Por Gabriel Reymann
Figura pública, ¡quiero un pedazo tuyo! No tan literal, claro, pero no hace falta remontarse a las personas públicas contemporáneas más idolatradas de la Argentina -Charly García, Maradona, Indio Solari, al azar- para detectar ese efecto. A veces, una combinación de escasez de obra publicada en vida, carisma nato y posicionamiento retórico como enunciador, pueden alumbrar, en una escala mucho menos masiva y más de culto, a un oscuro objeto de deseo. Y sin dudas que ese cuadro descripto, en vida -y post mortem mucho más-, aplica bien al autor de las historietas sobre las cuales versa este texto: Osvaldo Lamborghini (1940-1985).

Hace poco se reeditó la célebre biografía de Lamborghini escrita por Ricardo Strafacce[i], así que quien quiera pormenores del paso por la existencia del hermano de Leónidas, puede dirigirse al volumen en cuestión. Lamborghini es, por esos motivos previamente listados (potencia de obra, carisma personal Y haberse sabido rodear de gente que ensalzara su talento, tanto en vida como después de ella) un factor insoslayable dentro de la literatura argentina de los últimos sesenta años; no es así en la historieta vernácula[ii], en la cual, tanto por calidad como por cantidad de producción, nunca estuvo en las exclusivas marquesinas estelares, pero tampoco, para ser honestos y sin intención alguna de ‘alimentar vanamente la leyenda’, es una nota al margen, más allá del mencionado factor ‘curiosidad’.
¿Y guarda alguna relación esa obra historietística con la literaria? No está de más empezar por tirar una mínima punta a los no iniciados -que puede haberlos del otro lado- sobre el contenido de esa literatura lamborghiniana. Comenzaría por decir que fue un maravilloso quilombo de asimilación de lecturas, de todo tipo: de novelas de alta cultura, de letras de baja cultura, del acervo gauchesco argentino (el Martin Fierro de José Hernández a la cabeza) y, por último, pero no menos importante, mucha lectura teórica, destacando particularmente dentro de eso el psicoanálisis, y especialmente, Lacan. Quizás ahí esté el quid de su cuestión estética: las operaciones teóricas de su momento, encontrándose con una lengua popular -e inclusive picaresca- local, para dar cuenta de las operaciones, verbales y no tanto, en los cuerpos, pero de una manera excesiva que poco tiene que ver con Foucault.
Esa inscripción refinada, y no tanto, de la violencia histórica argentina (y no tan histórica y argentina), que realizó Lamborghini en sus letras, fue puesta en marcha con una operatividad muy singular, inclusive para la época y el conocimiento de las referencias más citadas de la teoría de la época, como el ya mencionado Lacan, o la dupla Deleuze/Guattari. Si bien no denominaría exactamente rizomática, siguiendo los preceptos del dúo autoral de Mil Mesetas, a la escritura lamborghiniana, sí hay algo de anti-grado cero del lenguaje, de desplazamiento constante del significante (y significado). En otras palabras, no era lo suyo tanto la metáfora (sustitución de un significante por otro, o asociación por términos comparativos), sino la metonimia (asociación de significantes por contigüidad, ‘cercanía’ de términos, o sea, aún con más libertad que la metáfora, dado que la metonimia puede estar más atenta al Inconsciente, fallidos y demases[iii]).
Hechas las presentaciones estilísticas de rigor, es momento de ir al objeto por el cual estamos aquí: las historietas de Osvaldo Lamborghini.

Y BUENO, PERDER LA GUERRA
Noviembre 2022, la editorial argentina Club Hem[iv] saca a la calle Del mismo barro, recopilación de historietas guionadas en la década del ’70 por Osvaldo Lamborghini junto a diversos dibujantes, para dos editoriales, Cielosur y Columba, nada menos. Por supuesto que el conocedor de ambos paños argentinos, historieta y literatura, pensará -y hasta soltará sus perros del morbo- ante la conjunción de los términos “Columba” y “Osvaldo Lamborghini”: una editorial, asociada, sobre todo a partir de lecturas revisionistas de los 80’s sobre historieta argentina hechas por Trillo, Saccomanno y/o Sasturain, a cierto espíritu conservador, cuando no directamente reaccionario, junto a un escritor tan zafado cuyo primer libro editado a fines de los 60’s directamente tenía que circular de manera clandestina. Entonces, ¿qué sale de esa pugna? ¡Tablas! Ni Columba despersonaliza por completo la escritura lamborghiniana, ni tampoco el autor de Tadeys logra imponer su impronta por encima de la cadena de montaje fordiana -con sus pros y sus contras- de la editorial hogar de Nippur de Lagash.
Más allá del ojo lector de historieta del presente, el hilo común a la fábrica de todas estas historias es la profusión de texto, la preponderancia del lenguaje verbal para llevar las riendas de la narración -en contraposición al lenguaje visual como capitán, o la simbiosis de verbal y visual-, poca adjetivación o puesta en crisis de la comunicación más llana -esto sí una capitulación de Osvaldo- y páginas con cantidad ingente de viñetas; nueve, diez, ¡catorce! cuadritos por página, producto más de una planificación algo apresurada que de una concepción elástica del tiempo narrativo alla Guido Crepax, por mencionar un contemporáneo. ¿Los dibujantes en suerte? No tan mal, y de hecho hay unas páginas a cargo de Martha Barnes, sin dudas lo mejor a nivel estético del lote de historias de Columba. El resultado final también es un empate: podría ser mejor, pero tampoco es completamente desechable, destacándose la espiral de traiciones de ‘La princesa Frieda’ (dibujos de Cristóbal) o ‘La muerte desencadenada’ (dibujos de Uzal), que a partir de su título sí regala un parlamento con una clara marca autoral: ‘Yo era el centro de una enorme fatiga, estaba harto de la muerte desencadenada’.
Pero el final es en donde partí, adrede, porque lo mejor del volumen está al comienzo con sus dos primeras historias.
Para la revista Top Maxi Historietas, Lamborghini realiza en 1971 dos adaptaciones de películas a historietas: “Mi pasado me condena” (Klute, 1971, de Alan Pakula), dibujada por Gustavo Trigo[v] y la que da nombre al libro, basada en Mc Cabe & Mrs Miller (1971, Robert Altman), ilustrada por otro gran valor de la historieta argentina de esa década, Rubén Sosa. En esta última, pese al final anticlimático -constante de toda la labor historietística de Lamborghini[vi]– y el tener que ceñirse a un argumento preexistente, ya se aprecian toques más personales, especialmente en el registro del habla de los personajes -entre coloquial y aristocrático, entre dolorido y cínico-, amén de estar acompañada de un buen trabajo visual/narrativo de Sosa -menos viñetas y menor cantidad de texto dentro de ellas-. Rebobinando una vez más, porque es la que abre el libro, “Mi pasado…” es, de todo el libro, lo más logrado. Trigo posee espacio para narrar con la imagen -y lucirse con su grafía de blanco y negro, con tramas mecánicas- y, nuevamente, pese a plegarse a una trama preexistente, Osvaldo tiene margen para deslizar sus fintas a través de vocablos difícilmente presentes en el original como ‘atorranta’ o frases (“¿vos te crees que la vida es de manteca?” o “la amansadora de la vejez te va a calmar”, un habla porteña lamentablemente en extinción).
Del mismo barro es al mismo tiempo, una publicación para fans hardcore de Lamborghini (probablemente, el 90% de sus seguidores) y, al mismo tiempo, una introducción atendible a su producción en el mundo en el comic. Lo mejor, lo contundente en su incompletitud, en verdad, está en otro lado.

LA AMPLIA MUERTE EN REDONDEL
La editorial marplatense Puente Aéreo ya ni siquiera tiene página web disponible, así que, para serles honesto, va a estar un poco difícil el poder hacerse con un ejemplar de la recopilación de ¡Marc! que lanzaron en Argentina[vii] allá por 2013, pero vale la pena estar atento a portales monopólicos de e-commerce y foros de compra venta. Y lo que vale la pena también como rodeo para comenzar a abordar la obra, es aquella simpática anécdota concerniente a Leopoldo Marechal y El Fiord, que nunca está de más. Cuenta la leyenda que Leónidas Lamborghini le acercó un ejemplar de la ópera prima de Osvaldo al autor de Adán Buenosayres; consultado Marechal por la opinión de su lectura, concluyó “(…) es perfecto como una esfera. Pero una esfera de mierda”. A ¡Marc! le es negada inclusive la condición de perfección, de, aunque sea, obra maestra del excremento. Pero la carencia de destino, camino y cerrazón estructural no debe ser obstáculo para la oferta de interés por parte de una obra; el carácter inacabado de lo estético puede no ser obstáculo para el interés más allá tanto del potencial lector tanto el profesional como el fanático.
Dudo seriamente, que, tratándose de OL, el ‘¡Marc!’ del título no sea un ataque a dos bandas: la obvia exclamación rimbombante para introducir a este parapolicial internacional, pero también interjección de “¡qué hacés, animal”. Porque esos son los tiros temáticos con los que se va a manejar la historia; ya la misma primera frase, a cargo del protagonista, es un dechado de violencia y amenaza física a su pareja, Ivonne, no exento de cierto tono irónico, autoconsciente, que le va a bajar un cambio al exabrupto. Toda esa tensión discursiva se estrecha la mano con el estilo gráfico de Trigo -un polifuncional muy dotado para abordar estilos disímiles entre sí-, mezcla de cierto registro más bien realista, derivado de una impronta de lenguaje gráfico publicitario muy de la época, y un cariz más simplificado, humorístico, no tan lejos de lo plasmado en aquellos años por Carlos Vogt en Columba.
No es la única convivencia extraña constitutiva de la historieta. Sin llegar a los extremos de las historias realizadas para Columba, aquí hay profusión de viñetas y el motor narrativo es literario -parece que rigiera una prohibición de viñetas mudas-, no visual; entre lo dicho abunda la adjetivación, calificación y los callejones sin salida de amarga ironía, cinismo, y porque no, absurdo, terrenos más cercanos al Lamborghini autor. Pero también se hallan codificaciones más propias de la historieta como medio, como onomatopeyas, o íconos gráficos (ver las estrellas ante un golpe), así como saltos elípticos de las acciones que juegan justamente con la ironía -Ivonne se niega desafiante a escuchar el relato de juventud de boca del propio Marc y en la viñeta inmediatamente posterior aparece atada y con un ojo morado-.

Como pieza autónoma, y pese a lo verboso y comprimido del relato, ‘Ya que insistes, Ivonne’ es una perfecta sinécdoque de todo lo que representa ¡Marc! A su vez sinécdoque del capítulo -y acá sí, sin dudas, marca 100% lamborghiniana- es la anécdota del joven Marc Leglaisse-Nehergang que, en plena cacería de la liebre, duda entre dispararle a la liebre o al galgo…y elige dispararle al galgo. Los intentos de reeducación por parte del padre de Marc -con exconvictos como pupilos- terminan depositando al joven protagonista en las luchas coloniales francesas -Congo, Vietnam-, y su gran desempeño en el catálogo de atrocidades del bando occidental de la Guerra Fría, lo termina por colocar dentro del Grupo de Asesores, suerte de Interpol bastante más sucia[viii]
De allí en adelante, lo que sigue no es ni un serial indefinido -traigamos de vuelta a Nippur como ejemplo más a la mano- ni mucho menos, como ya se ha dicho, algo programático –Sandman, como ejemplo de tener destino narrativo adonde ir-; es más bien un remolino o espiral de sadismo bufo sin, nuevamente, idea clásica de conclusión, que se termina yendo por la cañería[ix]. El esquema lo darán las correrías de Marc, tras los pasos de la organización criminal capitaneada por el nazi -con bigote hitleriano incluido- Maurizius Hallenbart y su troupe de villanos ridículos, con influencia a cuestas de folletines y villanos de James Bond y, por qué no, Dick Tracy. Dentro de esa galería rocambolesca hay hallazgos, varios de ellos surrealistas, pero otros que al delirio le agregan una, llamémosle pesadez existencial, como el Loco Gastón -sucedáneo del Kurtz de Conrad, un homicida maniático extraviado en el campo de batalla y en sí mismo- o especialmente Balashenko, villano del capítulo final, el obeso de piel literalmente impenetrable, un agujero negro cansino que vacía y desarma las identidades de sus interrogados.[x]

Los disparos, explosiones, mujeres hermosas son solo un marco, digamos, regulatorio para la neurosis galopante del Lamborghini hablante-escritor, un campo no del todo alambrado. Todo el despliegue de actividad relacionado a la historieta de acción y aventura, con mayor o menor crueldad, es un decorado para desplegar con, se ve, bastante libertad sus obsesiones temáticas -ya que no exactamente las formas literarias- de la época; son los años prelanzamiento de la revista Literal, tiempos los que Lamborghini era culo y calzón con German García, Luis Gusman y Oscar Masotta y la consiguiente lectura (descubrimiento) del posestructuralismo y Lacan. El tráfico de frases en boca de los personajes (o el narrador) como “muerte a todo lo que se oponga a mi placer”, “el dolor enseña, querida…”, “los malvados somos felices con nuestra perversidad” y “realizar un deseo bien vale la muerte” configuran un artefacto extrañísimo, distinto a cualquier historieta argentina de la época y posterior -y puede que de cualquier otra parte del mundo también-. Sin pasarse de listo -esto es, mostrar excesivamente los hilos del autor, olvidarse que forma parte de un engranaje y una lectura bien entendida como pasatista- y más allá, sin dudas, de la cacería de ese galgo conocido como afán completista de toda la obra publicada de un autor muerto joven.

Alguna bibliografía que sirvió de consulta:
Laura Estrin
Omar Genovese
https://www.perfil.com/noticias/cultura/las-historietas-ocultas-de-osvaldo-lamborghini.phtml
José Agustín Conde de Boeck
[i] La biografía tiene ochocientas páginas, la mitad de la obra completa (en vida y póstuma) de Osvaldo. Es realmente lo que se dice una investigación exhaustiva.
[ii] Con la probable excepción del gran Oscar Steimberg: ya en la recordada Historia de los Comics de Toutain, le dedica una breve mención en el fascículo nº43 a la producción de Lamborghini, lo cual no es poco.
[iii] Pido perdón a cualquier psicoanalista -o lingüista- en la sala. No tiene rigor académico, desde ya, esta explicación, pero honestamente la veo bien encaminada.
[iv] Editorial claramente dedicada a la literatura, no a la historieta; la tapa del libro no es un dibujo ad hoc o una viñeta remontada, sino una foto del propio Lamborghini -aunque eso me recuerde más a los discos de música clásica con fotos de sus compositores en la tapa-. La edición de Del mismo barro está en líneas generales, bastante cuidada, sobre todo teniendo en cuenta que no debían disponer de original alguno con el cual empezar a trabajar, debiéndose remitir a escaneos de revistas de época. Vale la pena agregar que Strafacce ni menciona los trabajos de Lamborghini (sí le dedica espacio a ¡Marc!)
[v] El dibujante de La Maga es quien introduce a Lamborghini en el mundo de la historieta, o para decirlo de manera más prosaica, le consigue laburos. Trigo era amigo de Paula Wajsman, pareja de Osvaldo por aquellos años. Lamborghini era muy inconstante con los empleos (e ingresos propios), por lo cual estas labores historietísticas parecen estar más cercana a la necesidad de zafar que de un interés o el deseo de explorar el medio. Lo cual, como dijera Seinfeld, no tiene nada de malo.
[vi] Por supuesto que la persona versada en la obra del autor de El fiord puede decir “por qué iba a hacer en historieta lo que no hacía en letras”. “Lo que no hacía” = preocupación por la narración lineal, ‘tradicional’
[vii] Ok, lo sé, no debe ser EL negocio. Pero alguna editorial independiente argentina, de las tantas y buenas que hay, podría recoger el guante y reeditar ¡Marc!, ya claramente fuera de catálogo. Remitiéndome nuevamente al comienzo de este texto, público potencial y canales para difundir el posible volumen, hay.
[viii] Es válido mencionar que, pese a la exhibición de esas acciones bárbaras por parte del bloque occidental durante el marco de la guerra fría, ¡Marc! no es ni un comic de “denuncia”, ni mucho menos uno propenso a ser catalogado de izquierda.
[ix] Cerca del final, OL introduce a Blanche, una nueva novia para Marc, que más que estar en pie de igualdad con él, lo domina y enfatiza la pátina de sadismo ya existente en la historia.
[x] Primer y último capítulo son lo mejor de ¡Marc!, sin dudas. Todo el sometimiento que efectúa Balashenko -el desarme- que realiza sobre el Alferez, el ladero de Marc, es para abundar en detalles, pero puede que quite un poco de gracia a la lectura a quien no lo haya hecho nunca. Agrego que la construcción de la desidia de Balashenko como carácter es exquisita, casi comparable a la del Motorcycle Boy de Rumble Fish de Francis Ford Coppola. En un punto, estos villanos también tienen un aire a la literatura del propio albacea y amigo de Lamborghini, Cesar Aira.





































