Por Gabriel Reymann
Crédito de foto portada: Daniel Jayo
¿Otra vez Oktubre? Y sí, de regreso, porque el segundo disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, ya es una moneda de uso muy corriente en la lengua popular, lo cual significa que trasciende cualquier intención o programa -consciente o no- por parte de sus creadores. Carmen ‘Poli’ Castro dice [i] que alguna vez ‘lo escucharon en una calesita’ (sic) y uno puede agregarle todos los usos, cotidianos y no tanto, que se le ocurran: el pogo irónico con “Ji ji ji” en una fiesta de casamiento, oficiando de banda de sonido de un asado -falso o no-, la transmisión por los parlantes en un acto/concentración movilización política, en los parlantes de un auto, o en la escucha atenta solitaria, doméstica. Es algo tan manoseado, que solo queda abismarse en ese billete gastado para hallarle, si no nuevas, al menos diferentes texturas.
Un artista -popular o no tanto-, no puede pedir mayor elogio o recompensa[ii] -bueno, la monetaria también- que esa reutilización desvirtuada, la erosión del mensaje original dentro de la botella, una enajenación saludable de su producción.
Entonces, este texto: a ver cómo puedo -intentar, claro- amalgamar esa supuesta denotación originaria (“qué ‘quisieron decir’ Solari, Beilinson y cía”, su contexto de época) y la connotación tectónica acumulada (ese jean gastado masivo y mi propia lectura personal del asunto, que también forma humilde parte de ese jean.[iii])

CUAL ES TU ROCK
Hace un par de meses, hice algunas disquisiciones sobre la música popular argentina en la década de los 80’s, más específicamente sobre el pop/rock argentinos en ese período.
Allí, planteaba que la irrupción sintética y minimalista que exhibe Síntesis Moderna, el foco de ese texto, venía a poner en discusión la tendencia (predominante) hasta ese momento en el rock argentino, la canción con influencias anglo, pero con atención a los lenguajes ciudadanos y/o folklóricos y la construcción armónica -más pianística que guitarrística- edificada con cantidad de acordes (García/Spinetta/Nebbia/su ruta).
Desde otro lugar, pero también distinta a esa tendencia hegemónica, progresiva, en el rock, uno podría mencionar variantes más “rústicas”[iv], suburbanas y directas: Pappo, con y sin el ‘blues’, Vox Dei, Manal, El Reloj, entre tantos otros. Y ya entrados los 80’s, entre la apertura democrática, la llegada (tardía) de información musical y las sustancias -más sobre esto luego- se va a generar un recambio que casi se va a saltear casi el punk[v] para pasar directo a la new wave/pop (ya saben, Soda/Virus/Twist/Abuelos/Suéter), siempre con músicos muy proficientes, en algunos casos directamente virtuosos, algo que en la new wave anglo era más bien una excepción con The Police.[vi] Sin llegar a los ‘extremos’ de los padres fundadores, muchas de estas bandas van a utilizar construcciones armónicas por encima de la media del rock, con acordes de paso, o por lo menos, con un lenguaje más refinado que el del rock ‘de quintas’[vii].
Ahora bien, llegando los pelados: ni Sumo ni los Redondos propiciarán un lenguaje armónico sofisticado[viii], pero lejos estarán también de un gradocerismo musical. También tendrán un espíritu callejero, pero no exactamente igual al mencionado rock suburbano 70’s. En los liderados por Prodan ambos resultados llegarán por la cultura -musical y extramusical- de su líder, y la tensión entre un polo más ‘conceptual’/postpunk -Daffunchio, Pettinato- y uno decididamente virtuoso -Mollo, Arnedo-. En el caso de los liderados por el tándem Solari-Beilinson, también hay una gran cultura general -ya llegaremos- y musical, no solo por parte de la dupla estelar. Dos devoradores de lugares variopintos del espectro de la cultura rock (Bowie, Gang of Four, Tom Waits, Hendrix, Tom Petty, Beatles, Stones, Residents y vaya a saber uno cuanto más), esa curiosidad, apetencia cultural y oído de veteranos es lo que los va a separar de bandas promedio del rock -ni hablar de sus supuestos sucesores- para ir a algo local y más allá, sin que suene excesivamente ambicioso, progresivo o ‘fusión’. Lo cual me lleva a:
DE DONDE VENIMOS Y ADONDE VAMOS
El debut ¡Gulp! (1985) -tras el largo trajinar de casi diez años en el under-, muestra a un grupo de new wave y rock n’ roll, que, musicalmente, puede estar más cerca de los ‘rockeros bonitos, educaditos’ de lo que se piensa: es más Talk talk talk de Psychedelic Furs que Exile on Main Street de los Stones. Pero sin obviedades, ojo: uno de los grandes méritos de los Redondos es que difícilmente les suceda un “Sombras en los álamos”, como a Spinetta. En esa canción de Jade uno podía afirmar al escucharla “ok, ese riff disonante es la Mahavishnu”, y ese tipo de traducciones culturales -tan típicas del rock argentino en general, no solo Spinetta- en el grupo platense, de mínima, están mejor disimuladas.
Para el momento del debut, la relación entre la lírica de Carlos Solari y su escenificación vocal es la de un significante que sí tiene semejanza con su significado. La trenza promiscua entre Eros y Tanatos de las letras es vehiculizado a través de una garganta áspera, que oscila entre la invitación lúbrica y la arenga siniestra -sin poses machistas ni ‘varoniles’, sin usar el prisma de nuestra época-.
Un baión para el ojo idiota (1988), va a volver considerablemente más accesible el concepto sonoro de Oktubre, pero sin volverlo FM Aspen; la producción se endurece (proceso que se intensifica aún más en ¡Bang! ¡Bang! …, de 1989, casi con sonido de hard rock), y, de allí al final del grupo, sacando los experimentos finales de los dos últimos discos, ni composición ni producción van a sufrir (sobre)saltos considerables.

¿POST-PUNK RUSO? “EL OTRO DÍA LE HICE ESCUCHAR LOS REDONDOS A UN HOLANDÉS EN UN HOSTEL Y NO ENTENDIÓ UN CHOTO” SALÍ DE ACÁ, HACEME EL FAVOR
Volviendo a la cuestión esta de la relación, más/menos marcada, del rock argentino con las distintas músicas de raíces, creo que hay una cuestión clave para entender (uno de) los (tantos) porqués del éxito -y su perdurabilidad- de los Redondos. No hace falta llegar a la aparición de la Orquesta Fernández Fierro y esa camada de tango moderno, tampoco hace falta que el Indio Solari haya firmado un tango junto a Ciudad Baigón, ni que mentara a Floreal Ruiz entre sus cantantes favoritos; de alguna manera, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota funciona, por momentos y sin que sea siquiera la arista principal de su música, como una prolongación -por otros medios y búsquedas, claro- de esos diversos cruces entre rock/pop argentino y música ciudadana que incluían desde Almendra (“Laura Va”) y Manal (“Avellaneda Blues”), a Piazzolla, Invisible, Alas, Nebbia, Rodolfo Mederos y Eduardo Rovira, sin sonar en ningún momento a fusión, o sea, sin dejar de ser una banda de rock, volverse serios ni nada por el estilo. Ya lo habían deslizado en ¡Gulp! (con “Roto y mal parado”), lo llevarán probablemente a su cúspide en La mosca y la sopa (con canciones como “Blues de la artillería”, “Salando las heridas” o “Queso ruso”, pero más que nada como estética global de ese disco), pero lo confirmarán en Oktubre, con “Música para pastillas”, “Canción para naufragios” e, inclusive, “Ji ji ji”. En “Música…”, el fraseo del saxo de Willy Crook en el arreglo de 3:36, va a balancearse perfecto entre la impronta sub-cabaretera (el uso habitual que se le confiere al saxofón dentro del rock, con excepción de King Crimson y afines) y esa bruma repujada rítmicamente, un decir más propio de un bandoneón, reforzada por la amalgama tímbrica con la guitarra -recurso que Skay seguiría explotando a futuro junto a Sergio Dawi-. En los seis minutos de “Canción…”, en el interludio de musique concrete[ix] aparece el arreglo rítmico de 3x3x2, tan vinculado a la sonoridad del tango, vía Piazzolla y en “Ji ji ji” el ataque tiene una clara copertenencia con la insistencia rítmica, obsesiva, que vinculamos no pocas veces con el tango.
Vaya a saber uno si es culpa de Twitter o qué, pero se suele hablar bastante -últimamente- de la época Oktubre dentro de la banda, como “post-punk”. ¿Por qué? ¿Porque Osvel Costa le puso toneladas de reverb a la producción, como también lo hizo Martin Hannett a la hora de producir a Joy Division? No es suficiente, no hay atisbos ‘góticos’ -pese a la oscuridad del disco- ni multiculturales (como podían hacerlo, con sus respectivas diferencias, Raincoats, This Heat o Pop Group), y, para esa camada que buscaba deconstruir clichés del rock, un rockito -cariñosamente eh- como “Divina TV Führer” sería poco menos que un anatema. Tampoco suena parecido a los grupos post-punk argentinos de la época -que, seamos justos, tampoco es que sonaban tan parecidos entre sí-. Quizá sea un complejo de inferioridad argentino (¿porteño?) de pensar que toda producción cultural local de trascendencia debe ser exportable y fácilmente decodificada (y asociable) afuera. Validación de la alta cultura, pero cambien ‘cultura’ por ‘país’.
Desarmando las piezas del disco, se puede apreciar que no es un ejercicio de estilo específico -no todos los temas navegan por la misma tesitura-, ni tampoco un despliegue caleidoscópico de registros.
La secuenciación de los temas es, sin dudas, clave para setear el recorrido: arranca arriba -pero amenazante- con la estampida soviética de “Fuegos de Octubre”, cierra nuevamente arriba -pero en tono eufórico- con “Ya nadie va a escuchar tu remera”. “Preso en mi ciudad” muestra un aire más pop con otro punto central del disco: un registro quebradizo, frágil en lo vocal de Solari, casi bowiesco[x]. El ya mencionado “Música…”, con una intro un poco más extensa, es una amalgama de blues duro, cabaret y los mentados aires tangueros, con una performance de Solari más áspera, pero no menos doliente que en “Preso…”. Me gusta pensar en “Semen-Up” como el momento Rain Dogs del disco; ese tranco rítmico torpe, pero no facilista, de la batería y la guitarra (recuerdo a Marcelo Figueras hablando de “tristezas bálticas”)[xi], el contraste entre ese registro cristalino del motivo principal y la entrada amenazante de la distorsión -Beilinson es un maestro en aunar intensidad a través de timbre y ritmo-, y el maravilloso punteo: nuevamente tengo que hacer una cita, y es a Fernando García hablando de “solos morfinómanos de Skay”[xii], pura desolación de espacios abiertos. Después de la profundización del túnel, llega el alivio providencial de “Divina…” casi casi en función de comic relief. La sexta banda le corresponde al que debe ser el mayor triunfo del disco, “Motor Psico”; letra que abre el juego semiótico en vez de cerrarlo, los aires españolísimos, una de las mejores performances de Crook con la banda, y la notable, delicada, performance vocal de Solari, la que mejor ilustra ese registro frágil adoptado por el cantante en momentos claves de este disco. En relación a este tópico, es interesante ilustrar que el rock argentino, hasta ese momento, solía manejarse con registros vocales altos -aquello que los sectores reaccionarios del tango despreciaban por “poco varonil”-, teniendo como parámetro a CSNY o Jon Anderson de Yes, dependiendo el caso; por el lado del rock más pesado -Pappo como mejor ejemplo- sí se utilizaba más el vozarrón, gruñido, post-Hendrix[xiii] y es válido señalar, que, una vez más, la posición Solari respecto de esa dicotomía, está directamente fuera de ese eje.
Vuelta a la cuestión rítmica, simple, pero no fácil, para el billete más gastado del disco, “Ji ji ji”, nuevamente una inteligente combinación de Beilinson[xiv] entre sonidos más limpios de guitarra y el estallido de la distorsión. Alfredo Rosso menciona como inspiración posible el “House Burning Down” de Hendrix[xv] y, como tantas otras veces, acierta; la cruza entre los aires al ya- tango del tema referido y el aire de capricho magiar en el emblemático solo exhibe una profundidad por encima de la media rockera, sin ahogar el frenesí, que, cocaína o no, es lo que ha hecho prender a la canción en el imaginario popular. El túnel vuelve a estrecharse con otra de las piezas claves del disco, la ya mencionada “Canción…”, que un poco actúa como summa del disco, con aires obsesivos tangueros, espacios abiertos, un Solari quebradizo y un Crook de, una vez más, cabaret. Pero justamente el diseño de la secuencia hace culminar en algo totalmente contrapuesto, “Ya nadie…”, que, oído al pasar, puede confundirse con el poptimismo saxofonístico tan de los 80’s. Algo de eso hay, pero también mucho más, aunque sea por la relación música-letra; no por nada es EL himno del público ricotero vieja escuela[xvi]
SI TODO ES CLORHIDRATO, ENTONCES NADA ES CLORHIDRATO
Volviendo a esta idea de continuidades entre padres fundadores del rock argentino y el recambio en la década de los 80’s, es interesante pensar como transcurrió el paso del tiempo en lo relacionado a las sustancias. De los movimientos iniciales del género, en los fines de los 60’s/comienzos de los 70’s con la marihuana, pastillas, anfetas, ácidos y alguna jeringa muy ocasional, a la llegada de la cocaína, de manera más masiva, en la época del Proceso de Reorganización Nacional. Los grandes nombres de 70’s y 80’s nacen todos en la misma época (Spinetta y Pappo en 1950, Charly en 1951), y Solari era del ’49[xvii] y la fama le llegará de grande; la experiencia química -y la de Skay- es la misma en la referida a los consumos. Probablemente porque empiecen a grabar en el ‘esplendor’ del uso de esa droga, los Redondos van a captar como nadie el pulso cocainómano de esa época. No serán los únicos -Charly, el propio Iorio, en menor medida unos años después; luego, la debacle en cuanto a cómo tratar el tema drogas en el rock argentino-, pero sí los más aptos, sin duda alguna.
Y, llamemos las cosas por su nombre, por favor: que cada uno haga con su cuerpo lo que se le antoje, pero no debe haber droga menos contracultural y más ‘protestante’ que la cocaína. El “Cocaine decisions” de Zappa es un botón de muestra perfecto, pero tanto para un yuppie, un maestro pizzero sobreexigido, como para una estrella de rock obligada a cumplir compromisos, la merca es una excelente muleta funcional, perfecta para hacer seguir girando la rueda de la producción y el capitalismo, en contraposición a la dislocación perceptiva -sin ingenuidades, tampoco, con esto- de los psicodélicos (e inclusive el paraíso artificial, afortunadamente desconocido en la Argentina, de la heroína). Es interesante ver como tantos otros músicos (en Argentina, pero en el resto del mundo también), acompañaron ese traspaso de sustancias químicas con un, oh casualidad, abandono o marginación de los componentes contraculturales de su arte; por otro lado, los Redondos no abandonaron su costado más disidente frente a las cuestiones sistémicas -puede que parte de eso sea porque celebraban la arista hedonista de la droga sin olvidar el bajón-. Hasta 1986, al menos, es difícil encontrar un disco argentino que, con metáforas algo veladas (“Semen-Up”) o muy poco veladas (“Ji ji ji”, que parece ser un gran mensaje cifrado sobre la paranoia cocainómana) encarara tan directamente el tema; después de 1986, insisto, ni pregunten. Así y todo, siendo tan central a la estructura del disco, es solo una parte de la temática[xviii]. Lo cual nos lleva a

Crédito fotografía: Gabriel Perez
EL FUTURO SERÁ UNA GUERRA DE PSICÓPATAS
Ah no, pero pará: esa frase es de J G Ballard, el título de su famosa entrevista en 2004 con Jeanette Baxter. La que iba es una parecida, pero casi veinte años más vieja, “Los psicópatas serán los hombres del siglo XXI”, cuya autoría le corresponde a Carlos Solari y es el título del reportaje que le realiza Enrique Symns, para el número 7 de Cerdos & Peces, de diciembre de 1986, una de estos clásicos intercambios/digresiones entre el cantante y el periodista malandra[xix]. Ahora, hay maneras y maneras de darle a la verborragia, y el ajedrez verbal que muestra esa entrevista exhibe a un frontman, no solo por encima de los rockeros de la época, sino de unas cuantas figuras públicas o intelectuales; aun así, vale decir que esa visión está puesta en marcha de manera muy distinta a la lírica de Solari, mucho más articulada y cuasi-teórica/formal. ¡Gulp! era una conjunción -sorpresiva y sorprendente- de muchos discursos quizá no tan obvios de juntar para 1985: las prosas excesivas y/o marginales de Arlt y Osvaldo Lamborghini (este último aun no ‘famoso’ por aquella época), reflexiones al interior del rock y jerga historietística -en particular del comix underground-, básicamente una ensalada de significantes que no se quedan quietos donde se los espera, lo que llevó a decir a Mercedes Sosa que la primera vez que escuchó al grupo, no entendió de que hablaban. Ahora, de ahí a frases muy poco crípticas como ‘atrapado en mi libertad’, ‘me voy a ver que escribe en mi pared la tribu de mi calle’ o ‘nuestro amo juega al esclavo’ hay un trecho significativo; o no, y de eso se trate la cuestión[xx]. De la misma manera que Skay hace convivir a lo largo de Oktubre, guitarras delgadas, rítmicas y frágiles con estampidas de distorsión -que nada tienen que ver con ‘pesadez’-, la poética de Solari combina onomatopeyas risibles con futuras pintadas en paredes, trapos o pancartas, no solo en este disco, sino a lo largo de toda su carrera y es importante aclarar: las futuras pintadas no se pueden programar, calcular, no hay plan maestro -puede haber algo para decir, una estructura minuciosa detrás (la Negra Poli), un público deseoso de representación (aún más con la orfandad política de los 90’s), pero su condición de éxito no es necesaria; aun reuniendo todas esas condiciones, el éxito de Patricio Rey es anomalía en Argentina, como lo hubiera sido en cualquier parte del mundo.[xxi]
Ponerle Oktubre (Rusia 1917, Argentina 1945) a un disco en la Argentina de 1986 -en la entrevista de Cerdos… Symns comenta que mencionar los 70’s huele a fracaso-, con su correspondiente tapa roja y negra y sus desposeídos alla Berni/Carpani/Breccia, es un gran, gran fuck you, un hermoso gesto simbólico, a la altura -o por encima de- ponerle Red a un disco en 1974. Por supuesto que el primer destinatario de ese fuck you es el establishment, el estado de las cosas -faltaban apenas un puñado de años para la frase de Fukuyama del ‘fin de la historia’, pero la obturación de nuevas posibilidades frente al capitalismo, en la que aún hoy vivimos, ya se sentía-, pero también a la complacencia de los propios: la complacencia de la izquierda en esa década, la transa socialdemócrata, el bartoleo relativista posmoderno, tanto a nivel local (post-Proceso) como internacional.
Y hablando de malas palabras para los 80’s, para cerrar: el disco como concepto. ¿Conceptual, Oktubre? La respuesta es no, si bien balancea entre lo macro (internacional) micro (nacional y dentro del bocho, sobre todo) y establece una narrativa -no como relato literal- alrededor de eso. Es la ya mencionada dirección y orientación musical del disco, que también coincide con la lírica, que huele a trayecto pensado: el comienzo/posicionamiento con “Fuegos…”, la alternancia entre temas sobre el rock, la adicción, los medios masivos de comunicación, la profundización del clima pesado y la desesperación nuclear que encuentra su pico en “Canción…”, para salir por arriba, pidiendo proteger el estado de ánimo. Las cosas cambian, pero no tanto, por lo cual es saludable atender el consejo y el disco, en este día y cada día, claro. El jean se gasta, pero seguro se va a usar otros cuarenta años más.

[i] Entrevista a Skay y la ‘Negra Poli’ por Martin Pérez en Revista La Mano nº 28, julio 2006.
[ii] «’En el segundo disco de Los Redondos la idea principal era recordar admirativamente los procesos revolucionarios y las luchas protagonizadas por las masas en la historia de la humanidad, en cuanto fueran sometidos contra sus opresores’, recordó Rocambole. ‘En lo que atañe a mi parte en el asunto, ese disco significó la difusión de mis trabajos visuales de una manera que jamás podría haber imaginado. Mas tarde el público se apropió de esas imágenes aplicándolas en remeras, banderas, paredes, mochilas y en cuanta posibilidad hubiera incluyendo los tatuajes en la piel. Se transformaron en íconos populares. ¿Qué más puedo pedir como reconocimiento a mi tarea?’, concluyó el artista que, en los próximos días, presentará un libro con material gráfico de esa época que quedó fuera del disco.” Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/los-redondos-a-30-anos-de-oktubre-nid1943985/
[iii] Soy de 1984, habré escuchado por primera vez Oktubre a mediados de 1993, así que hubo bastante tiempo para asimilarlo.
[iv] Muchas comillas para lo de “rústicas”, por favor, es en comparación con Garcia/Nebbia/Spinetta, y hasta ahí nomás. Manal debe ser uno de los grupos más sofisticados de toda la historia del rock argentino, aún hoy en 2026, solo para tomar uno de los cuatro ejemplos. Es probable que esa distinción sea más de clase que otra cosa.
[v] Que en los 80’s, sacando Los Violadores, va a ser muy under en Argentina. Más que saltearse la new wave local el punk, va a convivir temporalmente con él, al igual que el post punk argentino.
[vi] Porque es medio un pase de manos: Bazterrica (Abuelos) tocaba en La máquina de hacer Pájaros, Miguel Zavaleta (Suéter) cantaba en Bubu, Daniel Melingo (Los Twist) fue músico de Milton Nascimento, Daniel Sbarra (Virus) hacía de Ritchie Blackmore en Miguel Abuelo et Nada; seamos honestos, una new wave muy vieja escuela. El punk no es en Argentina, a grandes rasgos, una oleada de pibes fans del pub rock, el glam o el garage rock (como en Inglaterra y EE UU), sino un grupo minoritario (y dentro de ellos, con un buen porcentaje de clase alta) con acceso a la info, las revistas, los discos de afuera. Quizá la primera visita de Ramones (1987) oficie de punto de inflexión en cuanto a la llegada del punk a clases más populares en Argentina. Este asunto de “cruzas prohibidas” en el arte, es muy de periferia (cultural, económica, todo), porque hay menos inhibiciones de base sobre lo que debe y no hacerse, o sea, lo que queda cool y lo que no.
[vii] O sea, de acordes formados por tónica y quinta (y que, cuando se suma una octava, conforma un power chord), el lenguaje armónico base del rock.
[viii] En el caso específico de Sumo, la matriz compositiva va a estar formada por dos acordes en la guitarra de origen de Luca Prodan, que en el vivo les iba a dar el espacio para la improvisación extensa -que igualmente no tenía nada que ver con García/Spinetta/Nebbia o algún tipo de fusión-.
[ix] Que suena al “Ghosts” de Japan. Tanto se habla sobre qué catzo hizo Daniel Melero en Oktubre: creo que este arreglo es de él (o formó parte importante de su creación, al menos)
[x] Casi patrimonio exclusivo de Oktubre ese tipo de registro vocal por parte de Solari: no estoy recordando ningún otro disco de la banda (o solista suyo) en el cual lo utilice (tanto, al menos)
[xi] También en el número 28 de Revista La Mano.
[xii] Sí, OTRA VEZ EN EL MISMO NÚMERO DE LA MANO. Fernando García es, de por sí, un periodista notable y, en particular, uno de los que mejor ha escrito sobre los Redondos, sino el que más.
[xiii] O el registro alto, pero alla Gillan/Hughes: Eduardo Frezza en El Reloj.
[xiv] Recomiendo sobremanera este texto sobre Beilinson de parte de otro colega suyo, Sergio Álvarez. No se limita solo a lo estrictamente guitarrístico, sino que es interesante para pensar cuestiones estético-culturales: https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/skay-un-gran-remedio-para-un-gran-mal/
[xv] adivinen para qué revista, cuando.
[xvi] Vean aquí y aquí la reacción de la gente cuando el grupo toca la canción.
[xvii] Federico Moura, otro famoso ‘de grande’ era de 1951, Skay de 1952 -igualmente Skay también era ‘grande’ para el momento en el que le llega la fama, para lo que suelen ser los estándares del rock-
[xviii] En casi todos los discos posteriores de la banda habrá alguna cuestión que orille o no tanto el tema, aunque casi siempre de una manera más eufórica, no tan enfocada en el costado oscuro del tópico.
[xix] Por supuesto que psicopatía y psicosis no son lo mismo en términos psicoanalíticos, pero no deja de ser curiosa la semejanza de la frase.
[xx] Pablo Schanton -sin aludir a los Redondos- en una nota para la revista La Mano nº30, de septiembre 2006, se refiere a este tipo de frases como ‘moralemas’.
[xxi] Pero ya que queremos comparar con músicos foráneos: Bob Dylan. La capacidad para asestar la piña, para tocar el nervio popular, sin darle de comer en la boca al público, y desmarcándose -lo que se pueda, eh- de las exigencias de representación que tiene el respetable.







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