Comics: El castillo rojo – Has sido duplicado

Por Gabriel Reymann

Incontables maneras hay de dar testimonio lomásglobalposible sobre el tiempo presente, y de seguro Pablo de Santis en el guion y Matias San Juan en el dibujo se acercan al máximo de sus posibilidades con El castillo rojo, con edición local por Hotel de las Ideas en 2023.  El nudo básico de El castillo… lo constituyen temas característicos del siglo XXI (y en particular de esta década de los 20’s) como la deshumanización, la inteligencia artificial, la desmaterialización de la experiencia y en especial esa suerte de realidad paralela que es la nube virtual, el espacio donde hace rato damos alojamiento al registro de las experiencias. Característicos pero no privativos de este siglo: ya en 1968 Phillip K. Dick había anticipado de alguna manera varios de estos temas con su novela Do androids dream of electric sheep y su adaptación/desviación al cine, Blade Runner. De esta última De Santis toma el tono de fusión de noir y ciencia ficción y el esquema argumental persecutorio de especialista dando caza a androides.

Esto es una intertextualidad o un reconocerse en la tradición, solo para dialogar y desde allí construir. El castillo… nos presenta a Irene Marcus –cuyo physique du rol nos podría dar una Edda Bustamante desgarbada y más aparatosa-, una neopsiquiatra docente universitaria, que también dedica su tiempo a desactivar copias. Años antes que comience la historia, empresas de tecnología innovaron con un servicio muy particular: ofrecer copias físicas a sus clientes de su cuerpo, voz y recuerdos, una suerte de almacenamiento virtual físico, valga la paradoja*. Las empresas quiebran y el edificio físico que sirve de depósito a las copias es abandonado, siendo estas libres para vagar por ahí; cuando se retira el mercado, nadie se hace cargo, algo que nunca se ha visto ni verá.

El párrafo anterior representa a algo así como las primeras 20 o 25 páginas de las casi 100 que tiene la historieta y abundar más sobre lo argumental es arriesgarse a develar más de lo necesario para una trama no exenta –adrede- de ambigüedades y retaceo de información, o sea suspenso; lo que no es spoiler alguno adentrarse un poco en los temas ya planteados. Cuanto espacio (virtual, claro) se ha llenado acerca del fear of missing out, o sea miedo de perderse algo –lo que sea-. El castillo…  despliega generosa pero sutilmente naipes sobre el paño para poder pensar sobre la manía de esta época de documentar absolutamente todo. Ejemplos de ese mapa comiéndose al territorio abundan: ¡qué es más importante, el recital que ocurre o una mala grabación de él? ¡Es necesario un registro constante y sonante de la experiencia? Y mejor aun: ¿Dónde vive esa experiencia? El castillo… se hace eco de la pregunta que se hacían Do androids…y Blade Runner acerca de la experiencia de estar vivo y qué nos hace efectivamente humanos: flota como posible respuesta lo intransferible de los recuerdos, la interioridad e intimidad de los recuerdos. Un secretismo que empieza solos al nacer y concluye solos al morir y allí es la mayor parte de las veces donde se dirige el racconto –veraz o no- de absolutamente todo lo que experimentamos.

San Juan apuntala narrativamente con una variedad nada desdeñable de enfoques de “cámara” y una secuencialidad sumamente ágil. Su decir estético destaca por lo expresivo de su inexpresividad y en ningún momento se pone por delante del guión –un pecado de soberbia- ni por detrás –bajar de un hondazo un guión tan potente-. Dicho todo esto, su principal hallazgo es cromático/semántico: la historia se encuentra plasmada en tonalidades de azules muy fríos y rojos muy desaturados, de un bermellón apagado. No hay ningún tipo de marrones oscuros, verdes ni amarillos, o sea en El castillo rojo no hay color de vegetación o árbol alguno.

*como lectura lateral, se recomienda «Las Hortensias», de Felisberto Hernandez.


Descubre más desde la vida en los pliegues

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Posted in

Deja un comentario