Por Gabriel Reymann
María Giuffra es artista plástica e hija de desaparecidos (su padre, puntualmente) y ya ha hecho converger su experiencia personal con su obra pictórica previamente; su debut en la historieta, producto de una Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes y editado en 2021 por Historieteca, sigue ese mismo cauce.

La niña comunista y el niño guerrillero es un libro de 150 páginas que recoge varios testimonios –no editados- de la autora y otros hijos de desaparecidos (muchos de ellos testigos directos de los secuestros) sobre sus infancias como tales; como el registro es documental sin rasgo de ficción alguna (y, en consecuencia, reducida drásticamente la posibilidad de una tensión/incógnita dramática) la riqueza del guion pasa por ese abordaje de la interioridad infantil. El abanico de experiencias es tan diverso como sus protagonistas, incluyendo esto los exilios/escapes, la vida clandestina, la caída en la pobreza, las fechas festivas en las cuales lo que dice presente es la ausencia, los desencuentros con las diversas ramas del grupo familiar o la adaptación escolar/barrial en la cual falta una (o dos) de las piezas claves del núcleo básico familiar y no se puede explicar cómo. Quizá en ese último ítem esté el nudo del libro y experiencia más común entre los testimonios: la retracción del lenguaje ante aquello que no se puede o debe nombrar.

Atendiendo paralelismos antojadizos, La niña… por momentos parece un comic godardiano; aborda temas sociopolíticos apuntando al hueso, al mismo tiempo que los presenta de una manera rupturista (sin abandonar del todo el concepto secuencial de la historieta, Giuffra inclina la balanza del relato hacia el impacto más típico de la ilustración, prescindiendo en más de un momento de las grillas clásicas de viñetas; maneja cantidades ingentes de texto, escrito a mano, alternando entre diversas tipografías y tamaños, y utiliza titulares de diarios en collage, entre otros elementos). Y hablando de ilustración, ya desde la tapa se percibe la c(u)alidad académica del dibujo –lógicamente apoyado en referencia fotográfica, sí, pero sin recostarse en la mímesis literal- que sin dudas va a captar la atención de cualquiera que lo tenga en sus manos. Lo que no cuenta su propia historia es contada por otros, o peor aún, no contada en absoluto.


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