Por Gabriel Reymann
Una de las fuentes que más veces cita Sergio Pujol para su biografía de Leandro ‘Gato’ Barbieri (1932-2016), Gato Barbieri – Un sonido para el tercer mundo, es la autobiografía del trompetista italiano Enrico Rava, Incontri con musicisti straordinari – La storia del mio jazz, y tanto en la misma acción de la cita como en el título del libro citado, hay una buena doble entrada para empezar a captar algunas puntas sobre la enigmática figura del saxofonista rosarino.
Por un lado, la acción de la cita, porque es representativa de la esencia del libro; este volumen es una investigación, exhaustiva, que abreva en abundante bibliografía y entrevistas tanto hechas para la ocasión como de archivo. Y por el lado del nombre del libro de Rava, porque sería perfectamente aplicable a una descripción sobre la vida de Barbieri: podemos hablar de tenacidad, contactos -que debe haber favorecido su primera esposa Michelle, a partir del encuentro de ambos-, pero fundamentalmente de la propia capacidad y mérito artístico del jazzista para rodearse de varios de los mejores de su época y ser reconocido por ellos como un par, durante décadas y en diversas latitudes.

Jazzista, y algo más: hay ahí otra idea clave, central al libro de Pujol. Salvando las distancias artísticas, como Miles Davis, Barbieri empujó los límites de su música hasta situarla en un lugar en el que quizá pudiera no ser llamada jazz. También hay allí otro factor en común con cierto momento de la carrera del autor de Kind of Blue: Barbieri -pese a su perfil discreto y bajísimo- logró llegar a ser una suerte de figura pop[i] -y cool, hip, como quieran decirle- de su época. Esto se puede encarnar puntualmente en su asimilación como personaje de los Muppets de Jim Henson, como así también en términos generales, su llegada al público joven, del rock, que curtiese Beatles, Dylan o Grateful Dead[ii].
Pujol considera a Barbieri un músico pop, de hecho, y no hace falta esperar a sus discos más accesibles de la segunda mitad de los 70’s para denominarlo así: lo que actúa es el dispositivo del espectáculo de los 60’s ya, con la tele en el “primer mundo”, o el mismo zeitgeist warholiano. A generaciones posteriores de figuras públicas como Diego Maradona el reflector los estará acompañando casi desde el inicio; la de Barbieri será una generación que se irá acomodando y surfeando sobre este entramado de los medios masivos de comunicación.

Barbieri como personaje de Alack Sinner, de Muñoz y Sampayo; bueno, ellos también
como personajes, representados como los músicos que lo acompañan.
¿Qué hay referido en lo estrictamente biográfico al saxofonista? Salvo por los vaivenes y desplazamientos (Rosario, Buenos Aires, Roma, New York) que favoreció la práctica de su música, es una vida poco aventurera. Marco familiar contenedor (incluyendo tío y hermano músicos, como buen puntapié de lanzada), la pasión por Newells Old Boys, su adscripción política/ideológica al comunismo, la relación de pareja de más de tres décadas con su esposa Michelle -que también oficiaba de suerte de representante/apoyo de producción-. ¿Excesos? Cocaína recién bordeando los 50 años de vida, “tarde”.
Lo que refleja Pujol es un entusiasmo total y absoluto por la música -que quizá pueda tomarse un poco como refugio ante su tartamudez- y la mediación de esa pasión por las condiciones materiales, esto es, las sucesivas metamorfosis del jazz de los 50’s en adelante. Del clarinete como instrumento inicial al saxo alto, por su descubrimiento de Charlie Parker; del alto al que fue su refugio definitivo, el saxo tenor[iii], por el descubrimiento de John Coltrane y Sonny Rollins.
Show (incompleto) de Barbieri y su grupo en el legendario festival Montreux, en 1971;
esta performance es la base del disco en vivo llamado El Pampero
Esas condiciones materiales -o, mejor dicho, su lectura- son también las que posicionarán a Barbieri a nivel internacional tras su desembarco en Italia en 1962. Su capacidad para entender la new thing, o el lenguaje más “free”, es la que de a poco lo llevará a codearse y grabar discos con pesos pesados tales como Don Cherry, Charlie Haden o Carla Bley. Y ese encuentro con figurones post-llegada a Europa no se limitará a la música: el encuentro con el notable cineasta brasileño Glauber Rocha disparará inquietudes en el rosarino acerca de la búsqueda de un lenguaje propio -latinoamericano, sin prescindir del free jazz, pero sin estar relacionado estrictamente con el latín jazz[iv]-. De asimilar con total solvencia lenguajes no-propios, como el bebop, o el free jazz, Barbieri pasará a funda(i)r una retórica -principal, pero no excluyentemente musical- latinoamericanista, de patria grande. De la misma manera que era imposible disociar al free jazz estadounidense de su contexto social (la izquierda y los derechos civiles de su país, África como patrimonio histórico), Barbieri, de a poco, y a partir de discos como The third world (1969), irá forjando una Internacional Latinoamérica del Sonido[v], que encontrará su esplendor, en lo que muy probablemente sea el cenit artístico de su carrera, los cuatro Chapters (Latin America, Hasta Siempre, Viva Emiliano Zapata, Alive in New York[vi]).
Esto es indescriptible: en una terraza de New York, John Abercrombie, Jorge Cumbo, Paul Motian y Domingo Cura -entre otros- tocando juntos. Fragmento del documental Jazz is alive and well in NY
Tras los cuatro Capítulos, y a partir de discos como Caliente! (1976), el proceso artístico de descolonialización artística y política por parte del Gato Barbieri se va a desenganchar: nunca dejará de adherir a la izquierda[vii], pero, como tantas actores y actrices de la música por aquella época, adoptará formas menos radicalizadas en su arte. De afuera, a simple vista parecería una simple transigencia musical pasar del free jazz de tintes latinoamericanos al smooth jazz, el pop y el soul[viii], una transa de tranquilidad facilitada por el paso de los años y la búsqueda del éxito comercial. Visto en términos macro, es solo una estación musical más. Pero ese músico que plasmaba registros de jazz ahora sí más literalmente pop, en sus actuaciones en vivo seguía siendo poseedor del registro enardecido de los años de juventud. Exhibiendo ese arco de supuestas contradicciones sin resolver, Un sonido para el tercer mundo se realiza perfectamente como biografía, mostrando las tensiones que habitan a cualquier ser humano, inclusive a uno de los representantes del arte argentino más importantes a nivel internacional del siglo XX.
Gato Barbieri – Un sonido para el tercer mundo, por Sergio Pujol. Editorial Planeta, 384 páginas

[i] Clave para llegar a esto fue la banda de sonido que realizó para el film Último tango en París, de Bernardo Bertolucci, y su enorme repercusión.
[ii] Se podría decir que John Coltrane no llegó a capitalizar del todo ese público, por su pronto deceso. En Argentina, en los 70’s Arco Iris reivindicaba la figura de Barbieri, ya asentado ver en EE UU. Ver “Arco Iris. Tiempo de resurrección” en Que cien flores florezcan de Norberto Cambiasso, de Editorial Gourmet Musical, 2018.
[iii] No hay que perder de vista que a ¡nivel mundial! Barbieri fue uno de los tenores más importantes post-Coltrane. Pharoah Sanders, Wayne Shorter, Archie Shepp, y Barbieri, de mínima, en pie de igualdad con todos ellos.
[iv] Un sincretismo muy particular, que en los papeles quizá sonase raro, pero funcionaba: folklore andino, samba brasileña, tango (su versión de “El día que me quieras”), folklore argentino (“El arriero”).
[v] Otra vez más: en discos como Third World o Bolivia, lo acompañan cracks como Abercrombie, Haden o Lonnie Liston Smith, entre tantos otros. Pero a no desestimar a los Chapters, con Domingo Cura, Dino Saluzzi, Ricardo Lew u Osvaldo Berlingieri, solo dentro de los músicos argentinos.
[vi] En los tres primeros capítulos, cada uno “recorre” musicalmente una zona distinta: Argentina-Chile-Bolivia para Encuentros, Brasil para Hasta Siempre, Cuba -no México- para Viva Emiliano…
[vii] El título de su disco Che corazón de 1999 se presta a más de una interpretación.
[viii] Vale decir que ya en los 60’s Barbieri escuchaba Marvin Gaye, por dar un nombre puntual.

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