Por Gabriel Reymann
Es un yeite clásico de cualquier formato narrativo, el de disfrazar la verdura en el plato. Ahí está de ejemplo El exorcista de Friedkin, un drama de crisis de fe camuflado de una de terror, y acá está Acero Líquido de Quique Alcatena y -el reciente y tristemente fallecido- Eduardo Mazzitelli: una travesía por los vericuetos existenciales de una auténtica víctima de los cambios, vestida de fábula y fantasía-heavy metal-chabón. El libro que pone en la calle Loco Rabia -va por su quinta edición desde 2010-, recopila la historia serializada en la legendaria revista argentina Skorpio hace ya más de 30 años.

Las algo menos de 300 páginas del volumen transitan la historia de Hark, un rebelde devenido, por medio de un experimento, en super-guerrero protector del reino que habita. Cuando el casco que le otorga poderes lo consume por su misma potencia, Hark se transforma en una criatura inestable de, justamente acero líquido. Los personajes secundarios entran y salen de escena (su amor imposible Sibilina, el monarca Gran Señor, el mago Gran Abuelo, el hechicero Ru Ais Lamp Silog, y el humanoide felino Híbrido, entre tantos otros) y el transcurrir argumental es tan mercurial y volátil -pero no antojadizo- como la estructura atómica de Hark, quien se probará incontables trajes a lo largo del volumen: marioneta (de monarcas y magos), tirano, héroe, llevando la insatisfacción ante cada uno a una nueva piel.

Parafraseando a Henri Michaux, bastante del conflicto de Acero… ocurre por la distancia -no siempre conciliable- entre “lo que ocurre dentro del cráneo” y “lo que ocurre fuera de él”. Desfasajes de toda índole pueblan este universo ficcional, como la antinomia entre los sueños y su concreción en la realidad o el conflicto entre conocimiento y la felicidad (siendo la ignorancia reaseguro de la última), planteando una deriva agnóstica en la cual nunca se puede arribar a un significado ulterior, cuando no directamente una pesadilla donde el absurdo es rey, y lo único que desea el Deseo es aquello que no se puede tener. Mazzitelli, como narrador omnisciente, utiliza en los bloques de texto o diálogos de los personajes, muchas frases con una estructura A de carácter positivo/afirmativo, seguida de una estructura B que niega o vuelve del revés a A (“¿quién quiere que sus maravillosos sueños se transformen en espantosa realidad?”).

En su metier, el costado gráfico/narrativo, Enrique Alcatena actúa como un bibliotecario: elige volúmenes de cada estante para erigir su edificación. Y su torre es variopinta, mas no incongruente: las arquitecturas a lo Philip Craig Russell, el diseño de Hark a lo Kevin O’Neill, el blanco/negro molecular de Lucho Olivera, destellos de Mike Kaluta o Barry Windsor Smith. Y eso ciñéndose al ámbito del comic, porque también abreva en las clásicas estampas japones, la Secesión Vienesa de Klimt, o el decadentismo inglés (bastante hay de Aubrey Beardsley en el personaje de Sibilina, por ejemplo). La puesta en página oscila muy utilitariamente entre la locomoción desbocada de las páginas de acción, y el carácter más bidimensional, cercano a la ilustración, de las influencias no historietísticas.

Es otro paso más en la batalla por parte de la historieta como medio, lenguaje y arte; en una publicación dedicada a un público masculino joven adulto hetero, Mazzitelli-Alcatena deslizaron unos cantos de inocencia y experiencia repletos de búsqueda, desesperación, locura, belleza y, en medio de todos los escombros, algo de entendimiento. A la dupla creativa aun le quedaban décadas de colaboraciones por delante, por lo cual volverán a decir presente en este sitio.


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