Comics: Lovecraft/Q – Yo hablo la noche, yo hablo mi cuerpo

Por Gabriel Reymann

De seguro al mito romántico (y el siempre popular efecto del artista torturado) se le fue un poco la mano con el tópico, pero en definitiva ser artista, de cualquier disciplina, se trata en primera instancia de tener algo para decir, y luego saber cómo decirlo* (ok: quizá al mito indie, a su vez, se le haya ido la mano con la deconstrucción del mito romántico aplicado a los artistas). ¿Y qué onda cuando el hablante ya está, digamos, o sea, demasiado hablado por su visión? El dilema entre poder pagar o no ese vuelto, por ahí se dan tanto un paseo Lovecraft (por Keith Giffen y Enrique Breccia, 2023 en Argentina por Hotel de las Ideas), y Q (por Santiago Musetti, 2024 en Argentina por Historieteca).

Otra cuestión transversal a ambas historias es la proveniencia de esa visión personal creativa, o su relación con el mundo exterior. Lovecraft -escrita por Giffen, pero basada en un guion cinematográfico de Hans Rodionoff- versa sobre el detrás de escena del escritor de terror definitivo del siglo XX -el sucedáneo de lo mismo que había sido su admirado Poe en el siglo XIX-, datos biográficos comprobables entremezclados con un espacio ficcional claro. Ficción nítida, claro, porque Howard Phillips nunca jamás estuvo perseguido por las criaturas atávicas que describía en sus relatos -el gancho para el lector que permite llevar a la historia a otro plano menos literal, amén de abrirle la puerta a Breccia para que dibuje mostros-, entremezclada con los antecedentes de locura paterna, la sobreprotección maternal, la imaginación inflamadísima por los relatos orales del abuelo y el matrimonio con Sonia Greene -sí, Lovecraft estuvo casado y todo-, todos hechos certificados por la biblia de Wikipedia.

Es un poco sicologista o conductista, directamente la cuestión: de ese cóctel donde únicamente Sonia está exenta de brindar un afecto o vínculo, de mínima, enrevesado, lo menos que puede salir es un fóbico social, llegando al punto de insinuar el guion que la neurosis familiar es herencia y destino. O más propiamente psicosis, porque el escritor de Providence, aun incrédulo y reticente, integra al mundo real con el alucinatorio, cuando por supuesto, el resto de los mortales no puede atestiguar la invasión secreta con sus ojos.

Y en algún momento de la historia el estilo visual de Enrique Breccia integra los dos registros gráficos preponderantes: las acuarelas correspondientes a las escenas de alucinaciones, el trabajo con pluma y color directo para el plano más terrenal, en el cual el volumen lo da mayormente el trabajo de líneas, al estilo de un grabador. Ese momento de la historia es la preparación para el enfrentamiento, o mejor dicho confrontación, en el cual pasa a una impronta basada en pasteles -para finalmente volver a la pluma, tras el restablecimiento del status quo-. El imaginario lovecraftiano ha tenido cotas altas en la historia del comic -Corben, Wrightson, su propio padre Alberto-, y sin dudas por prepotencia de laburo -e imaginación, observen esa paleta cromática refulgente cuando la alucinación entra en la realidad-, Churrique se abrió paso para meterse directo en ese panteón con su labor en Lovecraft.

Donde la posición de Lovecraft frente al mundo exterior es de un abroquelamiento, la erección de un dique para proteger su preciado mundo interior (salvando las distancias: Borges, Pessoa), la de Horacio Quiroga, protagonista de Q es su opuesto: la de escritor como hombre de acción y aventura (de vuelta las distancias: London, Hemingway).

Y como en Lovecraft, el dato verídico (tras el homicidio accidental de su amigo Federico Ferrando, Quiroga es arrastrado por su amigo Leopoldo Lugones a las ruinas de San Ignacio para que oficie de fotógrafo en una expedición) se cruza con el ficcional (el peregrinaje viene acompañado de unas cuantas delirios y acechanzas por parte del fantasma de Federico). Otra curiosa simetría es la ya mencionada relación entre Quiroga-Lovecraft (temeroso, lógicamente culposo por el luctuoso suceso) y Lugones-Sonia (confiado en sí mismo y confiando en Quiroga, como ser humano, como fotógrafo).

La presencia de lo irracional, lo monstruoso, es otro factor en común a ambas historietas. Pero es probable que hasta ahí lleguemos, porque más allá de la diferencia sustancial de mentalidades en los escritores (puertas adentro vs. salir a explorar) en Q la presencia de lo irracional no se limita a las amenazas fantásticas, dado que el ambiente natural hostil (ok: de vuelta el romanticismo) es algo más que una locación para el viaje al fin de la propia noche (con lo que volvemos a los matches: tanto en Q como en Lovecraft, los protagonistas se confrontan consigo mismos, tete a tete).

Pero volvamos al juego de las diferencias, ahora en la impronta visual: Musetti encara Q totalmente en blanco y negro, en un estilo fuerte, sucinto y expresivo (pese al aire a Alberto Breccia, no expresionista: no busca impresionar ni se desgarra, y está lejos de solemnidad alguna), con una destreza narrativa envidiable para un autor, encima novel: lugar para que el silencio pueda encauzar el relato, saltos de viñeta a viñeta con sabias dosis de elipsis, variedad de encuadres. Tanto como Q como Lovecraft, para alzar la copa de la síntesis, hablan y ponen en puesta una exuberancia incontrolable, puertas adentro o puertas afuera de la cavidad craneal.

*puede ser al revés en el plano temporal, parafraseando a Godard. El orden de los factores no altera el producto.


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