Comics: Náufrago Morris/Fuegos – Partiré hacia la locura

Por Gabriel Reymann

¿Dónde van a encontrarse los desencontrados? ¿Cuál es el espacio hoy para la aventura, para el no-adonde-ir? (spoiler alert: en la actualidad, difícilmente sea lavando papines en Nueva Zelanda, contradiciendo a los titulares de Infobae). Un espacio físico -y simbólico- propicio para el extravío, hasta bien entrado el siglo XX, era el mar, y de eso trata la doble entrada de hoy: Fuegos, del italiano Lorenzo Mattotti, y Náufrago Morris, de Pablo Franco y Lautaro Fiszman.

Náufrago…, coeditada por Historieteca y Loco Rabia en Argentina, 2023, es un relato ficcional armado a base de escritos, diarios y testimonios -del propio Isaac Morris y otros marinos- de la época en la cual está situada la historia, esto es, el siglo XVIII. Entonces, donde las derivas y los itinerarios obedecen a hechos fidedignos -o seamos buenos: posibles o verosímiles, si hablamos de relatos para la posteridad-, es función de la historieta ir un pasito más allá, si no se busca el dar documento literal y pedagógico. De esta manera, asoman su cabeza la geopolítica, con el choque entre imperialismos (Inglaterra y España), o el elemento social de los expedicionarios (buscas en el mejor de los casos, rapaces en el más probable de los casos).

De alguna manera, la novela gráfica funciona bien a la manera de una película. Su potencia está más en el encadenamiento de los hechos, ergo, la trama (el desahucio de estos pobres despojos humanos, que solo pueden trasladar su condición de monedas vivientes al yugo de nuevos amos y/o escenarios), que, en lo verdaderamente enunciado, o sea el guion. No hay énfasis en diálogos (o bloques de texto) de reflexión (o abstracción) sobre los hechos, es la misma madeja de acontecimientos la que forma el cuadro mayor en la mente del lector.

Sea voluntaria o no esta retracción de las palabras articuladas, tiene sentido: Náufrago… cuenta en el aspecto visual y narrativo con un auténtico distinto del noveno arte argentino. Fiszman es un artista plástico de valía propia que logra poner en un mismo nivel de equilibrio el impacto (y la coherencia interna visual de la viñeta como unidad autónoma) y la cuestión de fondo, que no, no es dibujar lindo, sino contar una historia. Pero pasando la destreza narrativa, está lo que seguro interesa más al público de Fiszman, al que se podría describir como una suerte de cuerda tendida entre el romanticismo de Delacroix -o el momento en el que las expresiones y los escorzos se empiezan a desencajar y dejar traslucir algo más- y el expresionismo de Oskar Kokoschka -el momento en el que la realidad ya se reacomodó a la nueva música-, pero siempre con un carácter propio. Los puntos fuertes están en las antípodas: las páginas completas sin humanos, pero con mares embravecidos, y las viñetas de primeros planos, con líneas de expresión faciales estrangulándose entre sí.

Todo este despliegue de visual de óleos marrones, azules, verdes y rojos con fuerte carga matérica se vio no del todo bien traducido a la edición impresa (uso de papel obra en lugar de papel ilustración, quizá); sería bueno que las editoriales pudieran poner a la venta una versión en e-book -aunque la física tenga cierto encanto de performance o remix del original digital, ojo-.

1986, fecha de publicación de Fuegos (Fuocchi en el original), halla a Lorenzo Mattotti con un buen kilometraje artístico dentro del Gruppo Valvoline (que también supieron integrar, entre otros, su coequiper guionista Jerry Kramsky, Igort, Charles Burns o Massimo Mattioli), una agrupación de historietistas con vocación marcadamente experimental, y ya con una obra propia como autor integral, Incidenti. Es famoso el texto de contratapa que figura en la edición española de Fuegos de La Cúpula, de 1988: “No había sido capaz de atrapar la naturaleza en mis trabajos anteriores… He querido comunicar mi fascinación por la naturaleza. Cuando ves una película de Tarkovski o Herzog – el verde, el follaje, las nubes -, es increíble. ¿Cómo se pueden expresar esas cosas en un cómic? ¿Es posible? Este fue el desafío” es la elocuente declaración de Mattotti, respecto del espíritu de su segundo opus.

Fuegos es, en verdad, hija de su época, el posmodernismo: se reconoce en tradiciones -y las cita-, busca deconstruirlas, aunque su honestidad y el corazón en mano la sitúan a años luz de cualquier asociación a la idea de pastiche o calificación de la obra como kitsch. Es una aventura de la aventura: podemos arrojar Hugo Pratt y su Corto Maltés (que ya en su momento de aparición podía ser una aventura de la aventura, ¡pero siga, siga!) y Joseph Conrad, pero en entrevista con Antonio Faeti*, Mattotti plantea como referencias clásicas a Dino Battaglia dentro de la historieta y a Robert Stevenson dentro de la literatura.  De esta tensión entre (torsión de) esquema clásico narrativo, y quiebre autoconsciente de límites formales, surge una obra coherente y cerrada, de la cual Mattotti emerge victorioso.

El relato comienza con el arribo del acorazado Anselmo II en la isla Santa Ágata, territorio recientemente anexionado al estado de Sillentoe; el protagonista, el Teniente Absenta, es quien liderará la tropa de exploradores del territorio virgen, y este marco de expedición conradiana a lo desconocido -y posible locura- son las tres primeras páginas de los seis episodios de Fuegos. Lo que sigue es la progresiva transfiguración de la psiquis de Absenta, no exenta de episodios de confrontación física u acción más “clásica”, pero con un eje bien claro: el descenso (¿ascenso?) a (y recuerdo de) una realidad sensorial distinta y la lucha -por los medios que hagan falta- para resguardar un tesoro innominado, inefable.

El espíritu posmoderno se encuentra mayormente a nivel gráfico en Fuegos. Lo que la técnica le permitiese a Mattotti hacer en ese momento, de eso echa mano: constructivismo ruso en el acorazado y sus marineros, noche de negros goyescos, expresionismo abstracto en la resolución del conflicto, tan solo algunos de los colores que muestra el abanico visual de la historia. Todo ello encuadrado en una estética general -a nivel cromático y morfológico- hija del Tigre de Franz Marc, aunque una de las mayores virtudes visuales de Mattotti sea conjugar esa fuerza direccional en el trazo con una clara expresividad cinética. Pero a no confundir: esto no es un juego de significantes vacíos. Los subalternos de Absenta están dibujados con un trazo y contorno bien definidos, y cuando éste se pierde en el vientre de Santa Ágata, el contorno de su ser y el verde se difuminan. El probado lirismo visual de Mattotti (al cual se lo asocia) termina apoyando el lirismo de sus palabras en el guion (al cual no se lo asocia tanto). Absenta es un desertor que camufla su cara para mostrar los verdaderos colores de su rostro -y el de su entorno-, y qué más se puede hacer que seguirlo.

*publicada originalmente en 1991 en Nova Express, se puede encontrar en el muy recomendable Historias para sobrevivientes de Carlos Scolari, Editorial Colihue, 1999


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Una respuesta a “Comics: Náufrago Morris/Fuegos – Partiré hacia la locura”

  1. Avatar de PEL-PER
    PEL-PER

    Tiene comparativamente, solo por algunos momentos, ciertas reminiscencias provenientes de: «CAST AWAY», «THE OLD MAN AND THE SEA» y hasta de «MUTINY ON THE BOUNTY».

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