Por Gabriel Reymann
A Steve Albini (1962-2024) ya le alcanzaba con Big Black, su grupo de los 80’s, para tener un sitial de honor en el rock alternativo/independiente de esa década; como ocurría con Suicide, una de sus influencias, le mostraron a no poca gente que el punk podía cubrir otros terrenos sin perder agresividad, ni morir dentro de un mosaico limitado y unidimensional. Sus grupos posteriores -el breve Rapeman y Shellac-, mostraron una mayor refinación y poseen cierto status de grupos de culto, pero, como también ocurre con Brian Eno, quizá un opuesto estético de Albini, el fundador de Big Black es más conocido como productor que como músico.

Albini en su estudio de grabación, Electrical Audio
Bueno, productor no, de ahí el título de la nota. Albini no se veía a sí mismo como productor, porque no intervenía en decisiones creativas de la grabación del disco, ni cobraba royalties por las grabaciones -solo percibía una suma fija y única-, limitándose a registrar los grupos en un registro naturalista.
O, así como se aludía al aspecto visual de Nirvana, una de las bandas que grabó, como “la imagen de la anti-imagen”, lo de Albini como hombre de estudio es un naturalismo del anti-naturalismo, porque simplemente es imposible desde su concepción ese naturalismo, en tanto se tome una decisión de registro.
Volviendo a la diferenciación con Brian Eno como productor, Albini se caracterizaba por no usar sobregrabaciones, casi prescindir de los efectos de estudio, grabar a las bandas tocando en vivo, y ser un ferviente defensor del registro análogo en contraposición al digital, más no sea para una mejor conservación de la cinta master.

Una huevada divertida: Albini opinando sobre colegas guitarristas mayormente
de punk y post-punk, para el fanzine Matter.
Aquí en esta nota no van a estar las referencias obvias de Albini como, perdonen, productor: In utero de Nirvana, Rid of me de PJ Harvey, Pod de The Breeders o Surfer Rosa de Pixies. El criterio es repasar un conjunto de grupos (mayormente de música pesada, pero no limitados a eso) no-tan-bajo-el-reflector que trabajaron con Albini y lograron plasmar varios de sus mejores discos. Valen mencionar otros (muy diversos entre sí) trabajos que registró Albini y en los que no voy a abundar ahora: Ys (Joanna Newson), Journal for Plague Lovers (Manic Street Preachers), 93696 (Liturgy), Tweez (Slint), Hymn to the immortal wind (Mono) y For respect (Don Caballero).
Sin más, los discos:
The Jesus Lizard – Liar (1992)
Albini acompañó a la banda de Chicago durante sus primeros cuatro LPs para el sello Touch and Go, y fue total y absolutamente decisivo en su sonido (comparen esos registros con el disco regreso Rack, de 2024, editado tras la muerte de Albini).
Para un país tan pero tan inexplicablemente obsesionado con el “punk rock” (traducido estéticamente: muchas fronteras y barreras autoimpuestas que “no se deben cruzar”, a riesgo de dejar de ser cool), la consolidación de Jesus Lizard en los 90’s mostraba que, bueno, algunas aduanas estéticas podían relajarse: se podía cruzar el post punk destartalado de Birthday Party y The Fall con Led Zeppelin, King Crimson y Miles Davis (ver la cita a “Great Expectations” en “Here comes Dudley”).
El linaje de las bandas de Cave y Mark E Smith venía justamente por el lado del cantante David Yow (alguien en algún lado de internet definió su estilo como “cantar con una cinta de secuestro en la boca”), y el guitarrista con formación clásica Duane Denison -el mismo de Tomahawk- traficaba disonancias y arpegios con sabiduría, enseñanza de la cual tomaron nota todos los pibes hardcore intelectuales de fines de los 90’s en adelante (mathcore y afines). David Sims en bajo aportaba un sonido masivo, Mac McNeilly en batería una gran precisión, y la combinación de ambos era un andamiaje con mucho swing.
De la trilogía inicial -sus mejores discos-, Liar es su disco más directo, sin concesión alguna, tampoco: el boxeo rítmico de “Gladiator”, los trucos rítmicos, sin abandonar el gancho, de “Boilermaker” y “The Art of Self Defense”, y, at last but not least, el blues zeppelineano absolutamente descorazonador de “Zachariah”.
Dazzling Killmen – Face of collapse (1994)
No sé ustedes, pero en 2026 -sino antes-, la cruza hardcore + jazz + rock progresivo casi que no representa novedad ni causa de sorpresa alguna. Es más probable que en 1994 sí lo hiciera, pero mejor que eso, era el mérito artístico que este cuarteto de St Louis (¡como los grandes del thrash progresivo Anacrusis!) podía reunir. Esto es música anfibia que conserva las cualidades de los opuestos que reúne, sin volverse un pastiche ni tierra de nadie: Dazzling Killmen puede ser al post hardcore lo que Voivod al thrash, o Ved Buens Ende al black metal.
Voces gritadas -de todas las bandas listadas aquí, esta es la que más acusa la influencia de Albini a través de sus grupos-, ¡bajo fretless! que ofrece melodía y riqueza tímbrica, batería frenética e intensa, guitarras con matices de dinámica y lenguaje armónico inteligente -atención a los ligados alla Sonny Sharrock de “In the face of collapse”-, coronando un sonido violento, espástico e intrincado y con muchos más matices de los que asoman a primera vista; su estética se puede hermanar con el noise rock de sellos como Touch and Go y Amphetamine Reptile, pero esto es aún más pesado (para matices y pesadez que incluye ¡hasta un blast beat!, ver “Painless one”).
Obviamente de gran influencia en el mathcore y aledaños, este es su segundo y último disco; luego el baterista Blake Fleming formaría los también de culto Laddio Bolocko, e inclusive pasaría por Mars Volta -esto tiene mucho sentido-.
Dentro de la catarata de grupos contemporáneos y posteriores con preceptos y premisas similares, Dazzling Killmen destacaba particularmente y el asalto inclemente de Face of collapse se revela sencillamente como una joya perdida de esa década.
Oxbow – Let me be a woman (1995)
Otro caso de ceremonia de opuestos del rock alternativo estadounidense, de resultados fértiles en lo artístico…y poca repercusión en lo comercial. Si bien Dan Adams en el bajo y Greg Davis en batería no son precisamente meros acompañantes, la alquimia de matrimonio improbable de la banda se explica por el encuentro del cantante Eugene Robinson y el guitarrista Niko Wenner.
Robinson es lo que podríamos llamar un gusto adquirido: su voz suena estrangulada, suele esquivar los modismos habituales de la negritud -el soul, aunque no sé si tanto las del blues-, balbucea, se queja, bravuconea y acomete otras expresiones de no cantabilidad. Wenner es un notable guitarrista de formación clásica que, tanto como intérprete, compositor y arreglador, conjuga horror disonante y belleza en un mismo tema (ver “Sunday” o los impresionantes arreglos corales, seguidos de viscosidad eléctrica, en “The Stabbing Hand”), todo sazonado con un creativo uso de los espacios y el silencio. Es todo ese ir y venir auditivo el que convertía a Albini en un socio ideal para el registro fonográfico del grupo, por la variedad de dinámicas sonoras presentes.
Un poco suerte de hermanos espirituales de Jesus Lizard, en Oxbow se encontraban la veneración por el post punk (Birthday Party, en especial), Led Zeppelin, ruido, música clásica contemporánea, y hasta no wave y free jazz (atentos aquí a los albertaylerismos del saxo en “Me and the Moon”; por otro lado, la banda llegó a tocar y grabar en vivo con Peter Brötzmann). Musicalmente hablando, algo así como el equivalente de un espejo roto y una mano sangrando.
Page & Plant – Walking into Clarksdale (1998)
De haber un grupo del rock clásico de los 70’s al cual le podría haber sentado bien el tratamiento sonoro alla Albini, ese era Led Zeppelin. Ante la imposibilidad de la reunión completa por la ausencia física de Bonham, Page y Plant se reencontraron primero en el recital que derivó en el disco en vivo No Quarter (1994), para seguir con lo que sería su última coincidencia a la fecha en un registro discográfico de estudio, Walking into Clarksdale.
Si bien hay arreglos de cuerdas (“Upon a Golden horse”), es todo mucho más despojado (y rockero) que No Quarter. Con el espíritu reconocible de siempre y también nuevos trucos aprendidos que no suenan forzados -hay aires de Jeff Buckley, rock alternativo en general y hasta un tufillo a Tom Waits en “Heart in your hand”-, los dos puntales en muy buena forma y la base rítmica acompañando a la altura, Walking… ha quedado algo bajo del radar tras el paso de los años, pero, más allá de caer un poquito en su segunda mitad, tiene no pocos temas intensos y destacables (“Most High”, “Sons of Freedom”, y aquellos en los que se nota más las clásicas dinámicas de volumen quiet-loud de Albini: “Blue Train” y la gloriosa “When the world was young”)
Low – Things we lost in the fire (2001)
Las constantes de la música de la dupla creativa detrás de Low, Mimi Parker y Alan Sparhawk, a lo largo de los casi treinta años de la banda, son, justamente dos: en primer lugar, sus características armonías vocales, y, en segundo lugar, el espacio negativo, entendiéndose esto tanto en el enfoque lánguido post-The Cure de sus primeros discos, como en sus etapas algo más abrasivas (Drums and Guns) o mucho más ruidosas y experimentales (los dos discos finales).
Things… (que sí, es el disco que inspiró el título del libro de Mariana Enríquez del mismo nombre) es la segunda y última colaboración con Albini tras las perillas y es un poco una suerte de precisa escala intermedia entre todas esas etapas del grupo: sin ser exactamente ruidoso, muestra otro tipo de tensión por momentos (“Whitetail”), una estructura de composición y arreglos que está más armada alrededor de lo acústico (trompeta, cuerdas varias), que de lo eléctrico, y, más importante que eso, muchas canciones memorables y accesibles (“Dinosaur Act”, “Sunflower”, “Whore”, “Like a forest”, “In metal”), lo que lo convierte en un excelente punto de partida para ingresar al catálogo del grupo de Duluth.
The Ex – Dizzy Spells (2001)
Hay una suerte de fantasma recorriendo el mundo del rock e insuflando la idea de que la música rock politizada -de izquierda- no suele acompañar sus discursos radicales con formas musicales tan o más radicales. Bollocks: hay un arco que puede ir de Henry Cow y Robert Wyatt al anarco punk británico (CRASS, Flux of Pink Indians), joder, incluyendo a los mismos Clash y Stereolab. E imaginariamente The Ex podría formar parte de esa internacional. Porque los holandeses también vienen de una cultura y tradición anarco, y, porque, a lo largo de ¡40 años!, han sabido crecer y expandir considerablemente sus límites musicales.
Decirle punk a la propuesta de The Ex por voces gritadas o cierta dinámica deshilachada es una interpretación pobre: sí hay minimalismo y una estética nerviosa, pero el trabajo de las guitarras nada tiene que con power chords -oscila entre abstracciones post punk a la Wire o PIL y cierto trabajo folk- ni su particular ataque percusivo, por no mencionar su trabajo melódico integral vocal e instrumental (ver “Oskar Beck”). Quizá sus alianzas y colaboraciones (Tortoise, Sonic Youth, su compatriota y leyenda del free jazz Han Bennink, el cellista Tom Cora, la inserción en Africa y su música) orienten mejor sobre el alcance y las aspiraciones de la música de The Ex.
https://theex.bandcamp.com/album/dizzy-spells
Neurosis – A sun that never sets (2001)
El séptimo lanzamiento del recientemente reunido grupo de Oakland inaugura una nueva estación en el viaje de más de 30 años de la banda, en los cuales se manejaron con criterios de adición y substracción respecto al núcleo fundamental de la banda (el crust punk y el crossover): folk, rock progresivo, industrial/espacial/inclasificable (su hora más lograda, Enemy of the Sun), el sonido más depurado de Times of Grace (la primera colaboración con Albini), y su sucesor, el disco que nos ocupa de 2001, que definitivamente setea el tono musical del grupo hasta 2026 mismo, y por qué no, casi toda esa escena llamada “post metal”.
Voces desgarradas, composiciones extensas con un andamiaje instrumental pesado, lento y con tendencia a los crescendos (ver “Falling Unknown”) que no resignan los silencios ni el espacio negativo, y en el caso particular de Neurosis, y sobre todo en este disco, -no tanto de la escena- cierto carácter folk, tanto de aires estadounidenses (country), como de Europa continental (dark folk).
Si bien están presentes prácticamente en casi toda su discografía, este es uno de los registros en los cuales los samplers (a cargo de Noah Landis) destacan particularmente por su inserción en la sintaxis y la dinámica compositivas (ver “Stones in the Sky” y su autodestrucción final).
La mención de influencias tan dispares como Slint, Amebix, Hawkwind, Townes Van Zandt, Killing Joke, Black Sabbath y Current 93 para orientar mínimamente la resultante del sonido de Neurosis ilustra la particular cruza que conformaba su estética, que quizá hoy en día no lo parezca tanto, dado el muy fácil acceso a la información en Internet, pero en el momento de esplendor de la banda sí lo era.
Godspeed You! Black Emperor – Yanqui U.X.O. (2002)
Siguiendo el hilo de los crescendos, la agrupación de canadienses – ¿junto a Mogwai y Sigur Ros? – debe ser una de las principales responsables de la utilización de ese recurso tan en boga en la primera década de los 2000. Swans se separa en 1996 con el lanzamiento de Soundtracks for the Blind, y parte de la posta (ciertos largos desarrollos instrumentales, los diálogos sampleados) la parece tomar GYBE con su disco debut en 1998.
De los tres discos que lanzaron antes de separarse en 2003, este, el último, es el más logrado; es el que más explota esta cuestión de los crescendos, pero también es el más rico tímbricamente (al violín y el violoncello de la formación estable se agregan trompeta, clarinete y contrabajo) y logra ser, al mismo tiempo, reunir sus composiciones más evocativas (“Rockets fall on Rocket Falls”) y directas (“09-15-00”), o ambas cosas al mismo tiempo (“Motherfucker = Redeemer”), aun para los 75 minutos de duración del disco.
Dado su hermetismo comunicativo, es difícil saber a ciencia cierta si GYBE ha curtido estas bandas, pero cierto espíritu político y musical (la instrumentación ‘camarística’) de grupos como los ya mencionados Henry Cow o Univers Zero de alguna manera pervive en ellos.
https://godspeedyoublackemperor.bandcamp.com/album/yanqui-u-x-o
High on Fire – Blessed Black Wings (2005)
Del doom canábico pegadísimo a Black Sabbath de Sleep, Matt Pike pasó a moverse en el otro espectro del velocímetro: High on Fire tomó como referencias iniciales a Motörhead, Venom y Celtic Frost. Para este, su tercer registro, no había grandes corrimientos de esa impronta (sí lo harán en el futuro), más allá de cierta actualización sonora que los reconocía también deudores de los exponentes más vanguardistas del sludge (Sabbath+hardcore+ruido), como Melvins o Neurosis.
Hablando de herederos de Melvins (en este disco toca su exbajista Joe Preston) y Neurosis, el cruce de HOF de post thrash, depuración sludge, interesantes arreglos acústicos (ver “The face of oblivion” y “To cross the bridge”) ciertos toques progresivos e intrincados (¡que llegan a acercarse al bluegrass!) y las afinaciones más bajas, los emparenta sin dudas con Mastodon, que en el año anterior había lanzado Blood and Thunder; ambos discos posicionaron comercial y, sobre todo, artísticamente a las dos bandas.
No se puede dejar de mencionar a Matt Pike como vocalista: de un tono tan o más monocorde que el de Lemmy Kilmister, es, sin embargo, capaz de crear melodías vocales nada desdeñables (“Brother in the wind”). HoF cuenta con un sonido mucho más masivo y recargado (central en eso el baterista Des Kensel: preciso, técnico y salvaje al mismo tiempo) que el promedio de los grupos con los cuales solía trabajar Albini; por eso es mismo es prueba de su capacidad para sacar adelante el resultado auditivo en un entorno sonoro distinto al cual manejaba habitualmente.
Sunn O))) – Life metal (2019)
No hay que perder de vista que la propuesta del dúo de drone doom de Stephen O’Malley y Greg Anderson, por sus propias condiciones materiales (afinaciones, volumen, amplificadores), es una puesta para ser apreciada en vivo, por el propio carácter físico de las vibraciones del sonido, y en los registros de estudio forzosamente algo se va a perder en la traducción. ¿Y qué queda para quienes nunca pudieron presenciar un show de Sunn O))) en vivo y en directo, como quien esto escribe? Quedan los discos en los que más se apartan de la fórmula drone más estricta (Black One, Monoliths and Dimensions, Domkirke, este último en vivo), o inclusive los discos en colaboración con otros artistas (Altar junto a Boris, Soused junto a Scott Walker). Y también queda Life metal, con algo de dialéctica entre la fidelidad al vivo -Albini lo grabó enteramente en cinta analógica y pudo colgarse la medalla de ser quien mejor capturó la esencia del vivo del grupo en un estudio- y la expansión por fuera del grado cero del drone (un aire algo más triunfante y “sinfónico”, a falta de mejor palabra, ver la apertura con “Between Sleipnir’s Breaths”).
Si bien prácticamente cualquiera de los otros registros antes mencionados funciona mejor como introducción para el no iniciado, Life metal (que tiene un disco hermano, Pyroclasts, por debajo del nivel de Life metal) sigue guardando interés, aunque más no sea por su notable calidad audiófila.

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