• Comics: Monica – Flor de la montaña

    Por Gabriel Reymann

    Estreno mundial, se puede decir: en 2023, mientras Fantagraphics lanzaba al mercado estadounidense Monica, la última novela gráfica del genial Daniel Clowes (Ghost World, Wilson, Ice Haven), Hotel de las Ideas hacía lo propio en Argentina. Más allá de lo destacable de las cuestiones comerciales (doble apuesta: es el primer lanzamiento de una obra de Clowes en Argentina), el producto artístico final es más que bienvenido.

    Podemos tomar a la Monica protagonista del libro como una suerte de avatar del siglo XX, o más precisamente, de una buena parte del siglo XX (‘50s en adelante, para poner una fecha) a la que habitualmente se la suele tomar por la parte total. Monica es probablemente, un adiós a una manera de estar en la cultura -o sea el mundo-, bien propia de viejos meados: el amplio paraguas de la contracultura, y dentro suyo los beatniks, el existencialismo, el rock (con y sin roll), las drogas y, por supuesto, los comics. Por ellos últimos desfilan citas estilísticas a historietas de género (terror, romance, bélico), más como columna de apoyo formal que como exploración de esos géneros en sí -también casi todos ellos perimidos o camino a-.

    No tiene fecha de nacimiento nuestra Monica, pero es niña en los EE UU de los 60’s y llega a la tercera edad en algo que se percibe como actualidad cercana. Lo que la gacetilla obliga a saber, es que ella desconoce la identidad de su padre, y su madre (disidente del modo de vida hegemónico de la época) la dejó al cuidado de sus abuelos, y desapareció de su vida. El libro sigue el hilo del ovillo hasta la adultez de Monica, y su deseo de rearmar -lo más que se pueda- el rompecabezas familiar parental, así eso incluya infiltrarse en el, de mínima intrigante, mundo de las sectas seudohippies/new age.

    Ante algunas novelas de Faulkner (pienso en Sanctuary, por ejemplo) el lector podía sentir que no había personajes buenos, ni inteligentes, léase algún cacho de madera al cual agarrarse y flotar. Salvando las claras distancias, el registro clowesiano, pletórico de patetismo, neurosis varias, intelectuales superados y demases, no se guarda mucha consideración para con ninguno de sus actores y actrices. Sin eximir de la posibilidad de (pequeñas) redenciones, la madre abandónica se lleva sus palos, como así también la protagonista -desde la autoconciencia, dado que narra en primera persona-, y todos los otros personajes en sus interrelaciones, en la cual el desencuentro puede ser un resultado razonable dado el partido jugado.

    Porque el mundo de Monica es uno en el cual se tiene que estar insoportablemente vivo, para reconocerse en los demás, sí, pero también en uno mismo. No se trata tanto si el nombre es american way of life o flower power, el infierno son los otros y uno mismo. Pero ante tanto látigo propio y ajeno, atisba un poco de piedad (cito textual: “(…) pero, como todo el mundo, se dejó llevar por el espíritu de época”), situando a esas bombas pequeñitas en algo que las excede, la corriente sobrehumana de la Historia, en la cual el auto sabotaje y la insatisfacción personal encuentran su cauce temporal en una época particularmente generosa en materia de choques generacionales.

    A la hora de hablar del terreno estético y narrativo, Clowes manda a todos los jugadores a la cancha. Dibujada en un estilo en iguales partes caricaturista y realista -eso significa que cada personaje va a tener su propia cara-, con colores bien estridentes -en especial los amarillos-, el estadounidense maneja grillas de viñetas bastante convencionales, para darle vueltas de tuerca en la relación entre uno y otro cuadrito (su ajustadísimo uso del montaje, las elipsis), y al interior de ellos: tensiones irónicas entre la “voz en off” del texto y la imagen, y el truco de globos de diálogo que “pisan” a otros y quedan fuera del campo de visión del lector -una materialización visual de una sustancia sonora-, como un diálogo de la vida real. Como la vida real, sí, el autor de Ghost World dio a luz una novela total posmoderna (él mismo acredita influencias del Ulises de Joyce), un edificio caótico y coherente, habitable e intolerable en igual medida.

  • Música: Discos del 2024 y esas pavadas que tanto nos gustan

    Por Gabriel Reymann

    LOS DISCOS NO CORREN CARRERAS DE CABALLOS, más vale que no. Como cualquier intento de organización de la experiencia de la vida (la mierda), esto es un mero recorte, lógicamente de discos editados en 2024. No es “lo mejor”, porque en muchos casos el criterio (aparte del gusto personal, claro) puede incluir “esto me llamó la atención” y ya. No más preámbulos:

    LO QUE ELLAS QUIEREN (eh?)

    Beth Gibbons – Lives outgrown

    La cantante de Portishead forzando a mucha gente a googlear a Sandy Denny. Algo de John Martyn por ahí, espíritu celta, brumas como en su banda, solo que el procedimiento es más de maderas que de 0 y 1s, sin sonar “retro” ni vintage. Convocante, pero no demandante. A Robert Plant le debería encantar este disco, creo.

    Arooj Aftab – Night reign

    Madera acá también, por más que haya sintes e instrumentos eléctricos. Colores locales de su Pakistán, dentro de una tesitura opaca (por algo es de la izquierda de la noche), en la cual las notas del arpa funcionan como luciérnagas. No es jazz, no es música pakistaní exactamente de raíz, no es fusión tampoco. A Liliana Herrero bien podría gustarle este disco, creo.

    Sealionwoman – Nothing will grow in the soil Dúo inglés: ella cantante, él contrabajista (y no, nada más). Brumas de vuelta, aportadas por la madera del contrabajo y también por ella. La comparación habitual para referirse a la labor vocal es con el Scott Walker post- “The Electrician” (está ok, tiene ese tipo de inflexiones estranguladas), pero yo aventuraría más Jarboe que Walker, y ya que estamos, algo de fado portugués en el espíritu general.

    Mabe Fratti – Sentir que no sabes

    Hay algo inclasificable, pero de veras y no como lugar común, en la música de la cellista guatemalteca. Es chill, puede ser indie-friendly, también puede tener un espíritu afín a St Vincent (sexy y enroscada) y al mismo tiempo, sus composiciones poseen un sentido y dirección de libertad que no se debía escuchar en la música popular desde… ¿los discos de fines de los 60’s y comienzos de los 70’s de Pharoah Sanders? Este disco sí corre carreras de caballos y está sin dudas entre los tres mejores lanzamientos del año, sino más.

    AFRICA, PERO NO POR TOTO ☹

    Mdou Moctar – Funeral for Justice

    Vuelve el príncipe del rock de Níger junto a su cuarteto. No les voy a mentir, el disco es realmente bueno, pero la verdadera verdad de Mdou Moctar en 2024 en realidad está aquí.

    Sahra Halgan – Hiddo Dhawr

    No, no es Somalía, es Somalilandia, otro territorio, de donde proviene Sahra, en efecto todos los días se aprende algo nuevo. Y de la música de la cantante también es probable que aprendas algo nuevo, o al menos distinto para tu oído: acá vas a encontrar el concepto rítmico africano del que tanto gustan rapiñar los blancos, y al mismo tiempo una estampida glam a la cual los Black Keys no llegarían en quince vidas, como en “Sharaf”, el tema de arranque. Otro destacado de este año, sin tantas vueltas.

    (NO) ES VANGUARDIA, PERO ME GUSTA

    Able Noise – High Tide

    “To appease”, el tema que abre el disco es una interpretación de una interpretación: es una canción reproducida en una casetera, acelerada en fast forward y de vuelta a la normalidad, on and on, venime a hablar de arreglos. El disco prosigue, más amigablemente, pero sin resignar apertura; al dúo (uno de Holanda, el otro de EE UU) de guitarra barítono y batería se le suman clarinete, violín y saxo, dentro de un marco que remite a compositores norteamericanos académicos (bastante de minimalismo aquí) y de los que no tienen título (90’s: Gastr del Sol, Tortoise). Importante decir que el marco es preciso, pero las composiciones tienen un carácter muy orgánico y están muy lejos de ser ejercicios de estilo.

    Ex-Easter Island Head – Norther

    Desde Inglaterra, afiliados a la Internacional de la Repetición, en la percusión o no tanto (guitarras percutidas como címbalos, engranajes vocales). De vuelta, apóstoles de académicos (Terry Riley, Glenn Branca, Steve Reich, sobre todo) y no tan académicos (el Manuel Gottsching de Inventions for Electric Guitar, por supuesto que Sonic Youth no va a andar muy lejos si justo pasaba por ahí Glenn Branca).

    Mica Levi – slob air

    Los elementos atinadísimamente organizados en 12 minutos: el pattern cíclico de batería, la melodía de cuerdas también cíclica (pero con un cambio de acorde en el lugar y momento justo), y las explosiones subterráneas de voces y graves (también oportunos dentro de su inoportunismo). Casi un loop de rock progresivo, ay bro qué mala palabra.

    EVITANDO EL ABLANDE (bueno, casi)

    Blood Incantation – Absolute elsewhere

    Está de moda (en círculos reducidos, más vale) hablar maravillas excesivas de este disco (para quien no sepa: de death metal, con guiños al rock progresivo 70’s y a la escuela de Berlín -Tangerine Dream, Klaus Schulze- de esa misma década). El disco en sí está muy bien (ojo, que tienen margen para seguir mejorando en futuros discos), tiene sentido de la dirección (estructura) y, curiosamente, están mejor las partes no-death metal que las que sí lo son.

    Oranssi Pazuzu – Muuntautuja

    Vuelve lo mejor de Finlandia (ok, después de Hanoi Rocks y Kaurismaki). Convengamos que una banda que desde su primer disco cruzaba al black metal con el dub y la electrónica, no es lo que llamaríamos purista. Ya si el anterior de 2020, Mestarin kynsi, era un pulso siniestro y multiforme, este redobla la apuesta y actúa como destilación del disco previo. De lo más personal que pueda haber ya no en el metal, sino en la música popular contemporánea, qué tanto joder. Otro que corre carreras de caballos y está entre lo mejor del año.

    VIEJITOS SON LOS TRAPEROS

    Kim Gordon – The collective/Alan Sparhawk – White roses, my god

    Veteranos alternativos/indie acoplándose a las ¿nuevas? tecnologías y decires. La ex-Sonic Youth ya tenía un disco previo en ese registro (No home record), y este probablemente lo mejore. El ex-Low ya venía de experimentar con vocoder y otras destrucciones de la expresión vocal en los últimos discos de la banda: acá, ante la lamentable pérdida de su pareja -musical y de vida- Mimi Parker, se manda solo -ya no puede armonizar- con su voz (y los efectos), sintes y beats programados. Quizá sea más llamativo que consistente (tiene momentos algo, em, exigentes, con las distorsiones vocales), pero bien puede valer una oída para los espíritus curiosos -dura 30 minutos, eso ayuda-.

    VIEJITOS, CANTEN HARE-HARE, BAILEN EL HOOCHIE-KOO

    The Cure – Songs of a lost World/Godspeed You! Black Emperor “NO TITLE AS OF 13 FEBRUARY 2024 28,340 DEAD”

    Dos de nada nuevo bajo el sol (propio), pero bien hecho. La banda transversal a todos los guetos del rock (metaleros, góticos, indies, alternativos, punks, todos los aman!) afinó mucho la puntería en la composición en su regreso a los discos de estudio tras 16 años (Reeves Gabrels aporta un toque más muscular en las guitarras, casi-casi metalero). El ensamble canadiense sigue su camino en el registro adoptado en su regreso post-2012: mayor preponderancia de las guitarras eléctricas, más estridencia, menos “cuelgue” y nada de samples o sonidos encontrados.

    OUTTAKES:

    Debe estar buenísimo, pero no llegué a escucharlo: =1, Deep Purple

    Puede estar bueno, pero no llegué a escucharlo: Nobody loves you more, Kim Deal

    Me hubiera encantado, de veras, pero no: Rack – Jesus Lizard, The last Will and testament – Opeth

    Basta por favor del quórum automático alrededor de: Nick Cave.

    Sahra Halgan y su grupo.

  • Poesía: Francisco ‘Paco’ Urondo – Mester es sin pecado

    suelta
    por el aire
    viene o se va

    no es la noche
    que sabe quedarse
    viene o se va

    se destruye
    con los pájaros y los sueños
    se descoloca y muere
    y vuelve
    viene o se va

    se queda poco entre nosotros
    le rogamos
    perdemos aquella compostura

    ganamos el silencio
    y la vergüenza
    viene o se va

    Publicado originalmente en «Nombres» (1956-1959)

  • Comics: Náufrago Morris/Fuegos – Partiré hacia la locura

    Por Gabriel Reymann

    ¿Dónde van a encontrarse los desencontrados? ¿Cuál es el espacio hoy para la aventura, para el no-adonde-ir? (spoiler alert: en la actualidad, difícilmente sea lavando papines en Nueva Zelanda, contradiciendo a los titulares de Infobae). Un espacio físico -y simbólico- propicio para el extravío, hasta bien entrado el siglo XX, era el mar, y de eso trata la doble entrada de hoy: Fuegos, del italiano Lorenzo Mattotti, y Náufrago Morris, de Pablo Franco y Lautaro Fiszman.

    Náufrago…, coeditada por Historieteca y Loco Rabia en Argentina, 2023, es un relato ficcional armado a base de escritos, diarios y testimonios -del propio Isaac Morris y otros marinos- de la época en la cual está situada la historia, esto es, el siglo XVIII. Entonces, donde las derivas y los itinerarios obedecen a hechos fidedignos -o seamos buenos: posibles o verosímiles, si hablamos de relatos para la posteridad-, es función de la historieta ir un pasito más allá, si no se busca el dar documento literal y pedagógico. De esta manera, asoman su cabeza la geopolítica, con el choque entre imperialismos (Inglaterra y España), o el elemento social de los expedicionarios (buscas en el mejor de los casos, rapaces en el más probable de los casos).

    De alguna manera, la novela gráfica funciona bien a la manera de una película. Su potencia está más en el encadenamiento de los hechos, ergo, la trama (el desahucio de estos pobres despojos humanos, que solo pueden trasladar su condición de monedas vivientes al yugo de nuevos amos y/o escenarios), que, en lo verdaderamente enunciado, o sea el guion. No hay énfasis en diálogos (o bloques de texto) de reflexión (o abstracción) sobre los hechos, es la misma madeja de acontecimientos la que forma el cuadro mayor en la mente del lector.

    Sea voluntaria o no esta retracción de las palabras articuladas, tiene sentido: Náufrago… cuenta en el aspecto visual y narrativo con un auténtico distinto del noveno arte argentino. Fiszman es un artista plástico de valía propia que logra poner en un mismo nivel de equilibrio el impacto (y la coherencia interna visual de la viñeta como unidad autónoma) y la cuestión de fondo, que no, no es dibujar lindo, sino contar una historia. Pero pasando la destreza narrativa, está lo que seguro interesa más al público de Fiszman, al que se podría describir como una suerte de cuerda tendida entre el romanticismo de Delacroix -o el momento en el que las expresiones y los escorzos se empiezan a desencajar y dejar traslucir algo más- y el expresionismo de Oskar Kokoschka -el momento en el que la realidad ya se reacomodó a la nueva música-, pero siempre con un carácter propio. Los puntos fuertes están en las antípodas: las páginas completas sin humanos, pero con mares embravecidos, y las viñetas de primeros planos, con líneas de expresión faciales estrangulándose entre sí.

    Todo este despliegue de visual de óleos marrones, azules, verdes y rojos con fuerte carga matérica se vio no del todo bien traducido a la edición impresa (uso de papel obra en lugar de papel ilustración, quizá); sería bueno que las editoriales pudieran poner a la venta una versión en e-book -aunque la física tenga cierto encanto de performance o remix del original digital, ojo-.

    1986, fecha de publicación de Fuegos (Fuocchi en el original), halla a Lorenzo Mattotti con un buen kilometraje artístico dentro del Gruppo Valvoline (que también supieron integrar, entre otros, su coequiper guionista Jerry Kramsky, Igort, Charles Burns o Massimo Mattioli), una agrupación de historietistas con vocación marcadamente experimental, y ya con una obra propia como autor integral, Incidenti. Es famoso el texto de contratapa que figura en la edición española de Fuegos de La Cúpula, de 1988: “No había sido capaz de atrapar la naturaleza en mis trabajos anteriores… He querido comunicar mi fascinación por la naturaleza. Cuando ves una película de Tarkovski o Herzog – el verde, el follaje, las nubes -, es increíble. ¿Cómo se pueden expresar esas cosas en un cómic? ¿Es posible? Este fue el desafío” es la elocuente declaración de Mattotti, respecto del espíritu de su segundo opus.

    Fuegos es, en verdad, hija de su época, el posmodernismo: se reconoce en tradiciones -y las cita-, busca deconstruirlas, aunque su honestidad y el corazón en mano la sitúan a años luz de cualquier asociación a la idea de pastiche o calificación de la obra como kitsch. Es una aventura de la aventura: podemos arrojar Hugo Pratt y su Corto Maltés (que ya en su momento de aparición podía ser una aventura de la aventura, ¡pero siga, siga!) y Joseph Conrad, pero en entrevista con Antonio Faeti*, Mattotti plantea como referencias clásicas a Dino Battaglia dentro de la historieta y a Robert Stevenson dentro de la literatura.  De esta tensión entre (torsión de) esquema clásico narrativo, y quiebre autoconsciente de límites formales, surge una obra coherente y cerrada, de la cual Mattotti emerge victorioso.

    El relato comienza con el arribo del acorazado Anselmo II en la isla Santa Ágata, territorio recientemente anexionado al estado de Sillentoe; el protagonista, el Teniente Absenta, es quien liderará la tropa de exploradores del territorio virgen, y este marco de expedición conradiana a lo desconocido -y posible locura- son las tres primeras páginas de los seis episodios de Fuegos. Lo que sigue es la progresiva transfiguración de la psiquis de Absenta, no exenta de episodios de confrontación física u acción más “clásica”, pero con un eje bien claro: el descenso (¿ascenso?) a (y recuerdo de) una realidad sensorial distinta y la lucha -por los medios que hagan falta- para resguardar un tesoro innominado, inefable.

    El espíritu posmoderno se encuentra mayormente a nivel gráfico en Fuegos. Lo que la técnica le permitiese a Mattotti hacer en ese momento, de eso echa mano: constructivismo ruso en el acorazado y sus marineros, noche de negros goyescos, expresionismo abstracto en la resolución del conflicto, tan solo algunos de los colores que muestra el abanico visual de la historia. Todo ello encuadrado en una estética general -a nivel cromático y morfológico- hija del Tigre de Franz Marc, aunque una de las mayores virtudes visuales de Mattotti sea conjugar esa fuerza direccional en el trazo con una clara expresividad cinética. Pero a no confundir: esto no es un juego de significantes vacíos. Los subalternos de Absenta están dibujados con un trazo y contorno bien definidos, y cuando éste se pierde en el vientre de Santa Ágata, el contorno de su ser y el verde se difuminan. El probado lirismo visual de Mattotti (al cual se lo asocia) termina apoyando el lirismo de sus palabras en el guion (al cual no se lo asocia tanto). Absenta es un desertor que camufla su cara para mostrar los verdaderos colores de su rostro -y el de su entorno-, y qué más se puede hacer que seguirlo.

    *publicada originalmente en 1991 en Nova Express, se puede encontrar en el muy recomendable Historias para sobrevivientes de Carlos Scolari, Editorial Colihue, 1999

  • Música: Playlist – 30 a los 30 (1994)

    Por Gabriel Reymann

    Bueno, las segundas partes…blá blá blá (aquí la primera). Treinta discos (y/o temas) que cumplen 30 años, san simple como eso.

    Tori Amos

    El fenómeno, ya no tan latente en 1984, para 1994 está bien corporizado: la cultura rock (y sus satélites o aledaños) está altamente compartimentada (posmodernizada?) en nichos (estilos) cada vez más definidos. Consideraciones subsubsubsociológicas, un vistazo al abanico (solo el elegido en la playlist), muestra una creatividad (y salud) nada desdeñable (andá a saber si podríamos decir lo mismo con 2004 o 2014).

    Portishead

    Outtakes de la playlist? Muchos: Living Colour, Mayhem, Jamiroquai, Autechre, Nick Cave, Tortoise, Dream Theater, Stereolab, Prong, Melvins, Darkthrone, Green Day (bueno, puede fallar). Sin más pavadas, el material:

  • Poesía: Raymond Carver – Madera de balsa

    Mi padre está en el fogón delante de una sartén con sesos
    y huevos. ¿Pero quién tiene ganas de comer nada
    esta mañana? Me siento tan poco pesado
    como la madera de balsa. Acaban de decir algo.
    Lo dijo mi madre. ¿Qué era? Algo,
    apuesto lo que sea, que se refiere al dinero. Contribuiré
    si no como. Padre da la espalda al fogón.
    “Estoy metido en un agujero. No puedo hundirme más”.
    La luz se filtra por la ventana. Alguien llora.
    Lo último que recuerdo es el olor
    a quemado de sesos y huevos. Toda la mañana
    estuvieron en el cubo de basura mezclados
    con las demás cosas. Algo después
    él y yo fuimos en coche al vertedero,
    a unos quince kilómetros.
    No hablamos. Tiramos las bolsas y cajas
    al oscuro montón. Chillidos de ratas.
    Silban cuando salen de bolsas podridas
    arrastrando la tripa. Volvemos al coche
    para mirar el humo y el fuego. El motor en marcha.
    Huelo la cola de avión de mis dedos.
    Me mira cuando me llevo los dedos a la nariz.
    Luego vuelve a apartar la vista, hacia la ciudad.
    Quiere decir algo pero no puede.
    Está a millones de kilómetros. Los dos estamos muy lejos
    de allí, y todavía llora alguien. Incluso entonces
    empezaba a entender cómo es posible
    estar en un sitio. Y en otro, también.

    Publicado originalmente en «In a marine light» (1988)

    Traducción de Mariano Antolín Rato

  • Comics: Lovecraft/Q – Yo hablo la noche, yo hablo mi cuerpo

    Por Gabriel Reymann

    De seguro al mito romántico (y el siempre popular efecto del artista torturado) se le fue un poco la mano con el tópico, pero en definitiva ser artista, de cualquier disciplina, se trata en primera instancia de tener algo para decir, y luego saber cómo decirlo* (ok: quizá al mito indie, a su vez, se le haya ido la mano con la deconstrucción del mito romántico aplicado a los artistas). ¿Y qué onda cuando el hablante ya está, digamos, o sea, demasiado hablado por su visión? El dilema entre poder pagar o no ese vuelto, por ahí se dan tanto un paseo Lovecraft (por Keith Giffen y Enrique Breccia, 2023 en Argentina por Hotel de las Ideas), y Q (por Santiago Musetti, 2024 en Argentina por Historieteca).

    Otra cuestión transversal a ambas historias es la proveniencia de esa visión personal creativa, o su relación con el mundo exterior. Lovecraft -escrita por Giffen, pero basada en un guion cinematográfico de Hans Rodionoff- versa sobre el detrás de escena del escritor de terror definitivo del siglo XX -el sucedáneo de lo mismo que había sido su admirado Poe en el siglo XIX-, datos biográficos comprobables entremezclados con un espacio ficcional claro. Ficción nítida, claro, porque Howard Phillips nunca jamás estuvo perseguido por las criaturas atávicas que describía en sus relatos -el gancho para el lector que permite llevar a la historia a otro plano menos literal, amén de abrirle la puerta a Breccia para que dibuje mostros-, entremezclada con los antecedentes de locura paterna, la sobreprotección maternal, la imaginación inflamadísima por los relatos orales del abuelo y el matrimonio con Sonia Greene -sí, Lovecraft estuvo casado y todo-, todos hechos certificados por la biblia de Wikipedia.

    Es un poco sicologista o conductista, directamente la cuestión: de ese cóctel donde únicamente Sonia está exenta de brindar un afecto o vínculo, de mínima, enrevesado, lo menos que puede salir es un fóbico social, llegando al punto de insinuar el guion que la neurosis familiar es herencia y destino. O más propiamente psicosis, porque el escritor de Providence, aun incrédulo y reticente, integra al mundo real con el alucinatorio, cuando por supuesto, el resto de los mortales no puede atestiguar la invasión secreta con sus ojos.

    Y en algún momento de la historia el estilo visual de Enrique Breccia integra los dos registros gráficos preponderantes: las acuarelas correspondientes a las escenas de alucinaciones, el trabajo con pluma y color directo para el plano más terrenal, en el cual el volumen lo da mayormente el trabajo de líneas, al estilo de un grabador. Ese momento de la historia es la preparación para el enfrentamiento, o mejor dicho confrontación, en el cual pasa a una impronta basada en pasteles -para finalmente volver a la pluma, tras el restablecimiento del status quo-. El imaginario lovecraftiano ha tenido cotas altas en la historia del comic -Corben, Wrightson, su propio padre Alberto-, y sin dudas por prepotencia de laburo -e imaginación, observen esa paleta cromática refulgente cuando la alucinación entra en la realidad-, Churrique se abrió paso para meterse directo en ese panteón con su labor en Lovecraft.

    Donde la posición de Lovecraft frente al mundo exterior es de un abroquelamiento, la erección de un dique para proteger su preciado mundo interior (salvando las distancias: Borges, Pessoa), la de Horacio Quiroga, protagonista de Q es su opuesto: la de escritor como hombre de acción y aventura (de vuelta las distancias: London, Hemingway).

    Y como en Lovecraft, el dato verídico (tras el homicidio accidental de su amigo Federico Ferrando, Quiroga es arrastrado por su amigo Leopoldo Lugones a las ruinas de San Ignacio para que oficie de fotógrafo en una expedición) se cruza con el ficcional (el peregrinaje viene acompañado de unas cuantas delirios y acechanzas por parte del fantasma de Federico). Otra curiosa simetría es la ya mencionada relación entre Quiroga-Lovecraft (temeroso, lógicamente culposo por el luctuoso suceso) y Lugones-Sonia (confiado en sí mismo y confiando en Quiroga, como ser humano, como fotógrafo).

    La presencia de lo irracional, lo monstruoso, es otro factor en común a ambas historietas. Pero es probable que hasta ahí lleguemos, porque más allá de la diferencia sustancial de mentalidades en los escritores (puertas adentro vs. salir a explorar) en Q la presencia de lo irracional no se limita a las amenazas fantásticas, dado que el ambiente natural hostil (ok: de vuelta el romanticismo) es algo más que una locación para el viaje al fin de la propia noche (con lo que volvemos a los matches: tanto en Q como en Lovecraft, los protagonistas se confrontan consigo mismos, tete a tete).

    Pero volvamos al juego de las diferencias, ahora en la impronta visual: Musetti encara Q totalmente en blanco y negro, en un estilo fuerte, sucinto y expresivo (pese al aire a Alberto Breccia, no expresionista: no busca impresionar ni se desgarra, y está lejos de solemnidad alguna), con una destreza narrativa envidiable para un autor, encima novel: lugar para que el silencio pueda encauzar el relato, saltos de viñeta a viñeta con sabias dosis de elipsis, variedad de encuadres. Tanto como Q como Lovecraft, para alzar la copa de la síntesis, hablan y ponen en puesta una exuberancia incontrolable, puertas adentro o puertas afuera de la cavidad craneal.

    *puede ser al revés en el plano temporal, parafraseando a Godard. El orden de los factores no altera el producto.

  • Comics: La casa/Virus Tropical – Traición, familia y propiedad

    Por Gabriel Reymann

    Dijo el poeta argentino Fabián Casas “parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia”, pero opongámosle, mediemos con, el verso non-family related de Pete Townshend “juntémonos antes que nos pongamos demasiado viejos”, porque un poco eso es la sociedad y aún más su denominador común más básico -el núcleo familiar-, por mucha «reinvención» incel de la rueda de los contratos sociales que pueda haber a nivel mundial: no elegimos esto, pero tratemos de ponernos de acuerdo. A priori La casa de Paco Roca (Hotel de las Ideas, a reeditarse en este año en Argentina) y Virus Tropical de Powerpaola (Musaraña, reeditada en 2023 en Argentina) no parecen parientes historietísticos muy cercanos, pero, en una de esas, se sientan a la misma mesa.

    Ay, las palabritas mágicas, novela gráfica autobiográfica, pero no: Roca basó su comic de 2015 en su experiencia personal, pero no respetó al pie de la letra las vivencias personales, e hilvanó un argumento -con muchos de los sinsabores y faltas de resoluciones típicas de la vida real-, pero argumento al fin. La casa justamente identifica un momento un momento inevitable -por biológico, simplemente- para aquellos que transiten la amplia franja etaria entre los treintaypico y los sesenta: la partida del plano físico del último padre (o madre) con vida y el “bueno, ¿qué hacemos con la casa familiar?”. Cada hermano en la historia ocupa su espacio/rol definido: el mayor con la cruz -autoinfligida- de “hacerse cargo de todo”, el del medio algo en cualquiera, la menor no desentendida, pero sí con algo de “la última en llegar”. Y todos ellos con sus parejas/familias a cuestas -quizá los mejores personajes, los que se dan mayor espacio a la reflexión y/o la distensión, seguramente por la carencia de obligación directa-.

    Llevados con un dibujo muy engañosamente simple -más un trabajo de decantación de un estilo realista que algo simplista-, un oído atento para dejar lugar a los diálogos certeros, como así a los silencios o la deriva visual del ojo narrador por los recovecos de la escena, el autor de Arrugas pone en escena una historia sobre la vida de los espacios arquitectónicos, su falta de “inocencia” -o sea los lastres que pesan sobre ellos, pero también las victorias, pequeñas o no-; un acercamiento a como imprimimos nuestra conciencia en los lugares que habitamos y los efectos residuales que permanecen luego.

    Decantación también hay en la minuciosa cadena de observaciones de los vínculos sanguíneos que practica el artista valenciano en La casa, poniendo la lupa en un comportamiento que no es privativo de las relaciones familiares, pero sí muy característico de ellas: el autocompletar de los roles -propios y ajenos-, azuzado en especial por la falta de diálogo. Cuando no se hablan ni mencionan -bien, mal, elegantemente o no tanto- las divergencias frente a los hechos y/o puntos de vistas, el prejuicio se hace lugar y osifica las percepciones de uno mismo y los demás, sea para poder erigir un simple marco explicativo, o bien para resguardarse del juicio ajeno.

    Donde, sin renunciar al humor, La casa acomete un tono más bien elegíaco, melancólico, Virus…, la ópera prima de la ecuatoriana-colombiana se mueve en las aguas del melodrama(queenesco): en términos cinematográficos, algo así como Fresas salvajes de Bergman vs. Qué he hecho para merecer esto de Almodóvar, si se me permite el paralelismo. Es entendible la diferencia de tonos, teniendo en cuenta que La casa inicia desde una pérdida consumada y Virus…da el salvo inicial desde un florecimiento, la concepción misma de la autora (ella misma el “virus tropical”, término que usa un médico para rechazarle de cuajo a la madre de Paola la posibilidad de estar embarazada). De ahí, hasta la adolescencia más avanzada, y dividido en capítulos temáticos, se atraviesan distintos tópicos -desde la correspondiente perspectiva de la edad- como la educación, los (primeros) amores, el dinero, la identidad o el descubrimiento del sexo.

    Los conjuntos “La casa” y “Virus tropical” hacen intersección en la jerarquía de los roles intrafamiliares dentro de sus tramas. Arrancando por la figura paterna del exsacerdote (ausente, hoy decimos abandónico) y el reacomodamiento de las piezas tras su deserción: la madre intentando mantener las naranjas en el aire como puede, la hija mayor rebelde que hace la suya, la hermana del medio, celosa de Paola, que avanza a un rol más maternal tras la separación paternal, Paola la hermana menor pegote que busca ejemplos y cobijo. Se trata casi de una cuestión de posiciones, casilleros en un tablero imaginario, que no pueden quedar vacíos. La madeja familiar en Virus… es una organización de algo que no se sabe bien qué es: planetas que no están necesariamente en la misma órbita y sin obligación alguna de aunarse en un proyecto común -más allá del afecto y sus limitaciones-, hablados por mandatos de vida y expectativas ajenas, esos castillos de arena que se disuelven en el mar de los que hablaba Hendrix.

    En esa escena inicial de la fecundación (!) con un zoom out que termina llevando a las calles de Quito, o en las viñetas que contradicen la información visual o verbal del cuadrito que las precedió, ya se puede apreciar un más que interesante entendimiento de la narrativa, por lo general estructurada en una grilla de cinco o (más seguido) seis viñetas. Difícil que no llame la atención el apartado estético, por la transgresión de casi todas sus normas académicas básicas: perspectiva, bidimensionalidad, proporciones del cuerpo humano. Al mismo tiempo, hilando más fino, esta historia no podría estar dibujada de otra manera (sea por Powerpaola misma o por otro dibujante): ese trazo liendre no puede estar disociado del contenido del relato, su unidad como obra. Esa intersección de torpeza y candidez en el dibujo es la misma que habita en el núcleo de la historieta.

  • Música: Playlist – 40 a los 40 (1984)

    Por Gabriel Reymann

    Puede ser por pura arbitrariedad, por cumplir 40 años el principal -único, bah- redactor de este sitio, porque siempre es divertido armar playlist(a)s o infinidad de motivos más. También porque, a la perspectiva, resulta más complicado armar esta lista de 40 discos (temas) que cumplen 40 años, por ver quien queda en el banco de suplentes que por rascar la olla para completar.

    Felt

    El muestreo -dentro del rock y aledaños, claro- es amplio de veras: synth pop, heavy clásico, thrash, proto-metal extremo, rock gótico, art rock(pop), post-industrial, glam metal, neopsicodelia, post-punk, rock alternativo y clásicos bien mainstream. Para quienes quieran aun más, estos son algunos de los artistas que quedaron fuera, sea por falta de disponibilidad en Spotify o pura prerrogativa: Queensrÿche, Saxon, Dio, W.A.S.P., Voivod, Mercyful Fate, Coil, Foetus, The Smiths, Nick Cave and the Bad Seeds, Lou Reed, Sade, The Stranglers, Butthole Surfers, Hanoi Rocks, Bathory, King Crimson, Yngwie Malmsteen, Madonna, y en el plano local, Charly Garcia y Virus, nada menos.

    Judas Priest, faltaba más

  • Comics: Borgia – Tu carne es arcilla

    Por Gabriel Reymann

    Psicomagia a un costado, el peso específico del chileno-francés Alejandro Jodorowsky durante la segunda mitad del siglo XX -y lo que va del XXI- está puesto en valor tanto por su labor cinematográfica (Fando y Lis, La Montaña Sagrada, Santa Sangre) como historietística (La casta de los Metabarones, Alef Thau, El Incal). La temática transversal al grueso de su obra en ambos campos -ya en la asíntota de la reiteración del tópico, dicho sea- es la idea del sacrificio*, en particular la automutilación por parte de sus protagonistas como metáfora de abnegación para alcanzar un estado superior de iluminación. Una persona difícilmente pueda cambiar su esencia, pero quizá sí su punto de vista; Borgia, sobre la casa nobiliaria romana, realizada junto al italiano Milo Manara, propone un giro copernicano dentro de la estética jodorowskiana. Aquí el protagonista es quien dispone la mutilación de cuerpos ajenos para encontrar su propia, em, realización: poder, en menos caracteres.

    Borgia no se trata tanto de un racconto histórico lineal preciso -por más que hagan cameos Da Vinci, Botticelli y siga una clara línea cronológica-, como de un amplio telón que sirva de marco referencial para la exhibición del despliegue de una organización criminal-familiar: ahí es donde se pueden insertar sin problemas las comparaciones con Corleones, Sopranos o Puccios. Y es donde se halla una de las claves de la historieta: el delirio/carácter visionario/megalomanía del cardenal -luego Papa Alejandro VI- Rodrigo Borgia, el pater familias, vislumbra la erección -sí- de un imperio a través de la consolidación del vínculo familiar con sus hijos. De la manera que haga falta: haciendo coger a los hermanos entre sí (¿esto, de dónde me suena?), disgregándolos cuando sea necesario, obligándolos a contraer matrimonios de cartón para anexar territorios, medios para un fin**.

    Esa edificación de una red de dominio territorial de poder está desplegada en un dispositivo por parte de Borgia que haría sonrojar a aquellos politólogos de stream que admiran la homeopatía de la crueldad por parte de líderes (sic) políticos. El Papa vislumbra las estrategias a adoptar -siempre en función de un carácter simbólico aleccionador- para ejecutar luego puestas en escena o simulacros, huecos de significado racional alguno, pero no de materialidad, lo que nos lleva de vuelta al comienzo.

    Qué es el poder sino -en una de sus tantas variables- la disposición de existencias ajenas, he ahí otra clave de Borgia. Y en el siglo XV no existían ni la desmaterialización ni Baudrillard ni la realidad virtual ni los drones: los cuerpos son aquello de lo cual se dispone y expone (aún más y de manera más obscena que hoy). La tortura, la ejecución sumaria, el pillaje y la rapiña son la parte verdadera, no-falsaria de esas puestas en escena***. Y por más que las formas barbáricas den paso -a través de los siglos y sus revoluciones- a formas más «civilizadas» o los cadáveres estén entre las cuatro paredes de biombos, el condicionamiento y “organización” del ser social aquí y entonces es prácticamente el mismo: riqueza, poder eclesiástico, capital financiero, corporaciones transnacionales, pueden cambiar apenas las denominaciones, pero es el mismo templo donde se pronuncia la última Palabra.

    ¿Qué sentido hubiera tenido poner al frente de la faz gráfica a un dibujante grotesco o expresionista para retratar el tráfico de sangre, heces, semen, bilis y moscas por el caudal del río de la trama? Ninguno. Un dibujante apolíneo e italiano -y uno de los mejores en lo suyo- como Manara es prácticamente la única elección posible. En una versión mucho menos sintética de sí mismo, el maestro se une a otras aguas del acervo cultural de su país, emergiendo el énfasis en los volúmenes y la atención anatómica como un enlace con los míticos frescos de Miguel Ángel Buonarotti. La edición argentina por parte de Merci, en 2021, es de una factura técnica impecable para la apreciación del arte en particular, y la obra en general.

    *ver la figura del mazo del tarot, “El ahorcado”. Jodorowsky es también tarotista.

    **Nicolas Maquiavelo es otra figura histórica que asoma su cabeza por la historia para decir “hola!”

    ***porque en todas las épocas históricas, no importan los troll centers o la inteligencia artificial: cuando hay hambre, hay hambre, cuando uno se muere, se muere. El trending topic importa por un rato, después los balazos siguen haciendo sangrar, los platos siguen vacíos: aun teniendo doxeo y esas prácticas, a la corporalidad no hay con qué darle, mi viejo.