Todas las imágenes ilustrativas
se leen en el sentido japonés:
derecha a izquierda.
Por Gabriel Reymann
La historieta japonesa podrá ser muy (y cada vez más) popular a nivel mundial, pero dentro de ese suceso hay fórmulas sumamente probadas, a las cuales hay que ver qué tanto puede esquivar el mundillo editorial. Intentar romper esas barreras comerciales para los editores debe ser complicado, doblemente complicado si hablamos de ero-guro (el subgénero focalizado en mutilaciones y parafilias varias, para ser breve) y triplemente complicado, si el autor a presentar es Shintaro Kago, que a esas obsesiones suele enmarcarlas dentro de elucubraciones conceptuales-narrativas sumamente experimentales*. Ya en Argentina Ivrea había puesto en la calle anteriormente La implacable invasión mongola, recientemente Hotel de las Ideas se la jugó y puso en las bateas la primera parte de Demencia 21.

Demencia 21 tiene algunos estallidos específicos de violencia y no tiene siquiera una viñeta con desnudos; la presentación formal-narrativa, sin ser mezquina, no da saltos al vacío. Así y todo, en cuanto a su contenido, debe estar entre lo menos complaciente de Kago. El manga tiene una estructura episódica carente de avances: Yukie, su protagonista, siempre vuelve al casillero cero de su status quo tras situaciones límite -es más un avatar que un personaje desarrollado en su psicología como tal-, ni tampoco hay una gran estructura por lo cual la trama vaya precisamente hacia algún lado. Los capítulos son, tras una primera historia normal, una sucesión de peripecias cada vez más inauditas que atraviesa la protagonista, en su trabajo como acompañante y cuidadora de ancianos.

Ese comienzo de Demencia 21 parte de una base que mezcla sátira de meritocracia/competencia laboral desmedida/rat race (desde la óptica de Yukie), y la parte que podríamos llamar de denuncia social, de la tercera edad como descarte y excedente social **. Es probable que, con eso último, históricamente los japoneses den vueltas alrededor de esto hace rato: pienso en casos como Tokyo Story de Yazujiro Ozu, o Roujin Z de Katsuhiro Otomo, por mentar dos ejemplos cinematográficos bien disímiles. Ese episodio presentación es lo menos interesante de todo el libro, puesto que el fuerte del manga está en las ideas y los conceptos. Y cuanto más desquiciados y nonsense, mejor aún.

Hay de veras, tantas ideas y conceptos -y de tanta calidad, que algunas podrían trascender el formato de dieciséis páginas-, en esos dieciséis capítulos restantes, que la mera enumeración de sus premisas podría ocupar prácticamente todo este texto. Algunas al azar, entonces, como muestreo: la psíquica cuyo Alzheimer hace desaparecer físicamente todo lo asociado a sus recuerdos (una suerte de vuelta de tuerca de “Funes el Memorioso” de Borges, que seguro le gustaría a Grant Morrison), el grupo de apoyo para víctimas de maltrato para suegras (el juicio a los otros, pero también la sobre eficiencia japonesa, algo que aparece también en el capítulo de Yukie-máquina-de-cuidar-viejitos, que se pasa tanto de rosca y termina hecha arma masiva de guerra), la mujer cuyas arrugas epidérmicas se vuelven agujeros negros de la realidad, o la dentadura con IA que se vuelve simbionte (otra que parece vuelta de tuerca, esta vez del Joker de “Laughing Fish”).

Ya en un panorama más global del asunto, se pueden arriesgar, por lo menos dos enfoques globales alternativos a las historias del volumen. Una, la ya mencionada cuestión de la tercera edad como ciudadanos y humanos de segunda (Malthus, pero el Thanos de Infinity War sirve también como referencia popular): ahí están el capítulo de test de competencias de ancianidad para conseguir cobertura social (un test de supervivencia invertido en el cual los viejitos tienen que demostrar su grado de dependencia de los demás), o el del depósito de ancianos que se multiplican infinitamente y sin sentido -tema recurrente en la obra de Kago: la multiplicación y superposición exponencial, cuasi metastásica de elementos, vivos o no-. Y hablando de sinsentido, en el prólogo de la edición, el especialista argentino en manga Diego Labra desliza el adjetivo “kafkiano”, al cual se le podría sumar el adjetivo “levreriano”, dado el carácter absurdo y ridículo, más que fatalista, de varias historias. La nueva organización social que surge en el capítulo de las torres de cuidados individuales, el episodio de la jungla de cables de interruptores de suicidio asistido (!!!), o la historia de la autopista de carriles exclusivos son narraciones fantásticas, oníricas, e inclusive lúdicas, en un espíritu afín al del mítico autor uruguayo.

Todos esos tópicos que van de lo controversial a lo directamente polémico, pasando por lo absurdo, en todo el cuerpo de su obra Kago los presenta con una estética muy “realista” y hasta quizá barroca, para los (pre)conceptos que suele tener el lector occidental acerca de la identidad visual del manga (como de alguna manera también lo hace Suehiro Maruo, autor cuyos pasos ha seguido de alguna manera Shintaro Kago). En su narrativa, Demencia 21 maneja un registro muy dinámico, con las clásicas líneas cinéticas japonesas y encuadres de ángulos contrapicados. Teniendo en cuenta todo lo que ocurre en las casi trescientas páginas de este primer volumen, ese dispositivo narrativo “amigable” podría tomarse casi por una concesión autoral.
*como buen experimentador, no siempre cae bien parado, lo cual por supuesto es parte del juego. Para quien quiera adentrarse en explosiones de violencia explícita enlazadas con reflexiones meta-narrativas sobre la historieta como medio y arte, ahí está Fraction.
**Argentina 2025, viejos cagados a palos y gases “religiosamente” todas las semanas. Otro chiste nada gracioso de la memecracia gobernante (o que al menos pone la cara – ¡y qué cara fea! – en el “gobierno”).


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