Comics: Pandemonia – Si requieres su monumento, mira a tu alrededor

Por Gabriel Reymann

De una obra de teatro de la autoría de Jean Paul Sartre provino la frase “el infierno son los otros”, y, si bien su significado no era literal, como la lengua popular todo lo resignifica, esa fue la interpretación del enunciado que terminó primando. Pero ya que estamos por la senda de la literalidad, aumentemos la frase a “el infierno son los otros Y UNO MISMO”. El guionista Diego Agrimbau, junto a uno de sus cómplices más tenaces, Gabriel Ippóliti en dibujos, nos ofrecen Pandemonia, con edición reciente en Argentina a cargo de Hotel de las Ideas, para mostrarnos nuevas vías para llegar allá al horno donde nos vamos a encontrar.

Es difícil registrar el momento exacto en el cual pasamos a hablar de neoliberalismo (capitalismo como única vía posible, que ya ni quiere entregar “migajas”) a… otra cosa, que no pocos llamarán “tecnofeudalismo”, y yo preferiría denominar “monotributización de la experiencia”: un capitalismo precarizado que ya ni siquiera ofrece un cierto confort, o estabilidad, por el cual vender el alma, y (el refuerzo de) un discurso único como andamiaje ideológico de ese deterioro perenne, que recupera y mezcla en el mismo tacho, filosofías milenarias junto con bazofias seudo espirituales -ya saben: vos podés ser tu propio jefe, si sucede, conviene, y demás eslóganes que establecen implícitamente que las condiciones están dadas, no sea cuestión que vayas a pensar que tu problema es colectivo, y no individual, and so on and so on-.
Nuestro protagonista -no héroe, villanísimo– de Pandemonia, Uriaki Posta, es básicamente uno de los típicos exégetas de esta ideología cualquierista pro status quo: es un gurú de charlas motivacionales, pero lo podríamos enviar al mismo lote de la neurociencia, el coaching ontológico y mejor paro acá.
Posta tiene un accidente fatuo -se atraganta con una aceituna-, se muere y el precio a pagar por sus obras en vida lo lleva al Infierno, aunque él esté totalmente convencido que eso sea una decisión injusta.

De allí se abren las dos ramificaciones de la trama de Pandemonia, no tan paralelas: este entrañable estafador -en su máxima expresión, no solo acotado a las charlas motivacionales-, y su periplo infernal para demostrar su inexistente inocencia, y, por otro lado, el desarrollo de un conflicto palaciego y burocrático en el Inframundo.
Uriaki es, en efecto, un convencido de su no culpabilidad, aun cuando ubicado en el banquillo del juicio lo confronten con su larguísimo historial de timos de toda índole, cuélguenle el cartel que más crean adecuado: psicópata, narcisista, una cáscara vacía. Si hablamos de banalidad del mal, este sería en efecto un nuevo avatar de esa condición; más allá de la capacidad para manipular, no hay en su razonamiento un brillo especial o un deseo específico de causar daño[1].
Hay en los tironeos políticos del Infierno (dirigenciales, ¡sindicales inclusive!)[2] una parodia muy efectiva, elusiva de lugares comunes) de ciertas precarizaciones y laberintos sin salida estatales típicamente argentinos, así como también de esa ineficiencia en los queridos privados, las empresas. Aparte de la resolución del relato, el lugar donde realmente convergen los dos afluentes argumentales es, -en medio en chiste, medio en serio-, en la posibilidad de deslizar la pregunta sobre si no hay nuevos comportamientos surgidos de la interfaz virtual (Internet + redes sociales) que ameriten una revisión de las autoridades a cargo del Averno de los criterios de admisión de las instalaciones (nuevos pecados, bah).  

Cómplice de Agrimbau tenaz, y de los más talentosos también: ese es Gabriel Ippóliti. Aun tratándose de una obra que reparte su peso entre el guion y la trama -pero en la balanza termina incidiendo más la primera, o sea, lo que se dice-, el aporte gráfico-narrativo del rosarino para la presentación de Pandemonia es sustancial.
Partiendo de una paleta cromática opaca, poco saturada -lo contrario de lo que uno esperaría para representar una historia infernal-, el dibujante crea a un montón de personajes, cada uno con sus rasgos físicos distintivos, sea esto una panza prominente, una nariz fina, o un par de tetas caídas. Hay también un especial cuidado en la construcción de ambientes y locaciones decadentes, a la manera de un Enki Bilal algo más controlado y menos post apocalíptico.
No menos importante es el plantado narrativo, muy generoso en rotación de encuadres, puntos de vista (y de fuga), montaje entre “sonidos” (textos) y campos visuales no concordantes, construcción de la temporalidad y espacialidad a través de profusos zooms in y out, entre muchísimos otros recursos que evidencian un entendimiento profundo de la gramática del medio por parte de ambos autores.

Tiempo hace ya, bastante, que la cuestión humana trata de explotadores y explotados, y a mayor desarrollo técnico de las civilizaciones, mayor importancia tendrá el lenguaje en la validación cultural de esa explotación[3]. Phishing, estafas piramidales, o granjas de bots para manipular procesos electorales, son tan solo nuevas pieles para viejas ceremonias. Y detrás de eso, no hay cuernos ni colas ni azufre, ni siquiera moral: son solo negocios, mi amigo. Pandemonia, en algo más de setenta páginas, es un fresco muy divertido e inteligente -sin carga de solemnidad alguna- de todo es(t)e reverendo quilombo.

[1] Inevitable hacer cierto paralelismo con el Jordan Belfort de El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese, aunque más no sea por tratarse de la historia del periplo de un cagador. Tampoco puedo evitar relacionar -no tengo del todo claro porqué, honestamente- también a Pandemonia con “Petty Crimes”, la historia corta de Howard Chaykin de micropolítica-como-infierno para la antología Batman: Black & White.

[2] Pandemonia nace para el mercado francés, para la editorial Dargaud: no sé qué tanto entienden ellos de gordos protestando y tocando el bombo a los que se les ve la raya del culo, algo tan idiosincrático de la Argentina (y que no me molesta que sea así, por el contrario); es casi como si Enrique Breccia hubiera tomado la dirección que efectivamente encaró para El Sueñero, pero aun publicándola para Toutain. Pandemonia NO es El Sueñero, no tiene sus pretensiones, vale aclarar.

[3] La completa aceptación de esos términos y condiciones por parte de los mismos explotados. “La batalla cultural”, como agita un hatajo de lúmpenes.


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