Comics: Tell me, Dark – Brumas en la bruma

Por Gabriel Reymann

Es un problema no precisamente menor, ser el testigo de la caída ajena desde un puente al río, como le ocurrió a Clemence, protagonista de La Caída, de Albert Camus. Ahora sí, como le ocurre a Michael Sands, protagonista de Tell me, Dark, quien estelariza la caída es uno mismo, ya es otro precio, aun cuando Sands viva para contarlo. Esa zambullida involuntaria en las aguas del Támesis, es la punta del ovillo narrativo del cual empezar a tirar para desandar la novela gráfica de Karl Edward Wagner, Kent Williams y John Ney Rieber, editada en 1992 por DC Comics.

Lo referido al ovillo proyectual está en algún lugar más allá de lo estrictamente autoral y el trabajo por encargo. Es simple: muchos dibujantes de historieta tienen ganas de dibujar algo, tema/situación o personaje específico, y así comienza todo[i]. En el caso de Tell me… el puntapié fue el ansia por parte de Williams por dibujar (pintar, en este caso) ciertas situaciones. De allí al contacto con el escritor Karl Edward Wagner (1945-1994), cuya labor al guion no satisfizo las expectativas de los editores en DC, y ello llevó a una reescritura parcial por parte de un alumno de Wagner, John Ney Rieber[ii].

Juzgando el resultado, lo que tenía ganas de ilustrar el autor de Blood: A tale, es la constante a lo largo de su obra (pictórica, historietística): la figura humana -aun más, al natural o desnuda-, en el esplendor de esos escorzos enrevesados y torturados -herencia de Egon Schiele- y esas expresiones porfiadas, de miradas huidizas, que en esta historia sientan particularmente bien.
En este comic es de particular importancia el marco, léase la Londres irreal que exhibe Williams, cuya misma irrealidad la vuelve precisamente más real. Blanco, negro y gris reinantes en lo cromático, toques estratégicos de ocres y amarillos, casi nada de verdes y azules, y rojos reservados a un solo personaje, de apariciones impactantes.

La puesta en marcha de todos esos intereses visuales es algo caótica, en especial en lo referido a lo argumental, pero no exenta de mérito. Sands es la típica estrella de rock reventada -tropos aun corriente para comienzos de los 90’s-, que, tras su recuperación de la caída en el Támesis, regresa a Londres para emprender el inevitable e inútil rito de recuperar a su amor perdido -tropos inoxidable de cualquier arte[iii]-, así esa mujer, Barbara, sea quien lo haya mandado al fondo del río y, para mayor inri, ahora parezca estar enganchada en un culto satánico subterráneo.
Ese último tropo, sin ser una jugada absolutamente impredecible, ayuda a cocinar un plato algo más particular; ¿puede la ciudad como espacio llano, verídico, gris, oxidado e industrial-sin-industrias albergar un espacio para el mito, o cualquier tipo de ritualización desligada de la experiencia estrictamente terrenal y “racional”? Ese marco puede explicar también cierta “doble entrada” de la historia: esto es sobre posesión, del Deseo y la sobrenatural, del Otro (la relación pareja Sands- Barbara) y el Otro siendo poseído.[iv]

Probablemente, buena parte de esta cristalización incompleta de Tell me, Dark como obra cerrada, provenga de los devaneos editoriales que llevaron a tener más manos de las recomendadas involucradas en la realización del guion. Pero a toda esa puesta en escena[v], la dispone sobre la mesa el motor inicial de todo esto, el arte de Kent Williams. Mixtura muy amplia de técnicas que, quizá a priori, no deberían funcionar del todo bien juntas, lo hacen: óleo, acuarela, lápiz, tintas… ¡fotocopiadora![vi], lo cual conecta a su vez con el aspecto narrativo: seguramente para optimizar tiempos frente a técnicas tan lentas y laboriosas como el óleo, Williams repite, altera y re-secuencia varias imágenes ya presentadas. Es también una suerte de aduana paralela de lo narrativo; quien, viniendo de las Bellas Artes como Williams, no domina(ba) por completo el lenguaje intrínsecamente historietístico, halla un atajo por pura necesidad en el acervo del lenguaje gráfico/publicitario.
Toda esa conjunción de puesta en escena visual y narrativa, es la que le dio a Williams un premio del Salón de Lucca en 1990 al mejor artista extranjero de historieta y termina de asegurar que Tell Me, Dark siga siendo un lugar opaco, fallido y fascinante al mismo tiempo, para visitar.

[i] Moebius en los 70’s me viene como ejemplo perfecto a la mente.

[ii] De posterior fama en The Books of Magic, en Vertigo/DC y Captain America, en Marvel. Por esa época reincidió con Williams para Marvel (Wolverine: Killing, atendible y por encima de los productos mutantes de esos años) y realizó Shadows Fall, junto a John Van Fleet, para DC/Vertigo, suerte de prima hermana de Tell me, Dark, que quizá aparezca un día de estos por este sitio.

[iii] Cito a la historieta: “lo que es no importa, lo que importa es lo que era y lo que pudo llegar a ser”

[iv] Salvando las claras distancias, no puedo evitar pensar en The cat people, el clásico film de Jacques Tourneur. También en el plano cinematográfico, y de vuelta salvando las distancias, esta mezcla de fantástico oscuro-urbano con tintes filosófico-existenciales puede linkearse a (la gran) The Addiction, de Abel Ferrara.

[v] Vale la pena aludir al diseño integral del libro, con sus portadillas con citas de poemas de Las flores del mal de Charles Baudelaire.

[vi] Que un poco funciona como equivalente gráfico del sampler en el rock de aquellos años, un elemento para citar y deformar.


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