo psíquico, y todas las fronteras identitarias -difusas- que puede llevar a cuestas el sacerdocio de la actuación, elevados a un paroxismo, que es parte Opening Night (1977) de John Cassavetes y parte Perfect Blue (1997) de Satoshi Kon, puestos a dar referencias cinematográficas que oficien de posible mapa sin hundirse en el spoiler. Ese basamento está apuntalado por una más que atendible caracterización del mundillo teatral del mundo real, con sus egos, inseguridades, castings sábanas, celos profesionales, euforias de estreno y demases.

    Y un buen mérito de esa carnadura de los personajes le cabe al dibujante Aira. Partiendo de proporciones anatómicas más estiradas/largas que lo habitual (¿alguien se acuerda de Aeon Flux?), el autor de Índigo dota de características particulares a cada actor/actriz: Juan y Zina más esbeltos -esta última más exuberante también, a tono con su personalidad-, Lucila más apocada, Capri con sus caderas anchas, sin trazo grueso berreta mediante. Literalmente hablando de trazo, el grafismo de Aira es una concurrencia de cualidades que no coexisten muy a menudo en un mismo dibujante; es un estilo sintético no exento de detalles en estratégico lugar, de porte cuasi-quebrado y muy elegante al mismo tiempo. Tanto por lo cromático (fuerte predominancia de marrones y violetas), como por lo narrativo (predominancia de grilla de cinco o seis viñetas, alguna aparición de grilla de nueve, uso sabio y preciso de las secuencias mudas y el ritmo en general), se aprecia una concepción considerablemente estructural a la hora de presentar la obra -historietística-.

    Saltamos atrás en el tiempo, 2021, otra edición no-libro (es una revista, y ya) de 32 páginas, lanzada a la calle por editorial Maten al Mensajero; es Dusko: 5 Historias, por Pablo Vigo, autor de Lo Salvaje. Puertas adentro del mundillo del comic, las coordenadas fáciles de asociación con el trabajo de Vigo son básicamente el sindicato de pelados estadounidenses independientes (Charles Burns, Chris Ware, Daniel Clowes, entre otra gente no calva, ok), que, vale la pena decirlo, son coordenadas que habilita el propio autor al reconocer a esos calvos como influencia. Pero hay varias mañas propias dentro del laburo de Vigo, como para poder presentarle su obra a gente que no tenga ni la más pálida idea quien es Charles Burns, so here we go.

    Visual y narrativamente, Pablo Vigo suele moverse en carriles muy ordenados, para decirlo de un modo que no es precisamente una disminución, sino por el contrario. Es un campeón en la expresividad de la anemia: rostros y gestos traslúcidos, que no se desencajan ni entran en espasmos violentos, por lo general. Es una procesión interior exteriorizada a través de elocuentes miradas de ojos entrecerrados, entrecejos fruncidos y todas las pequeñitas arrugas que derivan de ese optimismo ante la vida. Su narrativa también engaña sin estridencias ni grandes saltos al vacío, pero se mueve en un abanico de grillas de viñetas de diversa cantidad (de cinco a diez), manejando esa diversidad de cifras con un criterio del tiempo narrativo de veras muy quirúrgico -y dentro de ellas, unos considerables matices, tanto de encuadres como de elección de lo mostrado y lo que no-.

    Hay en esta selección de historias cierto fantasma recorriéndolas, y para mal citar a Lacan, es la metonimia de los objetos, o sea las historias, personas y recuerdos asociados a las cuales llevan -o desvían y traicionan, incluso- esos objetos de uso diario. Ese plano simbólico es acusado ya por los propios títulos de tres de las historias: “Aloe vera” -cuya planta del título funciona como escape de algo que va en paralelo a lo que se presenta como la trama principal-, “La taza” con su racconto ridículo/neurótico de la infancia y una melancolía subyacente, y la más contundente de todas, las dos páginas de “Dos pinturas”, una apropiación muy atinada de los bueyes perdidos del insomnio nocturno que desemboca en una confesión neurótica, muy sutil, paradójicamente, si hablamos de neurosis.

    Las tres historias están rodeadas por las más extensas, y que también se acercan de manera un poquito más “tradicional” a los géneros: la que abre, “Combustión”, en un registro de misterio/policial, la que cierra, “Aparición en el 7º A”, en un tono más sobrenatural, y porque no, de terror. Hechas esas observaciones, son Vigo puro: la primera funciona como una legión de nubes (conflictos) en roce continuo, dispuestas a entrar en precipitación -pero sin hacerlo dentro del campo de visión del relato, al menos-, la segunda cargando las tintas sobre lo traumático, lo reprimido y -claro- su inevitable retorno. At last, but not least, es destacable el cuadro social que pinta Vigo de cierta clase social argentina contemporánea, compuesta de relaciones (familiares, sexo afectivas) endebles -para catalogarlas de manera generosa-, cuyo status cultural es bueno -aunque quizá no altísimo- y el económico no es bajo, pero tampoco alto y cada vez parece acercarse más y más a la base de la pirámide.

  • Poesía: Néstor Perlongher – (lobos)

    lebos lobos ajax rodrigo guesavenda
    gruesa venda venérea madreselva del ánade
    cohonestas ebúrneos mercados
    tasa la marca del pito
    rito colomí cárpido lesma
    leve losa lontano lamé
    pero la cercanía del escarpe
    arroja lanas desamor ocaso
    o no alba fibrosa, no está en ajax
    rodrigo al mediodía espinoso
    y reblandecido, por lo
    tostado de las carnes
    o escarpe del bozo
    enjuta adarga en pliegos de furtivo
    jaguar desala y ronda
    ronco rebota ronronea
    rutila hosco

    Publicado originalmente en Alambres (1987)

  • Cine: Una cierta mirada – Robert Bresson

    Por Gabriel Reymann

    En la entrada anterior de esta sección, me había cubierto de antemano, respecto a la traición que significaba hacer una disección visual de cierta parte de la filmografía de Godard a través de fotogramas, o sea prescindiendo del sonido y, sobre todo, el montaje de esas imágenes. Quizá sea mayor la traición a la hora de abordar la obra de Robert Bresson (1901-1999) con ese procedimiento: cito textual su frase “la pintura me enseñó que las cosas no existen en sí mismas. Son sus relaciones las que las crean” * -bien saussereano el hombre-, y traigo a colación su particular uso del sonido y los ruidos -ver El juicio de Juana de Arco (1962) y su soundtrack de murmullos y habladurías rodeando a Juana en su celda-.

    Pickpocket (1959)

    El primer tópico al cual asocie al realizador francés cualquier persona que conozca su obra, es el referido a las manos. Metonimia de encuentro, desencuentro, ternura, violencia, labor, y casi cualquier actividad humana, incluyendo la espiritual.

    A Man Escaped (1956)

    Lancelot du Lac (1974)

    Four nights of a dreamer (1971)

    Hablando de encuentro: los abrazos.

    Lancelot du Lac (1974)

    Mouchette (1967) – esto es, para empezar, un encuentro no consentido-

    Four nights of a dreamer (1971)

    La mirada, como dirección de juicio a los otros, acecho, o como búsqueda, otra constante.

    Au Hasard Balthazar (1966)

    Mouchette (1967)

    Mouchette (1967)

    Pickpocket (1959)

    The Trial of Joan of Arc (1962)

    The Trial of Joan of Arc (1962) -en estas dos últimas sí hay montaje!-

    Las puertas, las zonas de pasaje; Fassbinder tomaría dos o tres notas de esto.

    Au Hasard Balthazar (1966)

    Lancelot du Lac (1974)

    L’Argent (1983)

    L’Argent (1983)

    Nuevamente la relación con la otredad: el lecho como sinécdoque del cuidado de los otros, e inclusive de la piedad.

    Lancelot du Lac (1974)

    Mouchette (1967)

    The Trial of Joan of Arc (1962) -en estas tres últimas el montaje sería entre películas-

    Piedad y su bagaje como pintor: el sentimiento religioso en no pocos planos, la atención a la composición del plano (siempre austera, jamás sobrecargada en función del impacto), su personalísimo uso del color (los verdes en Cuatro noches de un soñador, de 1971)

    Diary of a Country Priest (1951)

    Four nights of a dreamer (1971)

    The Devil, probably (1977)

    The Trial of Joan of Arc (1962)

    *para mayor información se recomienda la lectura de Bresson x Bresson (Editorial El cuenco de Plata), que recopila cantidad de entrevistas realizadas al director a lo largo de toda su trayectoria.

  • Poesía: César Vallejo – Oye a tu masa; oye a tu cometa, escúchalos; no gimas…

    Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas
    de memoria, gravísimo cetáceo:
    oye a la túnica en que estás dormido,
    oye a tu desnudez, dueña del sueño.

    Relátate agarrándote
    de la cola del fuego y a los cuernos
    en que acaba la crin en su atroz carrera;
    rómpete, pero en círculos;
    fórmate, pero en columnas combas;
    descríbete atmosférico, ser de humo,
    a paso redoblado de esqueleto.

    ¿La muerte? ¡Oponle todo tu vestido!
    ¿La vida? ¡Oponle parte de tu muerte!
    Bestia dichosa, piensa;
    dios desgraciado, quítate la frente.
    Luego, hablaremos.

    Publicado originalmente en Poemas Humanos (1937)

  • Comics: Volver/Sudor Sudaca – Ganamos algo y algo se fue

    Por Gabriel Reymann

    De alguna manera u otra, Argentina históricamente siempre se las arregló para expulsar, con mayor o menor delicadeza, a sus hijos fuera de sus fronteras. A Volver de Nacha Vollenweider (editada en Argentina, 2023, por Maten al Mensajero) y Sudor Sudaca de José Muñoz y Carlos Sampayo (editada en Argentina, 2015, por Hotel de las Ideas*) las separan casi 40 años de su realización, pero aparte de la estética en blanco y negro, las une la búsqueda por la identidad, de sus protagonistas en sí mismos y en relación al terruño, dentro o fuera de este último. ¿Por qué nos tenemos que ir tan lejos para estar acá?, en efecto.

    Volver es una novela gráfica autobiográfica, de 200 páginas, cuyo recorrido temporal abarca cuatro años de vida de la autora, entre 2016 y, ups, la entrada a la pandemia del Covid-19. Nacha personaje comienza la historia casada con una chica alemana, desplazándose ambas en tándem por motivos profesionales, desde el país germano a Brasil, Belem do Hamburgo. El desplazamiento interior, sin embargo, no es compartido por la pareja de Nacha, por lo cual, tras un divorcio, queda por delante el regreso a la casa familiar Vollenweider en Córdoba.

    La historia está presentada narrativamente de una manera más bien homogénea: grillas de dos viñetas horizontales, cuatro o seis verticales en su defecto. El estilo gráfico acusa una impronta sumamente espontánea, al estilo de pinceladas planas, la mayor parte de las veces, con irrupciones más libres -texturadas, en definitiva- en momentos muy específicos y con resultados bien logrados. El lenguaje corporal-expresivo está más que atinado, pero la mayor fortaleza del dibujo puede que esté en cómo retrata las locaciones (edificios, calles, cableríos) sin perder vigor expresivo alguno, tratándose de objetos inanimados.

    Y es en la interacción entre esos dos factores representados (“los cuerpitos” y “las ciudades”), donde se debe hallar uno de los mayores puntos de interés de Volver. La construcción (y observación) de los espacios sociales y de las comunidades (ay este concepto en Argentina 2025), sea en Belem, o en Córdoba: los carteles, los comercios, los amuletos de los santos, ¡el extractivismo!, las caras (y los decires) de los vendedores callejeros y las diversas maneras que tiene el ser humano de entrar en contacto con lo que le rodea (y, porque no también, de estar en desfasaje con esas personas y lugares). Volver es un poco parienta espiritual de El reino de este mundo de Rodrigo Terranova (ya escribí alguito sobre El reinoacá), lo cual me lleva a…

    El prólogo de El reino… está escrito por José Muñoz y, aparte de ensalzar la obra, establece una filiación entre el comic de Terranova y su Sudor Sudaca que realizara junto a Sampayo. Su realización se superpone al serial regreso (“Encuentros y Reencuentros”) de Alack Sinner, la obra principal en conjunto, y el itinerario de su publicación casi parece coincidir con el derrotero sociopolítico de la Argentina: el primer capítulo (“Storie”) aparece en la revista Superhumor, en 1981, para cuando la dictadura cívico-militar había atravesado ya su momento más brutal, y se termina de serializar a partir del número 1 de la revista Fierro (septiembre 1984), casi como si esta historia de raíces y destierros hubiese estado esperando para nacer en el lugar que le correspondía.

    Las seis historias que componen el volumen (la ya mentada “Storie”, “Dos o tres mil cosas que los demás saben de mí”, “Viril convocatoria”, “Solos para siempre”, la que da título al libro y la central/más extensa “Otoño/primavera”) no guardan relación directa entre sí, ni trasladan personajes o hechos de una a otra, pero guardan todas una suerte de ajuste de cuentas no-explícito, no-estereotipado con el ser argentino en el siglo XX post-2da Guerra Mundial -que en términos generacionales es el mismo de Sampayo y Muñoz-, sin que intervenga en ello la autobiografía más literal en general, y con el tema del exilio en particular.

    Si se tuviera que sintetizar en una sola imagen la filiación entre José Muñoz y el Frank Miller post-Sin City, debería ser esta.

    Se pueden desagregar distintos registros dentro de la estructura general. “Storie” y sus cuatro páginas condensan la movilidad social de los 40’s y 50’s a través de marcas semánticas muy reconocibles para esa generación del pueblo argentino -tener relaciones sexuales en el zaguán, el primer auto, los hijos como primera generación de universitarios-; tiene una ternura (y distancia) similar a la letra de “Picture Book”, de The Kinks. “Viril…” también tiene espíritu de fresco de época; versa sobre el servicio militar y en diez páginas se pasea por cuestiones variadas, como la masculinidad -muy, muy frágil, más allá de la distancia de sesenta años-, las tensiones de clase y raza del país y el “patriotismo” ramplón -con la inserción anacrónica de un discurso de Galtieri-, que hoy en día puede resultarle muy desfasado a cualquier argentino, por mucho empeño que le ponga Victoria Villarruel y su memoria incompletísima.

    Otra impronta, es la de, ahora sí, los argentinos exiliados en España durante el Proceso de Reorganización Militar. El tono en común a esos relatos es, lógicamente, la paranoia. Donde “Dos o tres mil…” vira hacia el ridículo y el malentendido tenso (¿es el protagonista Osvaldo Lamborghini?), “Solos…” se ubica dentro de un malentendido trágico. Muñoz, como ya venía haciendo en Alack Sinner, dota a todos y cada uno de los personajes de la historia de sus rasgos particulares; quizá aquí trate con mayor calidez expresiva a sus caracteres que en la saga del detective estadounidense, menos baconianamente, quizá por el tono mismo de la historieta. Hay también hallazgos narrativos para tirar al techo: los globos de diálogo “autoconscientes” (aclaraciones entre paréntesis en el texto de un globo de pensamiento, globos que son de diálogo y pensamiento) y la coexistencia de varios planos sonoros y visuales en “Dos o tres mil…”, los globos de diálogo corales (y en segundo plano) en “Viril…” que muestran los temores en la revisación militar, y quizá el mejor de todos, la huida de las imágenes en las viñetas de “Solos…” para dejar en su lugar a la foto del guion técnico en lo que directamente no puede ser mostrado.

    “Sudor…” y “Otoño…” ya sí entran en el territorio del exilio más vinculado a la nostalgia -y el regreso-. La homónima -la primera publicada en Fierro- usa (y homenajea, porque estaba recientemente fallecido para el momento de la publicación) a la figura de Julio Cortázar como metonimia de todos los argentinos desterrados a partir de mediados de los 70’s. “Otoño…” tiene de fondo la convulsión y efervescencia política típica de las elecciones de 1983, cuyo resultado erigiría como presidente constitucional a Raúl Alfonsín, yendo en paralelo la historia de los vínculos. Pareja joven de argentinos a punto de casarse en el exterior, el padre (viudo) de ella y la madre (abandonada, años ha) de él, encontrándose y juntándose antes de ponerse demasiado viejos -en paralelo al regreso del padre/marido abandónico-. No es una cosa u la otra, son las dos: la euforia social y la trama de vínculos, puesto que ese “oído atento a todo” de Carlos Sampayo pone en simultáneo la mayor cantidad de sensaciones, diálogos, encuentros, desencuentros y reencuentros de una comunidad. Junto a Muñoz lo organizan narrativamente, y el dibujante lo cristaliza visualmente en esas arrugas de esos padres esperanzados, o en las gotas de sudor bajo el intenso sol veraniego de un muy lejano Sitges.

    *una pronta reedición, gente de Hotel?

  • Música: Playlist – 40 a los 40 (1985)

    Por Gabriel Reymann

    40 años para 1985, y todo lo que haya pasado musicalmente en él, o casi. Algo de lo que encontramos: el traspaso del cetro en la música pesada de la NWOBHM al thrash (Celtic Frost), el power metal (Helloween) e inclusive el death metal (Possessed), el rock gótico dando lugar a su línea más dura (Sisters of Mercy), al mismo tiempo que hace la transición a lugares más coloridos y psicodélicos (de Death Cult a The Cult, de Bauhaus a Love and Rockets), los últimos años de las bandas hc/punk -que también fueron las primeras en despegarse musicalmente del rótulo-, como Black Flag, Dead Kennedys o Hüsker Dü, el ruido descontrolado en el rock alternativo (Jesus and Mary Chain), rock de estadio (Waterboys, Simple Minds), pop sofisticado (Prefab Sprout, el propio Bryan Ferry), hasta cuasi progre (Tears for Fears).

    The Pogues

    Y pirados tan diversos como Prince, Tom Waits y Kate Bush en plena consagración artística y comercial, nada menos.

    Anthrax

    Querés más lanzamientos de 1985 por fuera de la playlist? En este año también editaron discos Kreator, Sonic Youth, Jean-Luc Ponty, Exodus, Megadeth, Allan Holdsworth, Mekons, Yngwie Malmsteen, Meat Puppets, Golden Palominos, Destruction, Nick Cave, Minutemen, entre muchos otros, claro.

    The Waterboys

    En Argentina, es nada menos que el año de los discos debuts de Sumo y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. También andan por ahí, at last but not least, Virus, Riff, Los Violadores, Soda Stereo y Zas!, con el que, por unos cuantos años, sería el disco más vendido del rock argentino.

    Bryan Ferry