Por Gabriel Reymann
Le habrán puesto especial empeño los Beatles (junto a George Martin en el estudio), luego King Crimson en la cuestión performativa, amén de la compositiva, pero el rock -aun más que el rock ‘n’ roll- es una cuestión de incapacidad, por no decir muchas veces estupidez lisa y llana. Incapacidad voluntaria (la bruteza conceptual de Devo o la “energía idiota” de Brian Eno), el servicio limitado de fábrica, la austeridad de recursos, los sentidos alterados o el arma de elección que se tome, todas pueden alumbrar lenguajes de profundidad musical.

Aun cuando la diferencia entre genialidad y diletantismo esté muy difusa. El propio Jason Pierce (uno de los dos compositores del grupo, junto a Peter Kember a.k.a. Sonic Boom) habla aquí de como la falta de destreza musical actúo como catalizadora del sonido de la banda inglesa: no hay cambios de acordes porque sabemos pocos, hagamos lo que podamos con ellos (para mayor interiorización del proceso creativo con lo que hay en la heladera, esta entrevista con el bajista Will Carruthers).
Ya para los 80’s el rock estaba fuertemente atomizado en estilos, nichos específicos -quizá por la autoconciencia de los pioneros por parte de los músicos en actividad en esa década-, y es un motivo por el cual Spacemen 3 destaca -por oposición- con su música: eran capaces de abrazar el garage más primitivo, el feeling del soul (y el gospel), los estados mentales más líquidos de la psicodelia, todo eso dentro de un andamiaje sonoro germano mínimo pero funcional.

El abordaje de lenguajes heterogéneos gana peso por nunca abandonar la banda el valor diferencial del rock, su materialidad: el timbre, o sea la electricidad. En el uterino “How does it feel”, es el tremolo de la guitarra Vox Starstream de Kember (y los infinitos efectos de modulaciones que atraviesan el tema y el disco) el pulso rítmico que organiza el tema -no la batería, que entra a los cinco de los siete minutos que dura el tema y funciona más como tambor de procesión-. La batería brilla por su cuasi-ausencia en el disco: sustituida por el susodicho tremolo, el bajo (“Let me down gently”) o las maracas (“Suicide”), toma preponderancia en “Revolution”, el homenaje a MC5 que termina sonando cerca de Hawkwind.
El susodicho “Suicide” es la cumbre de las posibilidades de Playing with fire. Electricidad ya casi electrocución, y dos acordes para once minutos de máxima concentración, que justamente por su dedicación e insistencia rítmica bordeando en lo obsesivo, no cae nunca en la abstracción ni en el free form. Por más que sus letras aborden exhortaciones o plegarias, Playing… es un disco sobre el tiempo (y la reelaboración de su concepto, alucinógenos o no): el trémolo -una señal que se repite y va decayendo, en contraposición a una percusión, humana o no- es presente puro, cuando no un chicle reorganizado cuasi-indefinidamente, o una pelota de basket que alguien decidió que rebote dentro del cráneo del oyente.
Es la audacia por la cual elegimos (y probablemente se siga eligiendo) al rock: el grano puro de su electricidad, el reconocimiento de tradiciones previas, su voluntad de expandir los límites, aunque las voces no estén afinadas.


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