Por Gabriel Reymann
El autor, el artista con auténtica impronta, es, de alguna manera -si se me permite la “metáfora”-, un cauce que logra encontrar su camino más allá de cualquier condicionamiento banal: medios, formatos, censura inclusive. Ahora, que mejor autor, que aquel que no se ceba en su (posible) propia importancia y pone lo mejor de sí en empresas vistas, a priori, como poco trascendentes.
Traducción: la historieta, en especial de la segunda mitad del siglo XX, con su etiqueta de “arte menor”, es un terreno fértil para creadores capaces de ofrecer un producto con sustancia sin creerse unos tipos muy astutos. Ray Collins en guion y Arturo del Castillo en dibujos, dos talentos notables, confluyeron en El Cobra, en la Argentina de los 70’s, para ofrecer una lectura de entretenimiento y profundidad en igual medida.

Collins, seudónimo para Eugenio Zappietro (1936), es, como Alfredo Grassi o Ricardo Ferrari, uno de esos orfebres ilustres de la historieta argentina, que no gozan del mismo prestigio -y los reflectores- de los figurones del guion de comic argentino (HGO, Wood, Trillo, Barreiro, Agrimbau más cerca en el tiempo), aunque sí son objeto de reconocimiento por parte del lector algo más enterado. El Cobra y Precinto 56[i] son, junto a Garrett, también realizada con del Castillo, algunas de las joyas de su corona, pero para las editoriales Récord y Columba el hombre realizó ingente cantidad de páginas, entre las que series como Henga, Águila Negra o Rocky Keegan figuran entre las más recordadas.
¿Cómo abordar a Arturo del Castillo para esbozar una mínima introducción de su figura? Voy a aventurar que pertenece al panteón imaginario de grandes historietistas extranjeros que la Argentina adoptó, o directamente apropió -Alberto Breccia, Hugo Pratt, Robin Wood, los otros integrantes de ese imaginario olimpo-. El dibujante chileno -que tenía un hermano colega, Jorge, de estilo opuesto al de Arturo, pero igual de fascinante- fue otro enorme obrero de la historieta. Sin haberse “casado” con el género[ii], su principal aporte giró alrededor del western: Randall y Loco Sexton con Oesterheld, la ya mencionada Garrett, Comanchero junto al mencionado Grassi, o más cerca en el tiempo, obras realizadas junto a un joven Eduardo Mazzitelli, como El vengador o La Bestia. Y hay otra buena manera de empezar a aproximarse al mundo de Del Castillo: vayan y lean las palabras que le dedica a su obra Oscar Masotta en La historieta en el mundo moderno, que aparte de guardar sumo interés sobre el arte en sí del chileno, son un ejemplo sobre como escribir sobre estética -sí, me atrevo a decir tanto-.

Pero todos esos rodeos que di no me van a impedir hablar sobre el trabajo de Del Castillo en El Cobra, para qué mentir. El dibujante de Randall estaba claramente inscripto en cierta escuela académica de ilustración (Dana Gibson, Frank Godwin, Joseph Clement Coll) y la historieta (por supuesto Alex Raymond, y la referencia local, el enorme José Luis Salinas) sin ser jamás un sucedáneo de tales figurones; para la época de El Cobra, mediados de los 70’s, conservaba toda la precisión anatómica, gestual, de documentación de indumentaria y locaciones que requiere pertenecer a esa estirpe, pero mostraba una depuración que lo convertía en, si me permiten el oxímoron, una suerte de barroco austero[iii]. Se aprecia mucho detalle, toques, en rostros, vestimentas y espacios, pero está tan bien equilibrado por el contrapeso de los espacios vacíos, en blanco, que nunca abruma; esa unidad de equilibrio se respeta al interior de cada viñeta, pero también en el marco general de la página, o sea, en el diálogo de viñetas entre sí. Lo tonal y narrativo fluyen con destreza.
Esa totalidad compositiva podría trasladarse también a la unidad constitutiva de la gráfica del chileno: todo es línea en él -aun cuando aparecen por momentos ciertos manchones de pincel algo más abstractos- y la representación parece ser simplemente una gradación de un continuo del trazo, de las masas de negro a los meros contornos, pasando por su característico uso de las tramas mecánicas.

Sea para presentarle El Cobra[iv] a alguien que no lo haya leído nunca, como para alguien que se lo sepa de memoria, la mejor manera para hablar a ambos públicos, es hacerlo sobre temas, y básicamente se pueden establecer dos ejes temáticos sobre la obra.
Uno, son las condiciones materiales, sociales, del ser humano, que podrán cambiar según el país y la época, pero con reservas. Despojar o arriar gente lejos de sus tierras, ya estaba allí, por más que no fuera conocido como gentrificación en el Lejano Oeste -ni en los 70’s siquiera-; raro hubiese sido hablar en el EE UU del siglo XIX de la riqueza y el capital como verdadero poder y principio rector de la sociedad, y menos aún por aquella época, plantear que, en esa cadena de disponibilidad de seres humanos, a la mujer le va a tocar ser la base de la pirámide de lo más disponible de todo.
No se trata de leer con anteojos del siglo XXI las condiciones de posibilidad de existencia en el siglo XIX; es percibir que las mutaciones, son solo eso, refinaciones -siendo generosos- de asuntos muy afincados y que la historia no se calca a sí misma, pero a veces se superpone.
Lo que se extrae en segundo lugar guarda relación con lo anterior, pero al mismo tiempo lo excede: la miseria puede estar relacionada con el estomago que ruge, pero no se restringe solo a eso. Aparte de la prepotencia, la violencia y la coerción, la figura del protagonista encarna a la perfección el arquetipo del cowboy solitario sin destino al cual recurrir -volver-, pero el tono general, aplicado tanto a él como a los secundarios que aparecen -y desaparecen, por el mencionado nomadismo-, versa sobre la dignidad y la realización del ser; da lo mismo si para encontrarlas ese movimiento se efectúa dentro de la vida, o fuera de ella, a lo que hay que ir es al destino propio[v].

Collins/Zappietro realiza pequeños guiños literarios con algunos nombres propios en El Cobra: así desfilan Hemingway, Mallarme o Baudelaire. Es humorada y referencia, pero no pechada de pretensiones o requerimiento de validación ajena por aludir a la alta cultura. De una manera similar -con las distancias del caso-, como ocurría con los cada vez más enormes westerns de John Ford, que no trataban sobre blancos e indios cagándose a tiros, sino sobre el fuero interior de los humanos y sus relaciones con otros humanos, Zappietro y Del Castillo solo se sentaron a crear historias, no pensando en la Historia y la posteridad, sino poniendo lo mejor de sí -que no era precisamente poco- en un entretenimiento de, a priori, acción y aventura pensado para jóvenes masculinos heterosexuales argentinos de mediados de los 70’s. Era tanta la carnadura y potencia del caso, que su lectura se revela igual de buena, o mejor, cincuenta años después.

[i] Ya escribí sobre ella acá.
[ii] Del Castillo realizó adaptaciones a la historieta de El hombre que ríe de Victor Hugo, o Los tres mosqueteros de Dumas.
[iii] Esto sirve de perillas a la cuestión representativa del western: los enormes espacios abiertos de EE UU, y, si me apuran un poquito, la NADA. Es interesante poner en diálogo la estética del chileno con la estética de otro maestro de los enormes espacios abiertos -pero ya de Latinoamérica-: Enrique Breccia.
[iv] La referencia de esta nota es el libro de Récord, de la serie Coleccionistas. Hay en Argentina uno de edición reciente (Deux) que comparte material con el de Récord. Es valido aclarar que Del Castillo solo dibujó las primeras doce historias del personaje, que siguió a cargo de Collins con Miguel Ángel Repetto en los dibujos. En España, Laramie también ha editado El Cobra dibujado por Del Castillo; no he tenido ningún ejemplar en mis manos, pero confío en la calidad de su edición, casi a ciegas.
[v] Fantaseé -una milésima de segundo- con escribir un texto sobre El Cobra solo con citas de didascalias; las reflexiones de narrador que efectúa Collins. Transcribo apenas un par, al azar: “mala cosa es que el hombre no pueda volver la vista atrás, ni a sus recuerdos. Mala cosa si no tiene una mujer cerca, que se los haga enterrar…”
“Matar es cosa fácil para un hombre que vive de su pistola…es más difícil vivir, construir, amar y creer en algo…”

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