Por Gabriel Reymann
Para 1975, la banda del oeste bonaerense El Reloj ya tenía un disco de estudio y cantidad de actuaciones en vivo a cuestas que no hacían más que reforzar el carácter de precisión que bautizó a la banda. Si bien el LP auto titulado ya era un éxito artístico -bajo una influencia clara de Deep Purple, pero esquivándole al calco-, para su segundo registro lanzado en, epa, marzo de 1976, la agrupación comandada por el guitarrista Willy Gardi cristalizó un lenguaje verdaderamente propio de una manera excepcional dentro del rock argentino, que más allá de su insoslayable creatividad, históricamente ha estado muy apegado a las tendencias musicales extranjeras del momento.

Si se trata de hablar de influjos en El Reloj II, es pertinente traerlos en un comienzo para poder despejarlos de la ecuación. Al hard rock de tintes sinfónicos del molde alla Deep Purple, para este disco se puede sumar una aceleración propia de la época (el jazz rock más furioso: la Mahavishnu Orchestra o el Jeff Beck de Blow by Blow, porque no) y una estructura compositiva más cercana al rock progresivo británico -no mucho más que eso, porque nadie tocaba “como” Wakeman, Squire o los figurones de turno-.

Justamente el tema que da comienzo al disco se titula “Al borde del abismo”, pero la similitud con Yes se detiene ahí. La estructura del tema -que incluye unos cuantos cambios de ritmo y marcha, y un concepto sumamente orquestal en el cual batería y bajo pueden sustraerse inteligentemente al silencio- está dada por el fraseo rítmico-melódico de la guitarra de Willy Gardi, y ya en esta primera canción se observa el espíritu compositivo de la banda: El Reloj II se trata de las delicias de un charlatán -Gardi- en la guitarra, arreglados (muy) grupalmente. Aquí se puede contraponer el ejemplo de la Mahavishnu, donde McLaughlin tomaba la batuta, pero la visión global favorecía el espacio para los solos por parte de -casi- todo el grupo, a la manera del jazz.
La segunda canción, “Tema Triste”, es en donde el grupo va a estar más explícitamente cerca de una deuda para con la música extranjera contemporánea: un lamento a la “Child in Time” de Deep Purple, aunque el registro del bajista y cantante Eduardo Frezza esté más cerca de Glenn Hughes (uno más “des-afroamericanizado” y sin rastros de soul, dicho sea de paso). Tampoco se sostiene mucho en términos de duración de tiempo la comparación, puesto que el carácter centrífugo de la composición invariablemente los lleva para otros lares (que incluyen unísonos y un elemento usado hasta ese momento por pocos artistas en el rock, entre ellos Duane Allman y Thin Lizzy: las armonías en terceras de guitarras gemelas ejecutadas por Gardi, Osvaldo Zabala y Carlos Mira, con las que haría carrera Iron Maiden apenas un lustro después).
Esta ¿imposibilidad? de la música de evitar devenir algo más, pasar a otra cosa (otro anticipo a tendencias futuras más: el thrash futurista de Voivod) atraviesa buena parte del disco. “La ciudad desconocida” es una pieza musical de diez minutos que no tiene reelaboración o regreso de temas, solo se desliza por fases: melodía de violín, tema grupal -cantado-, interludio, solo de guitarra, clímax épico final. “Aquella dulce victoria”, con su motivo inicial triunfal que honra el título, también muta a una estructura caprichosa (pero no arbitraria) con pausas, guitarras acústicas, solos enfurecidos y arreglos neblinosos de teclados. El resultado final de composiciones orgánicas, casi como entidades que viven y respiran por sí mismas, es logrado por el contrapeso de la atención a dinámicas de volumen y tímbricas (a la manera de King Crimson o PFM), principio sostenido por la labor de Frezza, el tecladista Luis Valenti -concentrado más en los acentos musicales que en los solos- y, especialmente, el trabajo percusivo de Luis Esposito, que aporreaba su set de batería con el concepto de un percusionista clásico, atacando los cuerpos como si fueran timbales y cerrando la sintaxis de la banda.
Tras los shows en el Luna Park de ese año, las diferencias humanas -y el contexto del país, claro- se comieron a esa formación de El Reloj que, a partir de los mediados de los 80’s y hasta la actualidad ha regresado para funcionar de manera intermitente. Con o sin Willy Gardi, fallecido en 1995, el grupo nunca buscó replicar la matriz compositiva de El Reloj II, y está perfecto: había que pasar a otra cosa.

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