Canta la calandria…canta…
Toda criatura canta, no es cierto? canta para “ser”
[aún en el “misterio”,
en el extrañamiento de sí…
Canta la calandria, y de repente parece que halló
la deidad del “silencio”…
Excedió el pajarillo, pues, el hálito
de las ocho,
al no encontrar la respuesta
cerca,
y perdérsele en el gris las otras frases del minuto?
Por qué calló entonces?
Alguien sufre…
Nada asegura que la melodía
pasó a “ser”, allá, allá, donde las perlas se
[disolverían, y de donde, a la vez,
se desprenderían las perlas…
Pero vuelve…
y con qué dulzura vuelve… es la melancolía
qué vuelve?
Oh amor de diciembre,
amor:
dale el eco de una rama de ahí, o, si lo prefieres, del
[confín,
para que no “sea” en ese “allá”
antes de “ser” su “resonancia”, en el intervalo de “aquí”,
aunque el aire deba sufrir, asimismo,
[porque nadie, nadie,
nadie pueda herirlo así…
y quede en una suerte de molicie
que se ilumina
hasta arder en las cigarras y medir, intermitentemente,
[con ellas,
los espacios, ya, de un arcángel…
Publicado originalmente en «El aura de un sauce» (1970)

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