Comics: Precinto 56/Evaristo – El largo hola

Por Gabriel Reymann

En la revista Superhumor nº7 (julio 1981) aparece un artículo firmado por Juan Sasturain, jefe de redacción de esa publicación, dedicado a la historieta policial argentina en la década de los 70’s. Allí el guionista de Perramus se dedica a analizar la doble demora de la llegada de la serie negra a la historieta-primero a nivel mundial por (auto)censura, luego la llegada de ese género de lenguaje al arte secuencial argentino-, para finalmente empezar a desmenuzar el contenido de varios –ya por aquel entonces- clásicos del policial historietístico argentino; desglosándolos en policiales situados en EE UU con protagonistas perdedores pero (aun) creyentes al menos en un imperativo moral (Savarese, Precinto 56) y policiales situados en EE UU pero con personajes –no solo protagonistas- algo más ambiguos moralmente (los policiales de Saccomanno para Ediciones Récord, como Serie Negra o Flic). Como conclusión, y no sin antes señalar a Un Tal Daneri de Trillo y Breccia como una novedad por su locación en Barracas, Sasturain se pregunta (pide) por la posibilidad de una serie policial historietística hecha y ambientada en Argentina; en los lanzamientos editoriales locales de 2021 convergieron uno de los que fue objeto de análisis por parte de Sasturain y una, si se me permite, posterior respuesta a su plegaria.

Sasturain no encuentra en su artículo muchas virtudes en Precinto 56, pero este es un buen momento como cualquier otro para revisar lecturas. La serie nace en los 60’s de una idea del guionista Ray Collins (basando su enfoque en la serie de TV Naked City) dibujada en aquel entonces por un joven José Muñoz; de allí en más tuvo varias etapas hasta entrados los 90’s inclusive, pero la época considerada como clásica es aquella realizada a mediados de los 70’s con dibujos de Ángel ‘Lito’ Fernández, cuyos seis primeros episodios recopila este libro editado por Doedytores. El teniente del consabido precinto es Zero Galván, un chicano que no recibe un tratamiento pormenorizado en la construcción de su psicología, puesto que el enfoque de Collins no hace mucho hincapié más que en su soledad crónica y la actitud desaprensiva de reconocer sus propios límites ante la superestructura de corrupción y decadencia -policial y no tanto-, quedándose piola y encendiendo un faso para despistar. Galván actúa más como vehículo para las historias de aquellos que se cayeron (o buscan salirse) del sistema, yendo de excombatientes de Vietnam a jóvenes ABC-1 devenidas hippies, pasando por pordioseros y otros desesperados. Lo particular de Precinto frente a otros policiales de esos años (vale pensar por ejemplo en el cine del New Hollywood) es su interés por no solo nombrar al perro sino también al dueño; si detrás de la corrupción no se esconde un esquema preciso, al menos hay un motor, y los diálogos explicitan la potencia mecánica del metálico (“El mundo es sexo, dinero, sexo otra vez”, “Aquel mundo olía a podrido pero el dinero lo hacía respetable”) o inclusive de la política exterior de EE UU (“un americano es ciudadano en todas las guerras”), enfoques que podrían ser considerados inusuales de llevar la firma de un estadounidense.

Si el producto final es un entretenimiento de un nivel promedio más que destacable y un par de ideas a cuestas para decir, con ya casi cincuenta años de antigüedad, en eso también tiene que ver mucho el notable desempeño de Fernández. En un estilo un poco más realista y brecciano que aquel con el que se lo suele identificar (más deudor de Caniff o Frank Robbins), el dibujante de Dennis Martin impacta con un blanco y negro de alto contraste no exento de cierto lirismo cuasi-psicodélico muy de época y una puesta en página riquísima en encuadres, puntos de fuga y un manejo quirúrgico del ritmo narrativo: una verdadera clase de cómo dibujar historietas. Por si fuera poco, el único episodio del libro que no dibuja él le toca en suerte a Domingo ‘Cacho’ Mandrafina, otra leyenda del comic argentino con un trabajo en un nivel notable.

Ese deseo de policial hecho por y sobre argentinos se hace realidad para Sasturain en las páginas de Superhumor, cuando éste ya no era jefe de redacción, pero prosigue su recorrido en la siguiente publicación que sí lo tendría como jefe de redactores, una tal Fierro: estamos hablando de Evaristo de Carlos Sampayo y Francisco Solano López, sin duda alguna uno de los tótems definitivos de toda la historia de la historieta argentina. Los dieciséis episodios de la serie completa que recoge la edición de Hotel de las Ideas siguen los pasos de Evaristo Meneses, figura de la vida real y jefe de Robos y Hurtos de la Policía Federal entre 1957 y 1962. Aquí tampoco es la figura de Meneses el centro de atención de la historia, pese al lacónico sentido del humor del que lo dota Sampayo y las excursiones que hace por su vida privada; o quizás lo correcto sería preguntarse si hay un centro exclusivo de la historia. Sí hay algunas nociones claras a las cuales aferrarse, articuladas perfectamente a través del montaje de viñetas y la puesta en página de Solano: hay algo de construcción comunitaria del sentido en Evaristo, y se ve tanto en las habladurías cotidianas–viñetas de gente comentando los avatares del caso de la historia, en algunos casos completándose el enunciado/frase con el diálogo pasando de una viñeta a otra (y protagonista) como si fuera una pelota de fútbol- como en el fuego mediático –los titulares en la calle del diario Los Sucesos y el detrás de escena de la redacción, con su explotación del filón sensacionalista para generar más ventas-.

Como en su otra obra maestra Alack Sinner, Sampayo configura a la ciudad casi como un organismo autónomo también productor de significado: de las paredes pintadas a una huelga en segundo plano en una viñeta, la historieta dice. Y he ahí otra clave, o mejor dicho, su opuesto: lo que no dice. La ingeniería narrativa de Evaristo es un diamante pulidísimo que muestra todas las posibilidades del medio: ahí están los flashbacks recurrentes en medio de los relatos, las elipsis y ya mencionadas concatenaciones de diálogos y frases de escenario en escenario, los silencios –esa brillante página muda en “Loco Nieto”-, las tensiones irónicas entre texto e imagen –pibes villeros demorados en una comisaría, detrás de ellos un afiche de la Federal con un oficial saludando a una niña-, el uso de los géneros discursivos (“Melodía…” es un western, “La deuda” un drama de arrabal que le hubiera encantado filmar a Leonardo Favio) son solo algunos de los pases maestros con los cuales se florea esta historieta atemporal. Y claro, no solo el cómo sino también el qué: la emergencia de las villas miseria, el nazismo en Argentina, los flujos inmigratorios y la discriminación, la trata, ¡algún asesino serial! y hasta los planes de represión al pueblo laburante configuran parte del espectro temático de la obra. Por si fuera poco, Evaristo es seguramente uno de los trabajos consagratorios del dibujante del Eternauta (al nivel de, por ejemplo, Ana e Historias Tristes, con guiones de su hijo Gabriel), un trabajo de ambientación y documentación de época minuciosísimo hecho, –por si fuera poco- de memoria.


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