Por Gabriel Reymann
Dijo el poeta argentino Fabián Casas “parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia”, pero opongámosle, mediemos con, el verso non-family related de Pete Townshend “juntémonos antes que nos pongamos demasiado viejos”, porque un poco eso es la sociedad y aún más su denominador común más básico -el núcleo familiar-, por mucha «reinvención» incel de la rueda de los contratos sociales que pueda haber a nivel mundial: no elegimos esto, pero tratemos de ponernos de acuerdo. A priori La casa de Paco Roca (Hotel de las Ideas, a reeditarse en este año en Argentina) y Virus Tropical de Powerpaola (Musaraña, reeditada en 2023 en Argentina) no parecen parientes historietísticos muy cercanos, pero, en una de esas, se sientan a la misma mesa.

Ay, las palabritas mágicas, novela gráfica autobiográfica, pero no: Roca basó su comic de 2015 en su experiencia personal, pero no respetó al pie de la letra las vivencias personales, e hilvanó un argumento -con muchos de los sinsabores y faltas de resoluciones típicas de la vida real-, pero argumento al fin. La casa justamente identifica un momento un momento inevitable -por biológico, simplemente- para aquellos que transiten la amplia franja etaria entre los treintaypico y los sesenta: la partida del plano físico del último padre (o madre) con vida y el “bueno, ¿qué hacemos con la casa familiar?”. Cada hermano en la historia ocupa su espacio/rol definido: el mayor con la cruz -autoinfligida- de “hacerse cargo de todo”, el del medio algo en cualquiera, la menor no desentendida, pero sí con algo de “la última en llegar”. Y todos ellos con sus parejas/familias a cuestas -quizá los mejores personajes, los que se dan mayor espacio a la reflexión y/o la distensión, seguramente por la carencia de obligación directa-.

Llevados con un dibujo muy engañosamente simple -más un trabajo de decantación de un estilo realista que algo simplista-, un oído atento para dejar lugar a los diálogos certeros, como así a los silencios o la deriva visual del ojo narrador por los recovecos de la escena, el autor de Arrugas pone en escena una historia sobre la vida de los espacios arquitectónicos, su falta de “inocencia” -o sea los lastres que pesan sobre ellos, pero también las victorias, pequeñas o no-; un acercamiento a como imprimimos nuestra conciencia en los lugares que habitamos y los efectos residuales que permanecen luego.

Decantación también hay en la minuciosa cadena de observaciones de los vínculos sanguíneos que practica el artista valenciano en La casa, poniendo la lupa en un comportamiento que no es privativo de las relaciones familiares, pero sí muy característico de ellas: el autocompletar de los roles -propios y ajenos-, azuzado en especial por la falta de diálogo. Cuando no se hablan ni mencionan -bien, mal, elegantemente o no tanto- las divergencias frente a los hechos y/o puntos de vistas, el prejuicio se hace lugar y osifica las percepciones de uno mismo y los demás, sea para poder erigir un simple marco explicativo, o bien para resguardarse del juicio ajeno.

Donde, sin renunciar al humor, La casa acomete un tono más bien elegíaco, melancólico, Virus…, la ópera prima de la ecuatoriana-colombiana se mueve en las aguas del melodrama(queenesco): en términos cinematográficos, algo así como Fresas salvajes de Bergman vs. Qué he hecho para merecer esto de Almodóvar, si se me permite el paralelismo. Es entendible la diferencia de tonos, teniendo en cuenta que La casa inicia desde una pérdida consumada y Virus…da el salvo inicial desde un florecimiento, la concepción misma de la autora (ella misma el “virus tropical”, término que usa un médico para rechazarle de cuajo a la madre de Paola la posibilidad de estar embarazada). De ahí, hasta la adolescencia más avanzada, y dividido en capítulos temáticos, se atraviesan distintos tópicos -desde la correspondiente perspectiva de la edad- como la educación, los (primeros) amores, el dinero, la identidad o el descubrimiento del sexo.

Los conjuntos “La casa” y “Virus tropical” hacen intersección en la jerarquía de los roles intrafamiliares dentro de sus tramas. Arrancando por la figura paterna del exsacerdote (ausente, hoy decimos abandónico) y el reacomodamiento de las piezas tras su deserción: la madre intentando mantener las naranjas en el aire como puede, la hija mayor rebelde que hace la suya, la hermana del medio, celosa de Paola, que avanza a un rol más maternal tras la separación paternal, Paola la hermana menor pegote que busca ejemplos y cobijo. Se trata casi de una cuestión de posiciones, casilleros en un tablero imaginario, que no pueden quedar vacíos. La madeja familiar en Virus… es una organización de algo que no se sabe bien qué es: planetas que no están necesariamente en la misma órbita y sin obligación alguna de aunarse en un proyecto común -más allá del afecto y sus limitaciones-, hablados por mandatos de vida y expectativas ajenas, esos castillos de arena que se disuelven en el mar de los que hablaba Hendrix.

En esa escena inicial de la fecundación (!) con un zoom out que termina llevando a las calles de Quito, o en las viñetas que contradicen la información visual o verbal del cuadrito que las precedió, ya se puede apreciar un más que interesante entendimiento de la narrativa, por lo general estructurada en una grilla de cinco o (más seguido) seis viñetas. Difícil que no llame la atención el apartado estético, por la transgresión de casi todas sus normas académicas básicas: perspectiva, bidimensionalidad, proporciones del cuerpo humano. Al mismo tiempo, hilando más fino, esta historia no podría estar dibujada de otra manera (sea por Powerpaola misma o por otro dibujante): ese trazo liendre no puede estar disociado del contenido del relato, su unidad como obra. Esa intersección de torpeza y candidez en el dibujo es la misma que habita en el núcleo de la historieta.


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