Por Gabriel Reymann
Hay algo ¿maravilloso? con la lengua moderna: piensen en el significado ‘tradicional’ de términos -hoy de uso muy cotidiano- tales como “historia”, “notificación”, “estado” y, bueno, el significado principal que connotan hoy día. Por eso, cuando en Tardes de soledad, el documental del español Albert Serra fechado en 2024, y centrado en la figura del torero Andrés Roca Rey, un integrante de su cuadrilla exclama “con qué verdá ha matao a lo’ do’ toro’” (sic), uno puede sentir que un vocablo ha sido recuperado, no en función de la mercadotecnia, sino en pos de la descripción de, epa, algo trascendente.

Qué difícil que el objeto de trascendencia, en tiempos de hiper-literalidad de redes sociales, refiera a la tauromaquia, un ritual atávico impopular en estos días, pero así funciona efectivamente el film, y se debe rodear a los preconceptos sobre la práctica -y probablemente al visionado de la sangre en la pantalla, no escasa-.
Efectivo es el documental en descorrer el velo del funcionamiento de ese rito: sacrificio de doble vía -toro y torero están en pie de igualdad ante el no-retorno[1]-, y al mismo tiempo totalmente asimétrico, porque así logre abatir o no el toro al torero, la muerte lo aguarda con total certeza.

La puesta en funcionamiento fílmico de este amo en cosplay de esclavo, exhibe una destreza sobria, valga la paradoja: un conocimiento de los mecanismos intrínsecos del cine sin floreo exhibicionista alguno.
En la construcción del plano -y su montaje- es en donde probablemente mejor se aprecie ello: en los momentos en la arena -que dominan la mayor parte del metraje-, el plano se cierra sigilosa y discretamente sobre toro y Roca Rey, también dominando con maestría el fuera de campo. Los intersticios entre toreo y toreo dan mayor lugar a la cuadrilla -visiblemente incómoda ante la presencia de una cámara, como el propio Roca Rey, quizá-; esos paréntesis otorgan mayor preponderancia tanto a la parte protocolar y ceremonial del asunto, como al tiempo muerto en sí.
Esa dialéctica temporal también puede llevar, si se quiere, a la dialéctica cromática del film: en las habitaciones de hotel, los lobbies, el dorado del lujo y la pompa. En la plaza de toro, persiste el oro[2] en la arena y -los bellísimos- atavíos del torero, y se encuentra con el vívido rojo de la sangre.
El concepto austero, también se traslada al sonido, que podría tildarse de bressoniano, inclusive: poca -pero atinada- música incidental (Sibelius, Saint-Saëns y un acertado uso de “Embrionic Journey” de Jefferson Airplane), y mayor énfasis en el sonido del foley. Allí actúan casi como leitmotiv las indicaciones de la cuadrilla[3], los “ole”, y, sobre todo los “toro, toro” de Roca Rey, su señuelo oral para el asesinato a corta distancia.[4]

Roca Rey realiza el sueño kurtziano de ser caracol deslizándose sobre el filo de la navaja para sobrevivir. Pero poco espacio hay para nihilismo o vaciedad alguna en Tardes…; un poco a la manera del legendario documental de Werner Herzog, El gran éxtasis del escultor de madera Steiner, lo que hay en la película de Serra, es la exteriorización de la interioridad de un ser, mediante un momento de gran despliegue físico. Y eso, así sea o no un instante cargado de violencia y carácter sacrificial, no deja de tratarse de la circunstancia de un humano encontrándose con, sí, La Verdad, Su Verdad.

Tardes de Soledad, 2024, España, 125 minutos. Dirección de Albert Serra, protagonizada por Andrés Roca Rey.
Del 12 al 20 de febrero se exhibirá en la Sala Lugones del Teatro San Martin, Capital Federal, Buenos Aires. Horarios aquí.
[1] Bordeando el punto de la comunión entre ambos: podemos hablar de blend de sangres humana y taurina.
[2] La paleta del film está (sabiamente) exacerbada, también. Artificio y potencia.
[3] Vale decir que también hay escaso texto o diálogo per sé en el film.
[4] Y puede que la composición -y sucesión- del plano actúe sobre el espectador con el mismo magnetismo que torero lleva al toro, casi una Tierra orbitando alrededor del Sol.

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