• Comics: Pampa – Roña criolla

    Por Gabriel Reymann

    Esta sí que es Argentina: la que, por sus propias turbulencias económicas -eufemismo para el eterno retorno de garcas, endeudadores y saqueadores-, propicia el laburo for export de sus historietistas -no solo ellos, pero concentrémonos en eso-, pero que al mismo tiempo genera una reserva petrolífera de comics en la cual excavar a posteriori. La génesis de Pampa, de Jorge Zentner y Carlos Nine, data de más de veinte años atrás, pero su primera edición en el país de sus autores, ocurre en 2025, a través de Loco Rabia.

    El reencuentro de los dos autores[1] fue propiciado por el gran Miguelanxo Prado  en un festival de historietas realizado en La Coruña en 2002. Encuentro literal en esa ocasión, porque La adelantada… fue producto del contacto cara a cara entre los autores (inclusive pre-Internet, muchos colaboradores de historieta podían no conocerse personalmente), y del descubrimiento del interés común en trabajar en una historia sobre la pampa argentina[2], y en especial sobre el gauchaje y su convivencia con los malones aborígenes en el siglo XIX.

    Hay quien dice que no hay temas nuevos para relatar, sino, en el mejor de los casos, variaciones de los temas primigenios; es, de alguna manera, el caso de Pampa.
    La historia trata de dos tramas en paralelo y no tanto: por un lado, dos hermanos, Zenón y Cirilo Parra, con problemas de polleras, una cierta dinámica de Caín y Abel entre ellos, y un pecado original paterno -ok, maldición- que expiar.
    Del otro lado, está Bartolomé, un guacho -literal, es un huérfano- peregrino lanzado a dejar atrás al padre que lo crió, o sea volverse él Padre, con las debidas disculpas a Lacan.

    Hay allí disponible una potencia y potencialidad interesantes, una sustancia que, por ya transitada, no se convierte en obsoleta. Pero hay también un como muy atractivo en la presentación: Pampa es, a su manera, un gran poema épico. Si pensamos en poema + gauchos, el resultado de la ecuación podría dar Martín Fierro, pero no es el caso: puede que el espíritu metafísico del guion de Zentner esté más cerca de T.S. Eliot que de José Hernández. El texto tiene leitmotiv recurrentes que puntúan y ritman a la manera de un poema (el favorito de quien escribe: “Pachamama […] último puerto de los huesos”), y el propio Nine, desde el plantado narrativo, también aporta un fraseo visual/rítmico del relato.

    Nine, Carlos Nine (1944-2016), qué tesoro artístico que nos ha dejado la Argentina del siglo XX para la posteridad, o al menos hasta que se hundan los continentes.
    Alma de caricaturista, profesión noble si las hay, pero con un viraje hacia lo plástico, como no se haya visto en la historieta mundial, y vaya a saber uno, si por fuera del ámbito del comic se haya visto tampoco. Y ese plus plástico, en Pampa se luce como nunca: ecos maravillosos -con fuerza propia, ojo- se ven de Edvard Munch, Edgar Degas, Henri Toulouse Lautrec, entre los que se puedan apuntar rápidamente -no duden que son muchos más-.
    Es una obra del creador de Keko el Mago que muestra una gran soltura en lo gestual del trazo, que, dicho sea de paso, se construye tan frenéticamente en lo cromático, que se termina disolviendo en una tensión paradójicamente armónica[3]. Lógicamente, al tratarse de una historia situada en el campo, la paleta se maneja mayormente dentro de una gama de marrones (y ocres, y ámbares) y variedades terrosas.[4]

    Zenón musita “hacemos lo que podemos, es el destino”. Y allí en los tres actos de Pampa se explayan universales varios -la culpa, lo cíclico, el carácter imparable de las fuerzas de la Naturaleza-, dentro de una idiosincrasia local muy marcado -lo mítico, lo irracional, en el buen sentido, de las leyendas populares, la tracción de lo simbólico, lo cíclico, pero de las inequidades-.
    Si había alguien indicado en 2002 para trasladar esas mismas tensiones y diálogos a la representación gráfica de Pampa, era Carlos Nine con su acervo de Bellas Artes, y también de Calé: la pretensión y la Ilustración europeas, y la picaresca rioplatense.  No lo debe haber buscado programáticamente con su obra, pero en esa síntesis estilística logró decir mucho de su nación.

    [1] el primer encuentro historietístico se había dado en 1992, dentro de la colección Relatos del Nuevo Mundo, dedicada a, ejem, celebrar los 500 años de la llegada de los españoles a América, con el volumen La adelantada de los mares del Sur. Ojalá alguien se digne a traerlo de vuelta (ya que Hotel de las Ideas trae el Lope de Aguirre de Albiac-Alberto Breccia de la misma colección), porque es un trabajo notable de Carlos Nine.

    [2] Jorge Zentner es argentino: el guionista y escritor vivió más de la mitad de su vida en España (es un exiliado de la última dictadura cívico-militar), pero conserva la nacionalidad argentina.

    [3] otra coordenada/punto de referencia es otro colaborador de Zentner: el tano Lorenzo Mattotti.

    [4] impecable la factura técnica de la edición del libro: se aprecia la rugosidad -incluida la marca- de las hojas que Nine utilizara como papel soporte del original.

  • Música: Disco del mes – Kevin Ayers – Shooting at the Moon (1970)

    Por Gabriel Reymann

    No está de más recordarlo: la actividad humana es hija de previos humanos y sus respectivas obras que abrieron (o cerraron) el camino, y también hermana del encuentro de sus protagonistas con sus contemporáneos.
    A la hora de transitar la muy fértil sinergia que caracterizó el arrebato inicial de la psicodelia en la cultura a fines de los 60’s del siglo XX, Shooting at the Moon, el disco de 1970 de Kevin Ayers junto al grupo The Whole World, muy seguramente no sería el primer ejemplo, en términos de popularidad comercial, que viniese a la mente para graficarla, pero sí conserva de seguro mérito artístico para defender su sitial en ese panteón, así como también obrar como muestra del cruce cultural de la época que sirvió como su artífice.

    A riesgo de simplificar en exceso, la vida de Kevin Ayers (1944-2013) es un poco una canción del desertor; fue una suerte de anarquista que se corrió de los caminos y lugares que hallaba inconducentes, un Corto Maltés del rock amante de las mujeres y el vino. Así renunció al grupo que fundó -Soft Machine, nada menos- tras encontrar la alienación de las giras del rock en sí mismo y en los demás (el propio Hendrix, con quien compartió tour por EE UU el grupo de Canterbury). No exactamente un cruzado de ninguna índole, más bien alguien que hace la suya.
    Y la suya fue en primera instancia Joy of a toy (1969), notable debut del cual participaron sus excompañeros de banda, y fuera del álbum, pero dentro de las sesiones, el propio Syd Barrett, una figura que suele servir de referencia asociativa para empezar a explicar la música de Ayers. El contraste con el disco que le sigue, Shooting…, es bien claro. Donde Joy… es producto de un cantautor aventurado, Shooting… es sin dudas un esfuerzo grupal y mucho más muscular.
    Aventurado y apuntalado, ok: ya en Joy… los arreglos corren por cuenta del compositor -de raigambre experimental, alumno de Luigi Nono- David Bedford, que repite en Shooting… y cobra aún más preponderancia dentro del resultado final.

    El disco ofrece las marcas de condiciones de posibilidad como pocos de su época. En lo cultural, transita en el mismo terreno que el mentado Barrett asistiendo a los shows de libre improvisación de AMM[1], o la conexión Beatles-Berio/Stockhausen: la avanzada del pop se da la mano con la crema de la avanzada de la música académica. En lo material, es Harvest, un sello de EMI orientado a la progresiva, financiando un disco con temas como “Pisser dans le violon” o “Rheinhardt and Geraldine/Colores para Dolores” (sic).
    Y esa convivencia en la secuencia de los temas (o dentro de ellos mismos, como en el caso de “Rheinhardt…”, que se interrumpe a sí misma con su zapping de música concreta orquestal) es casi de puerta giratoria: de ocho minutos de abstracción con “Pisser…”[2] a la amable “The Oyster and the Flying Fish” -con la voz invitada de Bridget St John-, para ir a “Underwater” y su siniestrismo instrumental, para seguir con la caribeña “Clarence in Wonderland”, y así. Las idas y venidas parecieran ser correlatos de los avatares de los propios Ayers y Bedford, pero no como conflicto, sino como fuerzas (pop y academia, respectivamente) apenas contrapuestas en diálogo.
    Pero volvamos con lo del esfuerzo grupal: aparte del propio Ayers en voz, bajo y guitarra, a The Whole World lo conformaban Mick Fincher en batería y percusión variopinta, un jovencísimo Mike Oldfield en bajo y guitarra, el propio Bedford en piano, órgano e instrumentos varios, y quizá el arma -medianamente- secreta del disco, Lol Coxhill en saxo. A través del soprano, el ex Delivery ofrece otra voz melódica y sumamente lírica para las canciones, una con un registro que claramente funciona como contrapeso con el barítono profundísimo de Ayers[3].

    The Whole World en la tele: en lugar de Mick Fincher el baterista es Dave Dufort.

    Aun habiendo transitado momentos álgidos como “Pisser…” o “Underwater”, el riesgo más alto del disco llega con la pieza que lo cierra y que da nombre al disco. Si en efecto el disco es una gema (semi)perdida de la psicodelia y el art rock, “Shooting…” es un emblema no debidamente dimensionado de los sentidos alteradísimos: con su estructura melódica y rítmica circular, es un samba de parque de diversiones que se sale de eje y espiraliza, aumentado por los paneos sonoros de producción, que hacen ir y venir a la voz e instrumentos.
    Y la canción que iniciaba todo, la delicada balada con aires franceses “May I?”[4], también sirve de botón de muestra de la probable dificultad para situar en las bateas comerciales a Ayers: como le pasaba a Slapp Happy, por ejemplo, era demasiado cancionero para el público consumidor promedio del rock progresivo, y demasiado articulado y arty para la tribu glam o (proto)punk.
    No deja de ser curioso también, que varios de los bonus tracks aparecidos en la reedición de 2003, como “Gemini Child” exhibieran calidad -y “accesibilidad”- suficiente para formar parte del lanzamiento original (otro bonus, “Butterfly Dance”, fue lanzado como single). Aun tratándose de una época cuya industria cultural pusiera dinero -poco, mucho- en una estirpe de artistas que ya hace varias décadas que prefiere no hacerlo, puede que sus representantes no supiesen bien qué hacer comercialmente con una figura tan sui generis como Ayers. Y también es harto probable que al británico le importase poco, y prefiriese seguir haciendo la suya.

     

    1 se ha dicho mucho, pero se puede mentar una vez más: se suele comentar que Barrett tomó la técnica de glissando para guitarra de verlo tocar a Keith Rowe con AMM.

    2 “Pisser dans le violon” (‘meando sobre el violín’) probablemente grafique como pocos temas en el rock esa zona donde se funden el diletantismo intuitivo propio del rock en general y la psicodelia en particular, con los procedimientos de la libre improvisación y la música académica más experimental. Es donde se encuentran la búsqueda más rudimentaria de las posibilidades físicas del instrumento musical en sí, el encuentro neanderthal con su materialidad, junto con las técnicas extendidas investigadas por músicos más eruditos -si es que esa frontera es tan fácil de trazar-.

    3 como Leonard Cohen con sus coristas. El propio Michael Gira (Swans) dijo alguna vez algo similar acerca del rol de Jarboe en esa banda. También vale destacar que, a través de ejemplos paradigmáticos y no muy lejanos de Ayers, antes (King Crimson), al mismo tiempo (Stooges) o luego (Bowie), en el rock se solía (suele) utilizar más saxo alto o tenor, que soprano.

    4 y me arriesgo con “aires velvetianos”: puede haber un parentesco en la secuencia de acordes con “Femme Fatale”


     

     

     

     

  • Poesía: Osvaldo Lamborghini – Envuelto en una paz apocalíptica

    Envuelto en una paz apocalíptica
    el tipo miraba la cocina,
    las hornallas, el fuego encendido:
    la cocina, empapelada ciertamente
    con hojas o páginas
    de diarios y revistas.
    Él no había merecido la estrella de la mañana,
    eso es claro, y no era (ni siquiera)
    el primogénito de la muerte.
    La vida pasaba como un lago.
    Las orillas tensas, el centro mudo.
    Agua ciega, pobre y cercada.

    Aquel que ayer nomás decía
    tomaba ahora mate eternamente
    y leía novelas de vampiros.
    Televisión y fármacos: la perfección
    quedó en anhelo.
    Renacerá el amor con la próxima guerra.
    Y en un entonces sin entonces,
    con un Dios pifio que siempre tarda,
    entonces se apoyará en sus muletas
    y abrirá el pico como una gaviota
    y derribará las puertas del paraíso,
    antesala del infierno.

    Mar del Plata, 1980. Recopilado en Poemas 1969-1985, 2004.

  • Comics – Aventureros del aire – El cometa, su curso, su cola

    Por Gabriel Reymann

    Conforme avanza el paso del tiempo en un género, medio o arte -esto es, sus hacedores toman distancia y ganan autoconciencia sobre las posibilidades de esos campos-, es probable que los límites de esas áreas en cuestión se puedan correr de maneras más heterodoxas, pero también que se pierda algo de frescura y espontaneidad en el camino. Albricias, pues Aventureros del aire, la historieta de Rodolfo Santullo -guion- y Pablo Burman -dibujo-, presentada primero en la web de Loco Rabia, y ahora con edición física en Argentina mediante Los Aspirantes, logra encontrar un preciado equilibrio entre los dos lados de la balanza.

    Dentro de esa pugna entre caminos heterodoxos para el relato de aventuras, y vías más tradicionales, hay que decir que Aventureros… se encamina más claramente para lo segundo. Pero hay poco de trillado o vetusto en el guion, al mismo tiempo que elude la pretensión y las ínfulas de intelectualidad. Dicho eso del trabajo del guionista de Valizas, algo similar se puede decir del apartado gráfico a cargo de Burman: hay un riesgo, un desvío, que nunca desea, ni visual ni narrativamente, ponerse por encima del objetivo de contar una (muy) buena historia. Será un lugar común, pero igual no falla: es una buena señal que guionista y dibujante parezcan una sola persona al realizar una historieta.

    Argumentalmente, Aventureros… es bastante sencilla, y se podría trazar una división en dos de su trama. La historia presenta a Barnier, la aviadora pelirroja protagonista, encargada de transportar mercaderías por el aire, cuyo contenido se desconoce; tarea asignada y remunerada por la alcaldesa Medeiros, quien regentea la fortaleza solo conocida como La Central. El parteaguas llega promediando la historieta, cuando se revela que contienen las misteriosas cajas, contenido que, por supuesto, no se va a revelar aquí. Esa primera parte tiene un espíritu muy alla Hugo Pratt: aventura pura, con un extra, sin volverse demasiado enunciativa. El extra en cuestión hace un vaivén entre cuestiones mundanas (el dinero, los negocios y la “ética”) y existenciales (el conformismo, la comodidad). La segunda mitad de la historia ya tiene un dilema ético/moral/filosófico, más cercano en espíritu a Las leyendas de Hoy de Pierre Christin y Enki Bilal [i]. Aventureros…, justamente como buena aventura, no escatima acción y enfrentamientos físicos, pero allí no está el foco de la cuestión.

    Este es un trabajo definitivamente consagratorio para Pablo Burman; como Santullo, encuentra un buen balance de distintos elementos en su labor -en el caso de Burman lo narrativo y visual-, pero el resultado entra por los ojos, nunca mejor dicho. Aventureros… es un trabajo digital (en su mayor parte, al menos) que no se queda en la mera imitación de texturas analógicas, ni resulta un pastiche frío, desalmado, y está presentado en su mayoría con viñetas “widescreen” (horizontales, alargadas), que a veces se vuelven oblicuas, y en otras se ven intercaladas con páginas completas. Visualmente, lo primero que salta a la vista de la obra es la vibrante -pero no chillona- y amplia paleta cromática: amarillos, naranjas, azules, celestes -claro-, pero también verdes y no pocas tonalidades pasteles, todo ello conviviendo en complementariedad, generalmente. El grafismo es muy marcado -símil al trazo de una birome-, con la gestualidad y espontaneidad del dibujo a mano alzada, pero también desaparece el contorno no pocas veces, a la manera de las artes plásticas. Espontaneidad del dibujo, códigos pictóricos, le sumo bidimensionalidad… ¿alguien dijo Bill Sienkiewicz? Algo de eso (y de su abuelo no-sanguíneo Gustav Klimt) hay, así como también del italiano Lorenzo Mattotti, otro que le buscó vueltas de tuerca al género de aventura.

    En verdad no importa mucho si Aventureros… tiene dejos temáticos del existencialismo francés, o si su impronta cromática lo acerca de alguna manera al espíritu de los pintores nabis, porque en su desarrollo -y resultado final- el comic logra hábilmente correrse de cualquier supuesta dicotomía de alta/baja cultura. No posee pretensiones de novela gráfica -pero es mucho más profunda que muchas de ellas que proliferan en el mercado-, y no resigna usar códigos específicos del medio, como las onomatopeyas para los disparos de rifles; que hacen el mismo sonido que los rifles de Hugo Pratt.


    [i] pienso puntualmente en El crucero de los olvidados y, sobre todo, La ciudad que nunca existió. También pienso en una película europea, emblemática de los 80’s, pero nombrarla podría funcionar como un finísimo spoiler, pero spoiler al fin.


     

  • Libros: Los Corrosivos 1984-1989 [Fellini]

    Por Gabriel Reymann

    Todo, absolutamente todo, está sujeto a revisión y reedición en la cultura contemporánea. Los Corrosivos, la banda pionera de punk y (sobre todo) postpunk de Banfield en los años 80’s, ya había tenido un racconto de su historia en el capítulo dedicado a ellos dentro de Gente que no, antología de varios autores* sobre la escena postpunk y dark del under argentino de esa década. A través de la misma editorial de Gente…, Piloto de Tormenta, llegó en 2023 Los Corrosivos 1984-1989 Los 5 años que cambiaron la historia [la nuestra al menos], con el revisionismo ya a cargo de Fellini, nombre artístico de Walter Temporelli, cantante y, sí, líder en buena medida del grupo.

    Es claro que la (auto)biografía grupal va a traer consigo (auto)biografía individual, y de la intersección de ambas asoma la gracia del libro, a la cual no estaría mal tildar con el adjetivo de “arqueológica”. Los 5 años… puede caer perfectamente dentro del paraguas que aloja a documentales como Parakultural 1986-1990 (Natalia Villegas y Rubén Zarate), Cemento: el documental (Lisandro Carcavallo) o Sucio y desprolijo: el heavy metal en Argentina (Paula Álvarez y Lucas Calabró), inclusive; una excavación sobre expresiones artísticas que pueden seguir más o menos presentes en el imaginario colectivo, pero cuyas condiciones de producción -más allá de los eternos loops vivenciales de la Argentina- ya parecen yacer enterradas bajo varias capas geológicas**. Estas condiciones de posibilidad son numerosas y variopintas. Fellini menta el auge de las carreras universitarias de diseño (Comunicación, Psicología, y la que tomaría él, Psicopedagogía, luego de empezar con Letras en la Universidad de Lomas de Zamora), tanto como transa de muestra de compromiso frente a la exigencia familiar, así también como lugar de caldo de cultivo para expandir las posibilidades -no solo profesionales, sino también creativas- de adolescentes atrapados en un contexto algo provinciano, y bastante reprimido y represivo. No solo es el himno de Los Violadores: algunas de las variables que explican el surgimiento de la cultura punk en la Argentina*** son la (¡lógica!) oposición generacional que empuja a buscar formas artísticas propias con la cuales identificarse, la cultura del hacer que prioriza al entusiasmo y la calidad diletante propia del punk con el Do it yourself, y esa enorme olla a presión -de todo tipo- que fue el Proceso de Reorganización Nacional 1976-1983, con la consiguiente ebullición tras la reapertura democrática.

    No son pocos los protagonistas de la (noche de la) época que ponen énfasis en la continuidad de la dictadura por otros medios que significaba la vigilancia policial en la Argentina ya democrática bajo la presidencia de Raúl Alfonsín. Y los blancos predilectos de los maltratos y apremios ilegales solían ser las subculturas o tribus urbanas (punks, darks, heavies) que sublimaban esa búsqueda generacional de diferenciación, no solo en la música, sino también en peinados y atuendos, que, por lo visto, resultaban demasiado para esa Argentina que aún no se había quitado del todo el uniforme. Y así como -a muy grandes rasgos- la cultura dark/gótica en Inglaterra era una confluencia de romanticismo, existencialismo, teatralidad y glam****, el sembradío de cadáveres de los años previos viene de alguna manera a reemplazar al glam (inexistente como género musical en la Argentina de los 70’s u 80’s) como basamento para cierta variante más extrema del post punk argentino*****, cuyos representantes más idiosincráticos eran Todos tus Muertos -todo dicho desde el nombre- y Los Corrosivos, posibles herederos de estampidas tribales con afinaciones más bajas (The Birthday Party, Killing Joke), la estampita fatalista, romántica de Ian Curtis, campos de detención ilegales y las postrimerías de un momento particularmente tanático en un país necrofílico. At last but not least, en lo que refiere a condiciones de probabilidad para el under argentino 80’s, no se pueden soslayar las visitas internacionales de grupos más afines al imaginario de la escena (Ramones en su primer desembarco en el país, The Cure, Siouxsie and the Banshees)

    Foto por Flavia Torrisi, del sitio oficial en Facebook de la banda

    Sin gigantescos floreos literarios, Fellini sabe erigirse perfectamente como narrador, desde un lugar retórico muy particular. Poseedor (o inventor, tampoco sería algo malo en tanto no deja de ser un relato) de una memoria muy nítida y precisa de todos los eventos acaecidos dentro o fuera de la banda en esos cinco años, el ex cantante balancea entre un tono algo auto irónico y autoexigente (tanto de sí mismo como de los desempeños grupales) y una confianza muy decidida en la trascendencia artística, no comercial de la banda. Ilustrativo de esto también es el carácter programático y emprendedor con el que se define a sí mismo: la tenacidad y la planificación proyectual, la idea de “lugar adonde ir”, cuyo emergente más claro es el listado de 14 puntos al que él llama ‘Dogma ‘86’, catorce máximas artísticas con las que se manejaba la banda, varias de ellas referidas a restricciones estéticas, de fuerte sesgo conceptual -léase, las decisiones que no concebir ni ejecutar como músicos-.

    El racconto es generoso en nombres propios: los ya mencionados TTM, más otros espíritus afines como Carlos Alonso de Uno x Uno, los Mimilocos, o el mayor apólogo público de la banda, Daniel Melero, quien iba a lanzar, vía el sello Catálogo Incierto que compartía con Christian Rosas, Estudios de Casos, el único registro oficial de la banda, documentado en un show dado en el Parakultural. Otros nombres como Patricia Pietrafesa, Ruth Mary Kelly y Carlos Jauregui, o la revista Cerdos & Peces -cuyo denominador común es la lucha contra los, de mínima, arbitrarios edictos policiales de la época- ilustran un marco de acción mucho más amplio que lo estrictamente artístico. Afortunadamente, la construcción del anecdotario en el libro gambetea muy hábilmente el chismerío.

    Todas las letras de la edición original en cassette de Estudios de Casos; gracias Discogs.

    La conjunción de la fluctuación de intereses personales -siendo la edad de los veintes muy propicia para ello- y la hiperinflación alfonsinista -loops vivenciales argentinos- se llevaron puestos a Los Corrosivos, como a tantas bandas de su generación. Los sobreviven la reciente reedición en vinilo de Estudios de Casos -un potente documento, pese a las limitaciones originales de sonido- y el complemento de estas memorias literarias ahora, que también ofician, de alguna manera, como el documento de la educación sentimental de un joven en una década particularmente fértil y prolífica de la (contra) cultura popular argentina.

    *Leandro Uría es quien escribe el segmento dedicado a Los Corrosivos en el libro de 2009, que, por cierto, es el más extenso del volumen, con 44 páginas.

    **el mejor ejemplo, sin dudas, es MTV. Ya no se trata de hablar al acceso (o a la falta de) a la información con el parámetro “no había internet”, sino que directamente no había canales con videos de música las 24 hs, parámetro que ya no corre más hace rato. En Argentina (o más específicamente Buenos Aires, y aún más específicamente Capital Federal) los videoclips musicales se conocían mediante proyecciones en videobares.

    ***lejísimos ya, respecto a EE UU e Inglaterra: para 1984, no solo había fenecido el punk, sino también ya el post punk, al menos en su variante más colorida y derivada del dub/Beefheart/Hammill/Velvet/afrobeat. Esos ya eran años de rock gótico, “big music”, synth pop, hardcore, o heavy metal, inclusive. En Argentina específicamente, el punk -y su simplificación musical- podía ser una puerta de entrada a la cultura rock, frente a la hegemonía previa (Spinetta, García), con su sofisticación, en especial, en el plano armónico.

    ****visual y musicalmente hablando. El exceso visual de Bowie o T-Rex vuelve, grotesco, pero vuelve al fin, en Bauhaus o Siouxsie and the Banshees.

    *****por supuesto que hay muchas variantes, más allá del campo aglutinador Joy Division-Sumo. Los Pillos y Don Cornelio parecían ser los grupos más cercanos al espíritu de los pioneros del rock argentino, La Sobrecarga seguía de cerca el puente entre el espíritu progresivo y el post punk (Talking Heads, King Crimson 80’s), mientras El Corte caminaba más cerca de las huellas excesivas de Bauhaus.

    Reacciones en fediverso
  • Poesía: Louis Aragon – Persona pálida

    Más mísero que las piedras
                                                   triste a más no poder
                                                   el hombre escuálido
    el atril hubiera querido aniquilarse
    Qué frío El viento me penetra en el sitio
    de las hojas
    de las orejas muertas
    Solo cómo patalear para ahuyentar el frío
    con qué pie iniciar la semana
    Un silencio que nunca acaba
    Ni una palabra tierna para engañar al invierno
    La sombra del alma del amigo La escritura
    Tan sólo las señas
                                   Mi sangre daría una sola vuelta
    Los sonidos se pierden en el espacio,
    como dedos congelados,
    Nada más
                    que un patín abandonado en el hielo
    El fulano
                    A través de él se ve el día

    Publicado originalmente en Feu du joie (1920) – Traducción correspondiente a Aldo Pellegrini.

  • Comics: Soy un cobarde y otras historias – La imagen crujió

    Por Gabriel Reymann

    ¿Qué tan posible es que un artefacto artístico -historieta en este caso-, no inédito, pero sí por debajo del radar -al menos del público masivo-, no solo no pierda un ápice de su vigor vanguardista tras seis décadas de su aparición, sino que encima lo revalide? Bueno, gracias al lanzamiento de Soy un cobarde y otras historias de Leopoldo Durañona, editado por Sector Editorial en Argentina, uno puede agenciarse un ejemplar del libro, e intentar responder el interrogante por cuenta propia.

    La información sobre Durañona (1938-2016), en Internet y fuera de ella, suele ser reiterativa, por lo escaso de la disponibilidad. Se lo sabe aventajado alumno de Alberto Breccia en el mítico curso de la Escuela Panamericana de Arte (junto a otros nenes como José Muñoz y Rubén Sosa), y la mención de sus obras (hitos) probablemente esté reservada al terreno de los memoriosos o conocedores. Están sus diversos trabajos junto a Guillermo Saccomanno -como la historia corta sobre la Guerra del Paraguay, la serie Ángeles Caídos (aparecida en las revistas de la Warren de EE UU, pero también en nuestra Fierro en los 80’s) y la adaptación de Moby Dick con aportes en la faz gráfica de Enrique Breccia-; ya junto a HGO, figuran las crónicas de la independencia argentina en Latinoamérica y el Imperialismo,  y ya con guion propio, se pueden traer su Raza de Escorpiones para EE UU en los 90’s (también recientemente recuperada para el mercado local), y sus prestigiosas adaptaciones de cuentos de Kafka*. Teniendo todas esas obras una gran valía visual y narrativa, no alcanzan a dar idea cabal de la experimentación en ambos planos que muestran las páginas de Soy un cobarde

    Las siete historias hallaron su lugar de publicación original en la primera mitad de los 60’s, en las revistas Hora Cero Extra (las tres primeras del tomo, con guion del mencionado Oesterheld), Super-Misterix, D’Artagnan Álbum, Intervalo Álbum e Intervalo (Semanal). El orden de lectura no obedece 100% al orden cronológico -aunque se acerca bastante-, pero el devenir de los relatos parece alojar un hilo secreto en el aspecto gráfico.

    La salva inicial de HGO tiene en común, situaciones límite y violencia que apenas camuflan cierto terror moral. La historia bélica que da nombre y comienzo al volumen, puede tener el argumento más esquemático de HGO, pero la performance de Durañona se maneja en el opuesto de ese espectro; si bien es el trabajo más cercano en estilo a su mentor Breccia (Mort Cinder en particular), tiene una potencia gestual innegable en el trazo -por momentos como inscripción caligráfica, o sea, dibujo como escritura-, un flujo narrativo impecable, y una utilización de la confusión propia del campo de batalla como marco propiciatorio para la abstracción -esto es, manchas salvajes-. Las que le siguen, “Herida Mortal” -de lo mejor del volumen- y “Partisanos” -con espíritu afín a algunos trabajos de Enrique Breccia, van en cierta medida en el sentido contrario: el vacío y el espacio en blanco son los que generan el pánico que paraliza, y no la acumulación de elementos. “Herida…”, de 1963, también tiene cierto espíritu cinderesco y prefigura otros trabajos de Enrique Breccia, pero la impronta de su trazo roto, grabadístico, es puro Durañona y fija el tono de mucho de lo que pasa en el libro: la representación es imposible de volver a repetir exactamente de una viñeta a la otra, por lo caótico -y hasta indeterminado- que resulta el instrumental utilizado.

    “Mente” (1963, para Super-Misterix), vuelve a un registro más (por comparación) tradicional y brecciano, aunque no escatime cierto expresionismo en lo estético y las angulaciones de los encuadres. Las dos que siguen, “El librero” (guion de Eugenio Mandrini, 1962, para D’Artagnan) y “Puerto” (guionista no acreditado, 1964, Intervalo Álbum), ya suben considerablemente la apuesta en el riesgo visual y narrativo. La primera cuenta con una labor simple desde lo argumental, y compleja desde la florida prosa por parte de Mandrini. Hablamos de una historia de niños de barrio y travesuras; el asunto es que los niños están dibujados como los representaría justamente otro infante. O casi: es parte esquematismo, parte (de vuelta) indeterminación e imposibilidad de representar algo dos veces de la misma manera, como si esa dialéctica de línea y mancha no permitiera la estandarización representativa**. “Puerto” está basada en Ciudad portuaria, la película de 1948 de Ingmar Bergman que a su vez adapta la novela de Olle Länsberg y, hasta este punto del libro, es lo más arrojado a nivel visual del libro: collages***, representación “infantilizada” de vuelta, y hasta alguna descomposición del movimiento al estilo del futurismo.

    “Hasta este punto del libro”, porque lo que cierra el libro es la adaptación de El túnel, la celebérrima novela de Ernesto Sábato -vía la adaptación fílmica de León Klimovsky-. Y así como el transcurso de las páginas en el libro, visual y narrativamente, paulatinamente se iban cargando como nubes en el cielo, también lo hacen la sintaxis y la estética dentro del propio transcurrir de El túnel. En el (muy buen) posfacio a cargo de Julián Blas Oubiñas Castro, este levanta unas declaraciones de Durañona respecto al hacer sobre El túnel: “(…) agarraba las páginas y las metía en la bañadera con tinta, sobre las manchas que quedaban, dibujaba (…)”. Si bien esto no tiene nada que ver con la arbitrariedad (según el autor, ese caos presentado en la página obedecía a acompañar el descenso a la locura por parte del protagonista de la historia), la idea del azar performativo no vuelve descabellado vincular la labor de Durañona con la de ciertos agentes artísticos de esa época. Como mencioné indeterminación, le tengo que poner nombre y apellido -John Cage-, pero también la más posible demolición de la frontera entre abstracción y representación figurativa -expresionismo abstracto, pero también la Nueva Figuración**** argentina de los 60’s; o hasta la sublimación textural de Alberto Greco y el informalismo. El resultado final se parece más a un original intervenido como una “hoja esculpida” … o no tan intervenido, si la acción más pertinente es no actuar.

    El mundo del arte es así: tarda en llegar, y por ahí igual no hay recompensa, pregúntenle a Van Gogh y sus cero cuadros vendidos en vida. Pese a lo ingrato del asunto, la ventaja es que está la posibilidad que perviva y atraviese nuevas generaciones -al menos mientras haya algo parecido a una civilización humana-. Aparte de poner en valor la obra de Durañona, la edición de Soy un cobarde… permite reflexionar sobre los supuestos avances actuales de la libertad creativa y lo autoral -no solo en la historieta- y los reales riesgos que se corrían en décadas pasadas, en marcos no tan permisivos, en especial en una editorial históricamente tachada de conservadora, política y estéticamente, como lo es aún hoy en día Columba, y cuyo último aspecto, al menos, puede ser cuestionado.

    *Tanto Raza de Escorpiones como los cuentos de Kafka (recopilados bajo el nombre de La ejecución y otras historias) fueron editadas recientemente en Argentina por Deux Studio. Doedytores hizo lo propio con Moby Dick y Latinoamérica

    **curiosamente, en los 80’s Durañona laburó en EE UU realizando el trabajo de estandarización representativa por excelencia: storyboards de dibujos animados, donde no se puede no repetir la imagen al 100% en la secuencialidad.

    ***atención, porque esto es previo a la experimentación de Alberto Breccia con collages: “Richard Long” es de 1968.

    **** así como Luis Felipe Noe pintando, a veces se iba del bastidor, a veces Durañona se va de la viñeta en El túnel.

  • Música: Playlist – 30 a los 30 (1995)

    Por Gabriel Reymann

    Treinta años de 1995, y el obligatorio paneo en el sitio. Un poco en retrospectiva, puede verse como un año de transición: las dos escenas mainstream del rock de la década (grunge y brit pop) en franco retroceso -o evolución a otras cosas-, el death metal de la primera camada dándole paso a opciones más brutales, técnicas y/o melódicas -por no mencionar su traspaso de cetro en términos de popularidad y creatividad al black metal proveniente de Noruega-, y, claro, la penetración de la electrónica.

    Porcupine Tree

    Yo canto el cuerpo electrónico: por más que los circuitos electrónicos (sintetizadores en los 70’s, sintes + samplers en los 80’s) estuvieran íntimamente relacionados con la cultura rock, el mainstream musical va a comprar (un poco por Garbage, otro poco por NIN, porque no por U2) esta idea de modernidad a través del sonido ultraprocesado. En expresiones más alternativas del rock y aledaños ya se vislumbraba esto en años previos (post rock inglés, trip hop), y en 1995 se podrá apreciar el desarrollo de la Intelligent Dance Music (Mouse on Mars, Autechre, nada menos) o la cristalización del fenómeno drum n bass en un registro emblemático (Timeless de Goldie). Mención aparte para el empuje femenino: Björk, PJ Harvey, Shirley Manson, pero también el debut ultra vendedor de Alanis Morissette.

    PJ Harvey

    ¿Qué otros artistas lanzaron discos en ese año que quedaron fuera de la lista? Están Pulp, Alice in Chains, Ozzy Osbourne, Neil Young, Rancid, Therapy?, Fear Factory, Tindersticks, Slowdive, y estos tres bonus tracks en links.

    Otro que seguro tiene que ver con esa idea de modernidad en 1995…:

    Y en honor a la memoria del recientemente fallecido Tomas Lindberg:

    Aquí en Argentina, lanzaron discos Soda Stereo (su despedida del estudio), Los Fabulosos Cadillacs, los debuts de Almafuerte y Logos, más Las Pelotas, Suarez, Divididos y Peligrosos Gorriones, entre otros.

    Scott Walker

    Sin más, la playlist de treinta temas:

  • Comics: La Calorosa/Satén Rosa Rosa – Deseo que me desees

    Por Gabriel Reymann

    La cámara enfoca: cambios en el rol social de la mujer a lo largo de, pongamos, el siglo XX y el XXI. Hace zoom: las mutaciones en ese mismo período, pero del rol de la mujer en la historieta. Y vuelve a hacer zoom: el rol de la mujer en el período citado, pero en la historieta erótica (o porno). Parece abrupto, pero de eso no tiene nada: de esa ensalada de roles pasivos, denigratorios, o directamente inexistentes aun dentro de esos marcos, fuimos pasando a otro tipo de protagonismo (y representación). De eso dan cuenta -conscientemente-, cada uno a su manera, La calorosa (varios autores, Argentina 2023, editada por Loco Rabia) y Satén Rosa Rosa de Paula Boffo a.k.a. Sukermercado (Argentina 2024, editada por Editorial Deriva).

    La antología La calorosa es decididamente autoconsciente al punto de lo cuasi-programático: compuesta por autoras y autores* mayormente sub-40, acá el propósito es desbloquear preconceptos, tabúes sobre lo que les calienta a esos creadores, a través del propio acto de dibujar como actividad fetichista, erótica. La supervisión de todo está a cargo de la comprensión del consentimiento y el respeto entre las partes, o sea que sí, hablamos de porno deconstruido.

    Si lo que mueve es el deseo, y esa máxima se interpreta literal en historieta, no hay que buscar en gran medida en La calorosa, historias con una narrativa lineal, o con un significado subrayado; lo contado parece más estar en función de una pulsión por primero dibujar cierto tema imaginado, más que en función de una estructura clásica de desarrollo de tramas. Tampoco es el lugar para encontrar historieta porno con lo que llamaríamos físicos hegemónicos (como lo que veíamos en referentes de la historieta porno claramente destinada al varón hetero como Serpieri, Manara, o el propio Solano López): aquí hay físicos para nada escultóricos, más bien cotidianos (apropiadamente, una de las historias de Mariana Ruiz Johnson se llama “Doméstico”, sobre el placer sexual y espontáneo de una pareja).

    Entre diversos fetiches (“Sin nombre” de Ailín Kirjner, sobre los pies), placeres del autodescubrimiento o fantasías sobre la posesión del Otro, paradójicamente, una de las historias más interesantes del libro es una de las que sí da más espacio a lo racional y articulado. “Las delicias”, de la ya mencionada Ruiz Johnson, parte de la base de la relación personal de la autora con la pintura “El jardín de las delicias” de Hieronymus Bosch, para girar sobre una idea mucho más, porque no, poética del erotismo, como sinónimo de voluptuosidad y desborde de un cauce sensual; sensual a su vez como sinónimo de sensorial.

    Momento de pasar a la otra antología, ejército de una sola persona: Satén Rosa Rosa y su autoría le pertenecen en su totalidad a Paula Boffo. Es un compendio de historias realizadas para diversas publicaciones entre 2016 y 2024, y según la propia autora, no deja de ser un desplazamiento por los cambios sobre su concepción sobre la sexualidad; eso no tiene que ver necesariamente con lo autobiográfico o la auto ficción.

    Si La calorosa proponía un juego abierto (aun, mayormente, dentro del terreno de la heterosexualidad), Satén… mantiene a lo kinky y el fetiche como factores de peso, pero abre el foco a cuestiones más amplias. Mujeres y varones trans, mujeres cis con pelos en las piernas, bdsm como práctica delimitada y consentida, y, en particular, la cuestión de (la inversión o expansión de) los roles. El falo disputado, encarnado en el strap on**, es un emergente preciso de esta concepción de la sexualidad, en la cual, lo simbólico, marca fuertemente el terreno de juego.

    En el terreno de la identidad visual, se aprecian el paso de los ocho años de realización, aunque también resulta claro que sigue siendo la misma persona detrás del hacer de esas historias. En ese terreno común, hay una estética clara e inicialmente deudora del manga -que no se queda en la imitación más llana-, manifestada especialmente en códigos específicos (el rubor en los rostros, por ejemplo) y la agilidad narrativa del comic nipón. Transversal es también, a todo el libro y sea a través de la técnica digital o artesanal, un concepto cromático muy idiosincrático por parte de Boffo, pletórico de colores vívidos y estridentes que conviven en armonía (púrpuras y, casualmente o no, rosas, son tonalidades recurrentes).

    ¿Y qué pasa en las historias? El standard de sexualidad masculina -como comportamiento patriarcal en general, así como de lo anal como “tabú” en particular- es objeto de aguijoneo constante. Dicho sea, todo: con humor y, por momentos, también de manera algo esquemática*** (hay un único hombre en todo el libro que catalogaríamos como 100% “clásicamente” hetero, y es el carácter más despreciable de todo el tomo por lejos). Volviendo al strap on, hay una (muy útil y divertida) historia literalmente didáctica de ocho páginas sobre los distintos tipos de ese implemento y como usarlo.

    No debe ser casualidad que, en las dos historias más extensas del libro, se encuentren los aciertos más marcados. “Fabulosa el Dorado”, la mejor del volumen, con trece páginas, prioriza una tensión dramática fina y sutil, con silencios sugestivos, un dibujo y un color personalísimos, y un espíritu almodovariano, pero no piensen en exceso de azúcares, sino en algo como La ley del deseo (ok, también había azúcares en esa película). Por otro lado, “Si mojas me enciendo”, con cuarenta y cuatro páginas con mucho sexo -y promiscuo, como descripción, no juicio de valor-, deja ver que, las cuestiones de fondo, de este lado o aquel lado de la heteronormativa, o más allá, siguen siendo el temor, la incomunicación, la inseguridad y el no poder encontrarse con el Otro.

    *no hay lenguaje inclusivo en este texto: ningún problema ni con su existencia ni uso, solo la elección de una opción de escritura que me sale más naturalmente.

    **cinturonga, en criollo. Pero supongo que ya lo sabían, ¿verdad?

    ***algo de esto había también en Santa Sombra, la obra de Boffo más emblemática hasta el momento. Pero tanto en Satén… como en Santa… parecería haber, al mismo tiempo, una suerte de autoconciencia autoral de esa esquematización.

  • Cine: Una cierta mirada – Derek Jarman

    Por Gabriel Reymann

    Va a haber que hacer mérito para poder lograr que la memoria de Derek Jarman (1942-1994) viva a través de algo más de “el tío que hizo una película toda azul” en sitios web de cine más atentos al bait con lo curioso que otra cosa. El esfuerzo extra hay que hacerlo por la pereza de investigación (mínima) transversal a la larga corriente acuática del mundo virtual, no por demérito del cineasta inglés, precisamente.

    The Last of England (1987)

    Cineasta al que es lógico vincular con su militancia LGBT/queer -inclusive antes que recibiera esos nombres-, o la estética (montaje) del, por entonces incipiente, videoclip, rubro en el que tanto trabajase. Pero no puede ser lo mismo un collage de sobreimpresiones postapocalípticas, que una ensoñación de sobreimpresiones homoeróticas sonorizada con sonetos de Shakespeare recitados por Judi Dench, que una de las películas más emblemáticas del punk (Jubilee), que una biografía de teatro filmado sobre Ludwig Wittgenstein…

    Derek Jarman en Prospect Cottage, su casa en Dungeness

    Puede que haya algo común a toda (o casi) la filmografía del británico, más allá de sus diversos temas, se trate de los registros más abstractos o los más narrativos, más biográficos o más personales, y es el (cómo) estar a través de los sentidos en el mundo. Sensualidad y sensorialidad.

    Esta de The Angelic Conversation me suena de algún lado eh

    La técnica de la sobreimpresión de imágenes es en sí misma un collage, y Jarman la dominó con criterio cuasi-burroughsiano: superposiciones de planos autónomos sin relación entre sí, que desplazan la cadena significante hacia otros (y nuevos) terrenos.

    The Angelic Conversation (1985)

    The Angelic Conversation (1985)

    The Last of England (1987)

    The Last of England (1987)

    The Last of England (1987)

    The Last of England (1987)

    In the Shadow of the Sun (1974)

    War Requiem (1989)

    War Requiem (1989)

    Pocos cineastas en la historia del medio pudieron filmar con tanta gracia el encuentro erótico, el contacto entre dos hombres, con tanta ternura y voluptuosidad.

    Sebastiane (1976)

    Sebastiane (1976)

    Sebastiane (1976)

    The Angelic Conversation (1985)

    The Angelic Conversation (1985)

    The Angelic Conversation (1985)

    Hablando de ternura: Tilda Swinton como objeto de contemplación.

    The Garden (1990)

    The Last of England (1987)

    Caravaggio (1986)

    Caravaggio (1986)

    War Requiem (1989)

    Y también las infancias.

    War Requiem (1989)

    War Requiem (1989)

    The Garden (1990)

    The Tempest (1979)

    Voluptuosidad también en el mundo floral*

    Caravaggio (1986)

    The Garden (1990)

    War Requiem (1989)

    The Garden (1990)

    The Angelic Conversation (1985)

    War Requiem (1989), todo lo contrario de voluptuoso, en este caso.

    Así como también en el mundo lumínico, natural o artificial.

    The Garden (1990)

    The Garden (1990)

    The Angelic Conversation (1985)

    Sebastiane (1976)

    The Garden (1990)

    The Garden (1990)

    The Garden (1990)

    The Garden (1990)

    The Tempest (1979)

    Contrástese ese mundo exuberante de los jardines florales, con los mundos de Inglaterra como jardín de piedra (War Requiem), o el mundo de un Reino Unido en el cual la bomba ya cayó (The Last of England), y llevaba nombre y apellido: Margaret Thatcher.

    The Last of England (1987)

    The Last of England (1987)

    The Last of England (1987)

    The Last of England (1987)

    War Requiem (1989)

    War Requiem (1989)

     Jarman era también pintor –su obra plástica, en líneas generales, se parece poco formalmente a su cine-, y ese entendimiento visual** se podía traducir en una comprensión muy cabal de la composición del plano, su luz -más bien “naturalista”- e inclusive cierto neobarroquismo (¿neobarroso?), en especial en sus primeros films. Compárese todo este acercamiento con el de films rodados en Super 8, como The Angelic

    Caravaggio (1986)

    Sebastiane (1976)

    The Garden (1990)

    The Tempest (1979)

    The Tempest (1979)

    War Requiem (1989)

    *puede ser una obviedad, pero obviamente se recomienda la lectura de Naturaleza Moderna, del propio Jarman, en Argentina editado por Caja Negra.

    **otro tanto para Croma, un ensayo sobre el color y sus significados (para la sociedad en general, para Jarman en particular), también por Caja Negra.