Vete, día maldito;
guarda bajo tus párpados de yeso la mirada de lobo que me
olvida mejor;
camina sobre mí con tu paso salvaje, simulando un desierto entre
el hambre y la sed,
para que todos crean que no estoy,
que soy una señal de adiós sobre las piedras;
cierra de par en par, lejos de mí, tus fauces sin crueldad y sin
misericordia,
como si fuera ya la invulnerable,
aquella que sin pena puede probarse ya los gestos de los otros;
y tiéndete a dormir, bajo la ciega lona de los siglos,
el sueño en que me arrojas desde ayer a mañana:
esta escarcha que corre por mi cara.
Aun así, he de llegar contigo.
Aun así, has de resucitar conmigo entre los muertos.
Publicado originalmente en Los juegos peligrosos (1962)

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