Por Gabriel Reymann
Dentro de la cárcel de huesos y vísceras, la mente humana media entre el interior de esa penitenciaria y todo lo que está fuera de ella, el clásico sujeto y objeto, respectivamente, de la filosofía. Si al partir de esa base, la mente humana puede ser un traductor no muy fiel, ni hablemos de cuando se encuentra con otras mentes pares asediadas por precarización laboral, cambio climático, la falta de compromiso emocionar y mandatarios émulos de Michael Scott, solo para remitirnos a la coyuntura actual. Los cortocircuitos de la mente, todo lo que no encaja, y el intercambio con los lapsus ajenos; un poco por ahí van Mirame, de Diego Agrimbau y Tomas Aira, y Dusko: Cinco Historias, de Pablo Vigo.

Puesta en la calle en 2023, en un formato símil prestige, por la editorial argentina Primavera Revólver, tras una serialización virtual entre 2017 y 2020, Mirame tiene una premisa muy sencilla. La historia inicia con la doctora Capri ingresando a una casa con dos pacientes psiquiátricas -Lucila y Zina, a las que se les sumará un tercero, Juan- para iniciar un proceso de externación o tratamiento ambulatorio. Tras unas pocas páginas, vemos que en realidad son actores representando una pasada de una obra de teatro. Fin de la premisa, pasamos a “en realidad”.

Porque “en realidad”, las actrices/actor también se llaman Capri, Lucila, Zina y Juan respectivamente. Lo importante es el viaje y blábláblá, pero los spoilers sí existen, y quien se dedique a criticar/reseñar obras de arte, tiene que saber quebrar la cintura con la suficiente elegancia para no ofrecerle la obra desmenuzadísima al lector. Mirame es una suerte de campera o frazada reversible historietística que no cierra su sentido al lector; sus cimientos son ese entrar y salir de caracteres de ficción, el turismo psíquico, y todas las fronteras identitarias -difusas- que puede llevar a cuestas el sacerdocio de la actuación, elevados a un paroxismo, que es parte Opening Night (1977) de John Cassavetes y parte Perfect Blue (1997) de Satoshi Kon, puestos a dar referencias cinematográficas que oficien de posible mapa sin hundirse en el spoiler. Ese basamento está apuntalado por una más que atendible caracterización del mundillo teatral del mundo real, con sus egos, inseguridades, castings sábanas, celos profesionales, euforias de estreno y demases.

Y un buen mérito de esa carnadura de los personajes le cabe al dibujante Aira. Partiendo de proporciones anatómicas más estiradas/largas que lo habitual (¿alguien se acuerda de Aeon Flux?), el autor de Índigo dota de características particulares a cada actor/actriz: Juan y Zina más esbeltos -esta última más exuberante también, a tono con su personalidad-, Lucila más apocada, Capri con sus caderas anchas, sin trazo grueso berreta mediante. Literalmente hablando de trazo, el grafismo de Aira es una concurrencia de cualidades que no coexisten muy a menudo en un mismo dibujante; es un estilo sintético no exento de detalles en estratégico lugar, de porte cuasi-quebrado y muy elegante al mismo tiempo. Tanto por lo cromático (fuerte predominancia de marrones y violetas), como por lo narrativo (predominancia de grilla de cinco o seis viñetas, alguna aparición de grilla de nueve, uso sabio y preciso de las secuencias mudas y el ritmo en general), se aprecia una concepción considerablemente estructural a la hora de presentar la obra -historietística-.

Saltamos atrás en el tiempo, 2021, otra edición no-libro (es una revista, y ya) de 32 páginas, lanzada a la calle por editorial Maten al Mensajero; es Dusko: 5 Historias, por Pablo Vigo, autor de Lo Salvaje. Puertas adentro del mundillo del comic, las coordenadas fáciles de asociación con el trabajo de Vigo son básicamente el sindicato de pelados estadounidenses independientes (Charles Burns, Chris Ware, Daniel Clowes, entre otra gente no calva, ok), que, vale la pena decirlo, son coordenadas que habilita el propio autor al reconocer a esos calvos como influencia. Pero hay varias mañas propias dentro del laburo de Vigo, como para poder presentarle su obra a gente que no tenga ni la más pálida idea quien es Charles Burns, so here we go.

Visual y narrativamente, Pablo Vigo suele moverse en carriles muy ordenados, para decirlo de un modo que no es precisamente una disminución, sino por el contrario. Es un campeón en la expresividad de la anemia: rostros y gestos traslúcidos, que no se desencajan ni entran en espasmos violentos, por lo general. Es una procesión interior exteriorizada a través de elocuentes miradas de ojos entrecerrados, entrecejos fruncidos y todas las pequeñitas arrugas que derivan de ese optimismo ante la vida. Su narrativa también engaña sin estridencias ni grandes saltos al vacío, pero se mueve en un abanico de grillas de viñetas de diversa cantidad (de cinco a diez), manejando esa diversidad de cifras con un criterio del tiempo narrativo de veras muy quirúrgico -y dentro de ellas, unos considerables matices, tanto de encuadres como de elección de lo mostrado y lo que no-.

Hay en esta selección de historias cierto fantasma recorriéndolas, y para mal citar a Lacan, es la metonimia de los objetos, o sea las historias, personas y recuerdos asociados a las cuales llevan -o desvían y traicionan, incluso- esos objetos de uso diario. Ese plano simbólico es acusado ya por los propios títulos de tres de las historias: “Aloe vera” -cuya planta del título funciona como escape de algo que va en paralelo a lo que se presenta como la trama principal-, “La taza” con su racconto ridículo/neurótico de la infancia y una melancolía subyacente, y la más contundente de todas, las dos páginas de “Dos pinturas”, una apropiación muy atinada de los bueyes perdidos del insomnio nocturno que desemboca en una confesión neurótica, muy sutil, paradójicamente, si hablamos de neurosis.

Las tres historias están rodeadas por las más extensas, y que también se acercan de manera un poquito más “tradicional” a los géneros: la que abre, “Combustión”, en un registro de misterio/policial, la que cierra, “Aparición en el 7º A”, en un tono más sobrenatural, y porque no, de terror. Hechas esas observaciones, son Vigo puro: la primera funciona como una legión de nubes (conflictos) en roce continuo, dispuestas a entrar en precipitación -pero sin hacerlo dentro del campo de visión del relato, al menos-, la segunda cargando las tintas sobre lo traumático, lo reprimido y -claro- su inevitable retorno. At last, but not least, es destacable el cuadro social que pinta Vigo de cierta clase social argentina contemporánea, compuesta de relaciones (familiares, sexo afectivas) endebles -para catalogarlas de manera generosa-, cuyo status cultural es bueno -aunque quizá no altísimo- y el económico no es bajo, pero tampoco alto y cada vez parece acercarse más y más a la base de la pirámide.























































