Por Gabriel Reymann
El propio autor lo tiene claro y lo grafica en el posfacio del libro: Javier Olivares (España, 1964) pertenece a esa generación de autores (y laburantes, en definitiva) del tebeo que, en su juventud, vieron languidecer al mayor espacio para el desarrollo de sus capacidades, esto es, las revistas de antología de comic español. Con el tiempo Olivares fue encontrando su espacio en la historieta de su país y más allá (mayormente en colaboración en novelas gráficas con Santiago García, que es uno de los guionistas que aportan páginas a este libro), y en paralelo a las obras de largo aliento, materializó una buena cuota de historias cortas que encuentran su lugar en Los animales prehistóricos (narrativa breve 1999-2021), editado por Loco Rabia en Argentina, 2023.

Teniendo como origen una fuente de formatos tan diversa, que incluye revistas de historietas, musicales, periódicos o cuadernillos publicitarios -amén del recorrido temporal de veintidós años-, es probable imaginarse al libro como una caja de sastre donde cabe de todo. La primera refutación a ese prejuicio viene por parte del apartado gráfico: el decir visual de Olivares se vuelve muy reconocible a las pocas páginas. Toma la angularidad -mas no la representación cubista- de Pablo Picasso: en las primeras historias se notará una mugre y una textura más cercana a los procedimientos del grabado o las obras de colegas como José Muñoz y Lorenzo Mattotti, mientras que para las historias posteriores -algunas de ellas a color- el carácter angular se conservará, pero en función de una estética más depurada. Para la presentación de las escenas, Olivares alterna entre perspectivas directamente expresionistas y otras distorsionadas. Para la secuenciación de los hechos, usa grillas de dos, cuatro o más viñetas; se trasluce en su factura un montaje elíptico y muy fluido al mismo tiempo.

La segunda y más importante refutación al preconcepto viene por el lado del espectro temático. Cierto es que poco menos de la mitad del libro están ocupadas por las aventuras de Hop (“investigador de lo emocional”) y Ono (“ángel estimulador”), pero los ejes de sus ¿aventuras? tendrán, de una manera u otra, su ritornello en las historias que siguen. Muchas de las historias de estos dos personajes aprovechan la duración de una página para condensar su potencia e intensidad. Ambos personajes canalizan más de lo que agencian activamente, y el hilo de Ariadna de sus derroteros lo conectan las marcas de la célula básica del conflicto bélico: el hogar. Los rastros del sometimiento del padre al hijo -la ley del Padre- y los ciclos biológicos como la muerte del progenitor o el dolor del crecimiento -así como también toda la sedimentación de frustraciones existenciales que no linkean directamente con la forja familiar del carácter-, son la materia prima del discurrir de Hop y Ono, no exentas de cierto tono de sinsentido más absurdo que fatalista -algo así como más Ionesco que Kafka-.

Notas de Cesar Vallejo en la primera viñeta.
El tópico de los indicadores se hace presente en varias de (otras de las mejores) historias del volumen. “Mostradores”, con guion de Pepe Gálvez, en cuatro breves páginas lleva a exteriores el campo de batalla doméstico: la alianza entre el punto de vista del niño-testigo -y su comprensión limitada-, el lleva y trae verbal-social y las viñetas mudas erige uno de los mayores éxitos artísticos del libro. En plan menos turbulento, “Usted está aquí” juega astutamente con la idea de los deícticos, y su presencia -tanto como su ausencia- en el entramado social, y “Maine 1961” pone el foco en las marcas como huellas del suceso extraordinario -al que hay que atender con los ojos y los oídos-.

Algo más al margen de estas recurrencias, y dignas de menciones, se encuentran las páginas sobre Picasso, el Guernica y su impacto social tras todas estas décadas, y “Finlandia”, la adaptación del cuento homónimo de Hernán Casciari, que funciona como sinécdoque de la neurosis, su ritmo temporal y el ahogamiento en el océano de la posibilidad -o no tanto-. El tránsito por estos escenarios físicos y mentales -abiertos, cerrados- traza el mapa de un medio hostil, sí, cuyo desborde no excluye la fascinación: es de alguna manera el mundo privado de Javier Olivares, pero también lo puede ser de todo aquel que otee en su noche.


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