Comics: Soy un cobarde – La imagen crujió

Por Gabriel Reymann

¿Qué tan posible es que un artefacto artístico -historieta en este caso-, no inédito, pero sí por debajo del radar -al menos del público masivo-, no solo no pierda un ápice de su vigor vanguardista tras seis décadas de su aparición, sino que encima lo revalide? Bueno, gracias al lanzamiento de Soy un cobarde y otras historias de Leopoldo Durañona, editado por Sector Editorial en Argentina, uno puede agenciarse un ejemplar del libro, e intentar responder el interrogante por cuenta propia.

La información sobre Durañona (1938-2016), en Internet y fuera de ella, suele ser reiterativa, por lo escaso de la disponibilidad. Se lo sabe aventajado alumno de Alberto Breccia en el mítico curso de la Escuela Panamericana de Arte (junto a otros nenes como José Muñoz y Rubén Sosa), y la mención de sus obras (hitos) probablemente esté reservada al terreno de los memoriosos o conocedores. Están sus diversos trabajos junto a Guillermo Saccomanno -como la historia corta sobre la Guerra del Paraguay, la serie Ángeles Caídos (aparecida en las revistas de la Warren de EE UU, pero también en nuestra Fierro en los 80’s) y la adaptación de Moby Dick con aportes en la faz gráfica de Enrique Breccia-; ya junto a HGO, figuran las crónicas de la independencia argentina en Latinoamérica y el Imperialismo,  y ya con guion propio, se pueden traer su Raza de Escorpiones para EE UU en los 90’s (también recientemente recuperada para el mercado local), y sus prestigiosas adaptaciones de cuentos de Kafka*. Teniendo todas esas obras una gran valía visual y narrativa, no alcanzan a dar idea cabal de la experimentación en ambos planos que muestran las páginas de Soy un cobarde

Las siete historias hallaron su lugar de publicación original en la primera mitad de los 60’s, en las revistas Hora Cero Extra (las tres primeras del tomo, con guion del mencionado Oesterheld), Super-Misterix, D’Artagnan Álbum, Intervalo Álbum e Intervalo (Semanal). El orden de lectura no obedece 100% al orden cronológico -aunque se acerca bastante-, pero el devenir de los relatos parece alojar un hilo secreto en el aspecto gráfico.

La salva inicial de HGO tiene en común, situaciones límite y violencia que apenas camuflan cierto terror moral. La historia bélica que da nombre y comienzo al volumen, puede tener el argumento más esquemático de HGO, pero la performance de Durañona se maneja en el opuesto de ese espectro; si bien es el trabajo más cercano en estilo a su mentor Breccia (Mort Cinder en particular), tiene una potencia gestual innegable en el trazo -por momentos como inscripción caligráfica, o sea, dibujo como escritura-, un flujo narrativo impecable, y una utilización de la confusión propia del campo de batalla como marco propiciatorio para la abstracción -esto es, manchas salvajes-. Las que le siguen, “Herida Mortal” -de lo mejor del volumen- y “Partisanos” -con espíritu afín a algunos trabajos de Enrique Breccia, van en cierta medida en el sentido contrario: el vacío y el espacio en blanco son los que generan el pánico que paraliza, y no la acumulación de elementos. “Herida…”, de 1963, también tiene cierto espíritu cinderesco y prefigura otros trabajos de Enrique Breccia, pero la impronta de su trazo roto, grabadístico, es puro Durañona y fija el tono de mucho de lo que pasa en el libro: la representación es imposible de volver a repetir exactamente de una viñeta a la otra, por lo caótico -y hasta indeterminado- que resulta el instrumental utilizado.

“Mente” (1963, para Super-Misterix), vuelve a un registro más (por comparación) tradicional y brecciano, aunque no escatime cierto expresionismo en lo estético y las angulaciones de los encuadres. Las dos que siguen, “El librero” (guion de Eugenio Mandrini, 1962, para D’Artagnan) y “Puerto” (guionista no acreditado, 1964, Intervalo Álbum), ya suben considerablemente la apuesta en el riesgo visual y narrativo. La primera cuenta con una labor simple desde lo argumental, y compleja desde la florida prosa por parte de Mandrini. Hablamos de una historia de niños de barrio y travesuras; el asunto es que los niños están dibujados como los representaría justamente otro infante. O casi: es parte esquematismo, parte (de vuelta) indeterminación e imposibilidad de representar algo dos veces de la misma manera, como si esa dialéctica de línea y mancha no permitiera la estandarización representativa**. “Puerto” está basada en Ciudad portuaria, la película de 1948 de Ingmar Bergman que a su vez adapta la novela de Olle Länsberg y, hasta este punto del libro, es lo más arrojado a nivel visual del libro: collages***, representación “infantilizada” de vuelta, y hasta alguna descomposición del movimiento al estilo del futurismo.

“Hasta este punto del libro”, porque lo que cierra el libro es la adaptación de El túnel, la celebérrima novela de Ernesto Sábato -vía la adaptación fílmica de León Klimovsky-. Y así como el transcurso de las páginas en el libro, visual y narrativamente, paulatinamente se iban cargando como nubes en el cielo, también lo hacen la sintaxis y la estética dentro del propio transcurrir de El túnel. En el (muy buen) posfacio a cargo de Julián Blas Oubiñas Castro, este levanta unas declaraciones de Durañona respecto al hacer sobre El túnel: “(…) agarraba las páginas y las metía en la bañadera con tinta, sobre las manchas que quedaban, dibujaba (…)”. Si bien esto no tiene nada que ver con la arbitrariedad (según el autor, ese caos presentado en la página obedecía a acompañar el descenso a la locura por parte del protagonista de la historia), la idea del azar performativo no vuelve descabellado vincular la labor de Durañona con la de ciertos agentes artísticos de esa época. Como mencioné indeterminación, le tengo que poner nombre y apellido -John Cage-, pero también la más posible demolición de la frontera entre abstracción y representación figurativa -expresionismo abstracto, pero también la Nueva Figuración**** argentina de los 60’s; o hasta la sublimación textural de Alberto Greco y el informalismo. El resultado final se parece más a un original intervenido como una “hoja esculpida” … o no tan intervenido, si la acción más pertinente es no actuar.

El mundo del arte es así: tarda en llegar, y por ahí igual no hay recompensa, pregúntenle a Van Gogh y sus cero cuadros vendidos en vida. Pese a lo ingrato del asunto, la ventaja es que está la posibilidad que perviva y atraviese nuevas generaciones -al menos mientras haya algo parecido a una civilización humana-. Aparte de poner en valor la obra de Durañona, la edición de Soy un cobarde… permite reflexionar sobre los supuestos avances actuales de la libertad creativa y lo autoral -no solo en la historieta- y los reales riesgos que se corrían en décadas pasadas, en marcos no tan permisivos, en especial en una editorial históricamente tachada de conservadora, política y estéticamente, como lo es aún hoy en día Columba, y cuyo último aspecto, al menos, puede ser cuestionado.

*Tanto Raza de Escorpiones como los cuentos de Kafka (recopilados bajo el nombre de La ejecución y otras historias) fueron editadas recientemente en Argentina por Deux Studio. Doedytores hizo lo propio con Moby Dick y Latinoamérica

**curiosamente, en los 80’s Durañona laburó en EE UU realizando el trabajo de estandarización representativa por excelencia: storyboards de dibujos animados, donde no se puede no repetir la imagen al 100% en la secuencialidad.

***atención, porque esto es previo a la experimentación de Alberto Breccia con collages: “Richard Long” es de 1968.

**** así como Luis Felipe Noe pintando, a veces se iba del bastidor, a veces Durañona se va de la viñeta en El túnel.


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