Comics: El hombre sin talento – Autobiografía sin hechos

las páginas que ilustran la nota se leen
en el sentido oriental, de derecha a izquierda.

Por Gabriel Reymann

Serializada en la revista Comic Baku entre 1985 y 1986, El hombre sin talento (Muno no hito, en el original) es la despedida del mundo del manga de Yoshiharu Tsuge, un puntal del gekiga -la variante del comic japonés más inclinada al drama y/o los temas adultos- y la revista Garo -hogar de la vanguardia historietística de ese país en los 60’s-. Que haya sido su despedida autoral puede ser, según el punto de vista, ironía o bien coherencia, pero de seguro es síntoma.

Sea occidental el prisma con el que se los examine o no, esa generación de mangakas de pioneros del gekiga (Osamu Tezuka, Yoshihiro Matsumi) priorizaba el dibujo como vehículo narrativo en lugar del despliegue visual exhibicionista; cada uno puede gustar más/menos de su estética, pero la elección del grafismo obedece a una elección y no a una incapacidad. Dicho todo esto, es harto complicado hacer esas observaciones con Tsuge, más allá de su capacidad como narrador: es tosco, pero sin afectación alguna, sin tendencia al expresionismo, pero menos aun a una idea bella o apolínea, así como tampoco maneja nociones de iconicidad o síntesis. Salvo viñetas específicas de paisajes -y con reservas-, hay poco atractivo visual en El hombre…, lo cual despeja el territorio para los puntos fuertes de la obra.

De la fecha de publicación de Muno… a la actualidad, la autobiografía en el comic ha sido un terreno largamente trotado. Como la base de experiencias es la común al 99.9% de la población humana -a menos que vos o yo seamos Indiana Jones-, el valor diferencial va a hallarse en como estructurar ese relato autorreferencial y, sobre todo, poder despegarlo de la llanura del sentido, introduciendo -o no- elementos ficcionales, pero dando una carnadura más allá de la descripción de la literalidad cotidiana. Ahí no hay objeción alguna a la labor de Tsuge: la estructura episódica va armando el collar con las cuentas de pequeños fracasos.

Para apreciar la justa riqueza de la historia, hay que salirse de la comprensión de la obra autobiográfica como explicación y/o justificativo tanto de vida como de obra. El hombre… es, más que una reflexión, un pensamiento en voz alta, un pagaré no saldado, sobre el rol del artista y su labor en la sociedad -y algo más excediendo ese nicho-. Están desde ya los contextos específicos -el avance de la tecnología y los consiguientes cambios sociales en el Japón de la segunda mitad del siglo XX, sus ya sabidos severos estándares de exigencia-, y no mucho más color local; más allá de allí -casi- todo es terreno común al tópico en cualquier lugar y época.

Que podría ser por ejemplo Lisboa, a comienzos del siglo XX: en su Libro del desasosiego, Fernando Pessoa -o su heterónimo Bernardo Soares- se pregunta “¿Por qué es tan bello el arte? Porque es inútil”. La improductividad del artista, su valor inmaterial e intangible y por eso “digno” de ser puesto en crisis *, también permea todos los capítulos de Muno…. En la construcción psicológica del protagonista de El hombre… hay una sutil puja entre, por un lado, el orgullo en función de un compromiso artístico -no aceptar encargos para realizar mangas por mero dinero-, y por el otro lado, la posibilidad del auto boicot hecho y derecho. Polvorín en el que vuelan chispazos ante la demanda, ya no solo del público (sos un gran artista, deberías hacer esto), sino también de la propia familia a cargo que pasa hambre y penurias – la resultante: la pretendida integridad artística a punto de ser confundida, por propios y ajenos, con ínfulas autorales-. Un degradé entre la tenacidad de la visión propia y la falta de juicio hecha y derecha; conflicto también atravesado por la pregunta -tácita- de “¿hasta dónde coinciden la percepción del público sobre las capacidades de un artista y la de este sobre sus propias habilidades?”. Juicios categóricos por parte de Tsuge como autor, no hay.

Un derrotero -polisemia- signado por empleos delirantes -vender piedras desde el mismo lugar en que se las puede tomar sin pagar- o faltos de timing -la reparación de cámaras fotográficas usadas-, que culmina en el mejor episodio de la serie, titulado “Esfumarse”. Centrado en el diálogo con un librero versado en el desplazamiento más mediocre por la vida, un no-estar para poder permitirse seguir estando, el título alude a una modalidad adoptada por japoneses que abandonaban su vida en la comunidad para poder al menos subsistir en otro marco social -nuevamente se muestra la intersección con Pessoa, exégeta de la abstención y la inacción-. Excediendo ya el marco de la vida del artista, a protagonista, lector y autor les resta determinar qué es una adaptación cotidiana y qué una renuncia gris e indeclinable. En la manzana rodeada con interrogantes (¿por qué hacer algo que no quiere hacerse? ¿puede ser el voto de silencio un acto artístico y político?), a protagonista y autor, al menos, les queda la fuga del lento desasimiento del ser.

*hablando de contextos: el valor del artista, “digno” de ser puesto en crisis en Argentina 2024. No hay remate.


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