Por Gabriel Reymann
Todo, absolutamente todo, está sujeto a revisión y reedición en la cultura contemporánea. Los Corrosivos, la banda pionera de punk y (sobre todo) postpunk de Banfield en los años 80’s, ya había tenido un racconto de su historia en el capítulo dedicado a ellos dentro de Gente que no, antología de varios autores* sobre la escena postpunk y dark del under argentino de esa década. A través de la misma editorial de Gente…, Piloto de Tormenta, llegó en 2023 Los Corrosivos 1984-1989 Los 5 años que cambiaron la historia [la nuestra al menos], con el revisionismo ya a cargo de Fellini, nombre artístico de Walter Temporelli, cantante y, sí, líder en buena medida del grupo.

Es claro que la (auto)biografía grupal va a traer consigo (auto)biografía individual, y de la intersección de ambas asoma la gracia del libro, a la cual no estaría mal tildar con el adjetivo de “arqueológica”. Los 5 años… puede caer perfectamente dentro del paraguas que aloja a documentales como Parakultural 1986-1990 (Natalia Villegas y Rubén Zarate), Cemento: el documental (Lisandro Carcavallo) o Sucio y desprolijo: el heavy metal en Argentina (Paula Álvarez y Lucas Calabró), inclusive; una excavación sobre expresiones artísticas que pueden seguir más o menos presentes en el imaginario colectivo, pero cuyas condiciones de producción -más allá de los eternos loops vivenciales de la Argentina- ya parecen yacer enterradas bajo varias capas geológicas**. Estas condiciones de posibilidad son numerosas y variopintas. Fellini menta el auge de las carreras universitarias de diseño (Comunicación, Psicología, y la que tomaría él, Psicopedagogía, luego de empezar con Letras en la Universidad de Lomas de Zamora), tanto como transa de muestra de compromiso frente a la exigencia familiar, así también como lugar de caldo de cultivo para expandir las posibilidades -no solo profesionales, sino también creativas- de adolescentes atrapados en un contexto algo provinciano, y bastante reprimido y represivo. No solo es el himno de Los Violadores: algunas de las variables que explican el surgimiento de la cultura punk en la Argentina*** son la (¡lógica!) oposición generacional que empuja a buscar formas artísticas propias con la cuales identificarse, la cultura del hacer que prioriza al entusiasmo y la calidad diletante propia del punk con el Do it yourself, y esa enorme olla a presión -de todo tipo- que fue el Proceso de Reorganización Nacional 1976-1983, con la consiguiente ebullición tras la reapertura democrática.
No son pocos los protagonistas de la (noche de la) época que ponen énfasis en la continuidad de la dictadura por otros medios que significaba la vigilancia policial en la Argentina ya democrática bajo la presidencia de Raúl Alfonsín. Y los blancos predilectos de los maltratos y apremios ilegales solían ser las subculturas o tribus urbanas (punks, darks, heavies) que sublimaban esa búsqueda generacional de diferenciación, no solo en la música, sino también en peinados y atuendos, que, por lo visto, resultaban demasiado para esa Argentina que aún no se había quitado del todo el uniforme. Y así como -a muy grandes rasgos- la cultura dark/gótica en Inglaterra era una confluencia de romanticismo, existencialismo, teatralidad y glam****, el sembradío de cadáveres de los años previos viene de alguna manera a reemplazar al glam (inexistente como género musical en la Argentina de los 70’s u 80’s) como basamento para cierta variante más extrema del post punk argentino*****, cuyos representantes más idiosincráticos eran Todos tus Muertos -todo dicho desde el nombre- y Los Corrosivos, posibles herederos de estampidas tribales con afinaciones más bajas (The Birthday Party, Killing Joke), la estampita fatalista, romántica de Ian Curtis, campos de detención ilegales y las postrimerías de un momento particularmente tanático en un país necrofílico. At last but not least, en lo que refiere a condiciones de probabilidad para el under argentino 80’s, no se pueden soslayar las visitas internacionales de grupos más afines al imaginario de la escena (Ramones en su primer desembarco en el país, The Cure, Siouxsie and the Banshees)

Foto por Flavia Torrisi, del sitio oficial en Facebook de la banda
Sin gigantescos floreos literarios, Fellini sabe erigirse perfectamente como narrador, desde un lugar retórico muy particular. Poseedor (o inventor, tampoco sería algo malo en tanto no deja de ser un relato) de una memoria muy nítida y precisa de todos los eventos acaecidos dentro o fuera de la banda en esos cinco años, el ex cantante balancea entre un tono algo auto irónico y autoexigente (tanto de sí mismo como de los desempeños grupales) y una confianza muy decidida en la trascendencia artística, no comercial de la banda. Ilustrativo de esto también es el carácter programático y emprendedor con el que se define a sí mismo: la tenacidad y la planificación proyectual, la idea de “lugar adonde ir”, cuyo emergente más claro es el listado de 14 puntos al que él llama ‘Dogma ‘86’, catorce máximas artísticas con las que se manejaba la banda, varias de ellas referidas a restricciones estéticas, de fuerte sesgo conceptual -léase, las decisiones que no concebir ni ejecutar como músicos-.
El racconto es generoso en nombres propios: los ya mencionados TTM, más otros espíritus afines como Carlos Alonso de Uno x Uno, los Mimilocos, o el mayor apólogo público de la banda, Daniel Melero, quien iba a lanzar, vía el sello Catálogo Incierto que compartía con Christian Rosas, Estudios de Casos, el único registro oficial de la banda, documentado en un show dado en el Parakultural. Otros nombres como Patricia Pietrafesa, Ruth Mary Kelly y Carlos Jauregui, o la revista Cerdos & Peces -cuyo denominador común es la lucha contra los, de mínima, arbitrarios edictos policiales de la época- ilustran un marco de acción mucho más amplio que lo estrictamente artístico. Afortunadamente, la construcción del anecdotario en el libro gambetea muy hábilmente el chismerío.

Todas las letras de la edición original en cassette de Estudios de Casos; gracias Discogs.
La conjunción de la fluctuación de intereses personales -siendo la edad de los veintes muy propicia para ello- y la hiperinflación alfonsinista -loops vivenciales argentinos- se llevaron puestos a Los Corrosivos, como a tantas bandas de su generación. Los sobreviven la reciente reedición en vinilo de Estudios de Casos -un potente documento, pese a las limitaciones originales de sonido- y el complemento de estas memorias literarias ahora, que también ofician, de alguna manera, como el documento de la educación sentimental de un joven en una década particularmente fértil y prolífica de la (contra) cultura popular argentina.
*Leandro Uría es quien escribe el segmento dedicado a Los Corrosivos en el libro de 2009, que, por cierto, es el más extenso del volumen, con 44 páginas.
**el mejor ejemplo, sin dudas, es MTV. Ya no se trata de hablar al acceso (o a la falta de) a la información con el parámetro “no había internet”, sino que directamente no había canales con videos de música las 24 hs, parámetro que ya no corre más hace rato. En Argentina (o más específicamente Buenos Aires, y aún más específicamente Capital Federal) los videoclips musicales se conocían mediante proyecciones en videobares.
***lejísimos ya, respecto a EE UU e Inglaterra: para 1984, no solo había fenecido el punk, sino también ya el post punk, al menos en su variante más colorida y derivada del dub/Beefheart/Hammill/Velvet/afrobeat. Esos ya eran años de rock gótico, “big music”, synth pop, hardcore, o heavy metal, inclusive. En Argentina específicamente, el punk -y su simplificación musical- podía ser una puerta de entrada a la cultura rock, frente a la hegemonía previa (Spinetta, García), con su sofisticación, en especial, en el plano armónico.
****visual y musicalmente hablando. El exceso visual de Bowie o T-Rex vuelve, grotesco, pero vuelve al fin, en Bauhaus o Siouxsie and the Banshees.
*****por supuesto que hay muchas variantes, más allá del campo aglutinador Joy Division-Sumo. Los Pillos y Don Cornelio parecían ser los grupos más cercanos al espíritu de los pioneros del rock argentino, La Sobrecarga seguía de cerca el puente entre el espíritu progresivo y el post punk (Talking Heads, King Crimson 80’s), mientras El Corte caminaba más cerca de las huellas excesivas de Bauhaus.

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